“Perdoname,
perdoname” decía la voz de mi madre, desgarrada,
por teléfono ese lunes a la mañana “no sabía
que iba a pasar esto. No sé por qué nos odian. Otra
vez. No sabía. Perdoname que te traje a este país.
No sabía”. Sin comprender lo que sucedía,
esperé hasta que se hubiera calmado y entonces supe: “destruyeron
la AMIA [3]. Otra vez nos quieren
matar”.
Por
qué Argentina. Vinimos de Polonia a la Argentina
en 1947. No habíamos elegido venir acá, fue el último
recurso luego de la imposibilidad de ir a Israel o a los Estados
Unidos. En la Europa arrasada y caótica de la posguerra emprendimos
una búsqueda desesperada de visas. Sólo pudimos conseguir
una para Paraguay, palabra que evocaba frutas exóticas, imágenes
desconocidas. El barco se detenía en el puerto de Buenos
Aires. En Buenos Aires, que hacía pensar en prostíbulos
y delincuencia, vivía una amiga de nuestra ciudad. Ante la
incertidumbre y las búsquedas sin rumbo, nos quedamos. Ilegales
primero, reconocidos un poco más tarde, nos establecimos
aquí con la esperanza de comenzar de nuevo. No sabíamos
entonces que había una expresa prohibición para el
ingreso de judíos. No sabíamos que mientras nuestro
ingreso no era permitido, el gobierno de Perón buscaba activamente
la entrada de nazis. No sabíamos muchas cosas que después
fue imposible no saber.
Un punto
de inflexión. Para mi familia, una familia de sobrevivientes
como tantas otras, la destrucción de la AMIA -47 años
después de nuestro ingreso al país- fue un punto de
inflexión. La vida normal vivida hasta entonces, que implicaba
el “olvido” de lo sucedido en la shoá, se trastocó
de cuajo. El pasado volvió con una fuerza incontenible.
Las familias
de sobrevivientes se comportaron de maneras diversas. Muchos, la
gran mayoría, habían guardado un preservador silencio
en los cincuenta años posteriores a la Shoá. Silencio
incompleto, por supuesto, silencio fragmentado y que derramaba contenidos
a menudo inexplicados, pero un silencio que se desbordó en
1994 [4].
LOS
AÑOS DE SILENCIO
Es difícil
conocer la cantidad de judíos ingresados en la Argentina
entre 1945 y 1950. Muchos lo hicieron de manera ilegal con lo cual
no han quedado registros precisos. Sabemos que adoptaron distintas
formas para integrarse a la sociedad argentina en relación
a la decisión de vivir como judíos en esta nueva vida.
Algunos optaron por el ocultamiento de su identidad,
como sucedió durante la Inquisición con los judíos
españoles y portugueses, mezclándose con el resto
de la sociedad (algunos de sus hijos soy hoy los que buscan conocer
la historia, rearmar el rompecabezas de su origen y condición).
Otros, eligieron un camino más suave; sin renegar, evitaron
la exhibición de su condición judía
y la participación en alguna institución comunitaria.
Y otros, se asumieron plenamente como judíos
e intervinieron con distintos niveles de la vida comunitaria.
Diferentes caminos.
Estas diferencias pueden ser encontradas en los distintos países
que alojaron a los sobrevivientes. Debemos resaltar que los judíos,
tanto antes como después de la Shoá, no han sido un
grupo monolítico ni homogéneo. No todos los judíos
europeos habían intervenido de la misma manera en la vida
comunitaria en sus lugares de origen. También hay que tomar
en consideración la crisis de fe de muchos sobrevivientes
que no podían responderse a la pregunta de dónde había
estado Dios durante la Shoá. Esