Un hombre de estatura elevada, barbudo y sucio, tapado con un
abrigo de mendigo, está acurrucado en una esquina del único banco
de madera del andén. Lleva todo el día mirando de reojo pasar
vagones Miño abajo. Cae la noche de abril sobre la estación de
ferrocarril de Ribadavia. La voz sale desde el quiosco, famoso por
las rosquillas, dulces de almendra y licor de café, que regentan las
hermanas Touza: «Mira ese hombre, lleva todo el día ahí sentado sin
coger un tren...». Año 1941. Europa se desangra en la II Guerra
Mundial. Los judíos que pueden huyen hasta el mismísimo fin del
mundo para escapar de las llamas del Holocausto. Lola, una de las
hermanas de la cantina, no duda en acercarse al forastero. Le habla
en español. El responde, con sus tristes ojos azules, en lenguas que
ella no comprende.
¿Compasión, instinto? La gallega nunca explicó por qué dio cobijo
en su casa a aquel desarrapado. Pero lo hizo. Y hoy un árbol
sembrado este septiembre en una colina de Jerusalén —donde
brotan pinos en memoria de los llamados Justos entre las
Naciones— cuenta la heroica y silenciada historia que convirtió a
Lola Touza Domínguez, la quiosquera de Ribadavia, en salvadora
de cientos de judíos perseguidos. En una auténtica Schlinder
gallega.
Con aquel hombre, Lola y sus dos hermanas empezaron a tejer una red de fuga —por la que llegaron a escapar
más de medio millar de judíos— que arrancaba en los Pirineos y terminaba al otro lado del río Miño, en
Portugal. Se juramentaron con un barquero, dos taxistas y un emigrante retornado al que en el pueblo llamaban
El Evangelista. Un silencio gallego que ha durado más de 60 años.
El nombre de aquel flaco judío-alemán de los ojos azules, llegado de Lyon, de donde se había escapado del
campo de concentración con un asturiano al que las balas nazis mataron tras la huida, fue uno de los muchos
que Lola y sus valientes cómplices se llevaron a la tumba. Porque todos los héroes anónimos de la trama gallega
de fuga de judíos están muertos. Si por ellos fuera, en el camposanto de la Villa feudal ourensana, partido por
un muro de piedra vieja que lo separa del cementerio de los infieles, aún dormiría aquel secreto.
No han sido ellas, ni sus sobrinos, ni sus nietos quienes han desenterrado el juramento de silencio que las Touza
se hicieron en vida. La voz delatora llegó del otro lado del Atlántico. Un viejo judío neoyorquino quiso, allá por
1964 (dos años antes de que Lola falleciera a los 72 años), saber qué había sido de aquella mujer que le llevó una noche sin luna al otro lado de la frontera. A la libertad. Se llamaba Isaac Retzmann y, como tantos otros
salvados por la cantinera ribadaviense, pudo alcanzar América en 1943.
Retzmann, próspero comerciante alemán de padres judíos, había conocido a un emigrante gallego en la Gran
Manzana, un tal Amancio Vázquez, y, sabiendo que éste volvía al terruño de vacaciones, le pidió
encarecidamente que preguntara por las hermanas Touza. Tenía 70 años y una delicada salud que le hacía
presagiar una muerte anticipada. El encargo terminó llegando a un librero de Vigo, Antón Patiño Regueira, y
con él empezó a alumbrarse esta historia oculta que Crónica desvela en exclusiva (Antón dejó escrito antes de
morir, en 2005, el esbozo de la verdad de estos héroes de Ribadavia).
De Lola Touza, la más bella de las hermanas —«Tenía una cara muy dulce», recuerda su nieto Julio—, se sabía
que su imagen había ilustrado una estampa que circuló por el frente de guerra del 36 para animar a las tropas.
Que los niños de Ribadavia aprovechaban los recreos del colegio para ir a su quiosco a probar deliciosos dulces
caseros. Que era una madre soltera más, de las muchas de la época. Lo que nadie sospechaba era que la popular
mujer de la cantina valía mucho más por lo que callaba. Lola, la madre de la gran fuga.

Abraham Bendayem, Isaac Retzmann, un tal Ariel... En Jerusalén siguen reuniendo testimonios y nombres para
elaborar la larga lista de quienes le deben la vida. Los cálculos más conservadores hablan de casi 400 judíos
salvados —exactamente 384, lo que matemáticamente equivaldría a dos personas por semana durante los cuatro
años, 1941 a 1945, que se mantuvo activa la red de escapada—. Aunque estimaciones más realistas sostienen
que el número podría superar el medio millar.
Sesenta años después, llueven los parabienes en el hogar de los Touza. Adosada a un muro de la que fue casa de
las heroínas en Ribadavia (calle Juez Viñas, 2), luce desde el 7 de septiembre una placa de bronce: «A las tres
hermanas, Lola, Amparo y Julia Touza, luchadoras por la libertad». El propio presidente de la Asamblea
Universal Sefardí, Isaac Siboni, en una carta fechada el pasado 7 de agosto, dejaba constancia escrita del
sentimiento de toda la comunidad judía: «Nuestro testimonio de admiración y gratitud para Lola, Amparo y
Julia, quienes aun a riesgo de sus vidas han salvado a sus semejantes, a nuestros hermanos, de una muerte
segura». Cuatro días después, el reconocimiento llevaba la firma de Ron Pundak, al frente de The Peres Center
for Peace, la fundación para la paz que auspicia el presidente de Israel, Simón Peres. Dice así: «Recordar estos
días a las hermanas Touza es un ejemplo para el futuro de amor y de valor, principios escasos en es tos tiempos
de odio».
Hasta la fecha, sólo tres españoles —el diplomático Eduardo Propper de Callejón, destinado en Francia, y los
funcionarios de la embajada española en Berlin José Ruiz de Santaella y su esposa Carmen Schrader— ostentan
el título de Justos entre las Naciones, el equivalente a la causa de beatificación católica, que concede la
Fundación Yad Vashem a quienes, como Lola, salvaron a sus compatriotas del exterminio. La santificación
judía de la gallega está en marcha.
Han tenido que pasar tres generaciones para que un Touza, Julio, 57 años, el nieto, pueda reconstruir la historia
de su abuela. Mientras cruzamos la calle Orense (paradojas del destino) que conduce a su estudio de Madrid, los
recuerdos afloran nítidos en su cabeza. «Ahora me explico muchas de las cosas que ella hacía, que hablaba en
alto...». El prestigioso arquitecto revive las tardes de domingo en casa de Lola, un antiguo caserón con arcos de
piedra, los bailes de fin de semana en la planta de arriba, aquella bolsita de tela cargada de monedas que ella
guardaba celosamente en un cajón del viejo aparador... «Eran duros de plata alfonsinos. No quería que nadie los
tocara. Valían más que la peseta, ya en curso, y yo, que era un niño, pensaba que mi abuela los coleccionaba.
Pero no. Los guardaba como recuerdo de otros tiempos. Con monedas como ésas había pagado algunos favores
y el resto se lo había dado a los judíos escapados. Nadie en la familia lo supo nunca. Ni siquiera su único hijo,
mi padre... Se ha muerto sin saberlo».
LA COARTADA
Cosas de la vida. Aquellos pasodobles, tangos y chachachás no sólo daban a las Touza unos dinerillos extra con
los que poder capear las penurias domésticas en una España mísera de posguerra, donde judíos y masones encarnaban todos los males. Pero no era más que una coartada. De aquellas tardes de bailes y bacarrá, Lola
hacía caja para su causa clandestina. «Nadie pasaba hambre a su lado>, recuerda el músico de La Lira (banda
del pueblo) Ramón Estévez Arango, protagonista ocasional de aquella gran evasión. «Vendía lo que hiciera
falta, un abrigo, un anillo, cualquier cosa con tal de ayudar a un solo judío. Era de naturaleza muy desprendida».
Generosa.
Y de pronto nos viene a la memoria el angustiado rostro de Oskar, el héroe de la inolvidable película La lista de
Schindler, con ojos llorosos y gesto desesperado, mientras a su alrededor un grupo de hombres y mujeres
enternecidos esperan a que el empresario benefactor los elija para su fábrica, salvándoles así de la muerte en un
campo nazi. «El coche. ¿Por qué me quedé el coche? Valía 10 personas. Diez personas más... Esta pluma. Dos
personas. Es de oro... Dos personas más... El (se refería a un oficial de la SS) me hubiera dado dos personas por
ella, al menos una. Una persona más. Por esto... ¡Pude haber salvado a una persona más...!». «Lola era como
Schindler», remacha Ramón, el vecino músico. Lola Schindler Touza. El cerebro de la escapada. «No entendía
de partidos ni de credos religiosos». Y dicho esto, el viudo hombretón sienta sus 86 años en un banco de la
cocina de su casa, en el corazón del barrio judío de Ribadavia (otro guiño del destino), y con parsimonia espera
a que las campanas de iglesia de Santiago enmudezcan.
Lola, para el músico Ramón, es una dulce historia de adolescencia. Tenía 17 años cuando se tropezó de bruces
con esa realidad que nadie en el pueblo parecía ver. Era una mañana de septiembre de 1941 y ayudaba a su
padre, Francisco Estévez, en la descarga de un vagón de ladrillos. Lola se acercó a Paco, como ella le llamaba, y
con discreción le preguntó: « vais de pesca?
Necesito que me hagas un favor. Tengo aquí a una
persona que quiere pasar a Portugal, pero no
quiere hacerlo en tren ni por carretera».
A la mujer le habían soplado que dos agentes de
la Gestapo —llegados de Vigo, desde cuyo puerto
transportaban el wolframio extraído de las minas
gallegas para nutrir la maquinaria de guerra de
Hitler—, merodeaban por los alrededores del
pueblo a la caza de un judío-alemán fugado de
Francia.
Mi padre, por aprecio a Lola, no lo
dudó», rememora Ramón. Y esa misma
madrugada, a las cuatro en punto, acudieron a la
casa de la mujer armados con sus cañas de pescar.
DESNUDO Y AL AGUA
«A él le dimos otra caña y, aunque chapurreaba el
español, le dijimos que no hablara. Nos fuimos
directos a la orilla del Miño y echamos a andar
toda la noche. Nadie sospecharía, pues muchos
pescadores solían salir a esa hora en busca de
truchas y anguilas para matar el hambre». Por si
acaso, Paco se quedó atrás mientras su hijo y el
extranjero apuraban el paso. Horas más tarde, recorridos ya casi 40 kilómetros por un sendero empedrado, llegaron a Frieira, la aldea gallega que linda con
Portugal. «Como yo era un chaval, el alemán me preguntó si no me importaba que se quitara la ropa.
Le dije
que no. La dobló y se la ató a la cabeza con el cinto del pantalón. “Te recordaré toda la vida, amigo”, me habló
en bajo al oído antes de echarse al agua, al tiempo que me regalaba un duro de plata alfonsino. Vi como
alcanzaba la orilla portuguesa, y desde entonces nunca más supe de él. En el antebrazo llevaba tatuado el 451... Me dijo que se llamaba Abraham Bendayem».
Abraham era aquel hombre de la estación de ferrocarril, el de los tristes ojos azules, barbudo y sucio, con el que
Lola abrió la ruta clandestina —dicen que la más importante de la Península— por la que cientos de judíos
ganaron la salvación. Lejos de su tierra prometida. Los más, alcanzaron las costas de Estados Unidos, Brasil,
Argentina y Venezuela. Otros escaparon a África, sobre todo a Marruecos y Argelia. Gracias al boca a boca y a
la eficaz organización de la comunidad judía, el nombre de Lola se extendió por Europa.
Ni el férreo secreto, ni las noches cerradas garantizaban, sin embargo, que la fuga llegara a buen puerto.
Por eso
Lola se cuidaba mucho de las compañías. Una palabra a destiempo, un gesto o una mirada indiscreta podían
llevarla a la lista de traidores o al destierro perpetuo en una cárcel. La madre, su nombre de guerra en la red de
fuga, se rodeó de lugartenientes fieles hasta la muerte. Dos taxistas (José Rocha Freijido y Javier Míguez
Fernández, El Calavera), Ricardo Pérez Parada, apodado El Evangelista, que había aprendido inglés y polaco
siendo emigrante en Nueva York, y que hacía de traductor) y el barquero Ramón Estévez. Según la ruta que
eligiera Lola —había ideado tres: por senderos, carreteras de tercera y cruzando el Miño— actuaban estos
héroes anónimos.
Todo empezaba con la llegada de un convoy señalado a la estación de Ribadavia. Lola esperaba con su cesta
llena de rosquillas, caramelos y dulces de almendra en las manos. A veces los ofrecía por las ventanillas desde
el andén. Otras veces se subía al tren y recorría los vagones con su mercancía. Era entonces cuando se
encontraba siempre con alguien que le anunciaba la llegada inminente (día, hora y vagón) de una nueva tanda
de judíos.
Los días de llegada, Lola era la primera en abandonar el quiosco. El mensaje de que unos judíos arribarían en
las próximas horas corría rápido a los oídos del Calavera. Y en el silencio de la noche elegida, se consumaba la
fuga de aquellos desesperados a bordo de su taxi, un Dodge negro americano. «Quién me lo iba a decir, Dios
mío... Mi padre...». María del Carmen no se lo cree. Pregunta a la gente del pueblo, todos se extrañan. «El fue
legionario. ¿Qué le parece? Estuvo de chófer de Millán Astray. Y con aquel aspecto de hombre duro que tenía...
¡Qué orgullosa estoy de él »..
— ¿Nunca le hizo un comentario?
— Jamás. Lo único que nos decía en casa era que no quería comer peces del Miño.
— ¿Por qué?
— Decía que estaba contaminado. Luego supimos que en la guerra los de Franco y los del otro bando
tiraban a cantidad gente desde un puente que cruzaba el río. A los que se agarraban a los hierros les
cortaban las manos. Muchos murieron ahogados o desangrados. Por eso mi padre nunca quiso comer
peces.
Tal vez no fuese Lola la única que estaba en la diana de la Gestapo. Según va tirando de la historia su nieto
Julio, al parecer, el servicio secreto británico contaba en Vigo con un espía que seguía de cerca los pasos de los
alemanes. Se llamaba Eduardo Martínez y era médico. «Es muy probable que conociera a mi abuela», baraja el
arquitecto. Sus informaciones fueron reconocidas por el Gobierno de las Islas con la Medalla al Valor, en 1945.
«Estos días le he pedido al M15 que busque los nombres de mi abuela y de mis tías en sus archivos.
Me dijeron
que pronto desclasificarán algunos papeles de la guerra. Quizás ahí esté la lista que andamos buscando».
La lista de Lola. Nombre en clave: La madre.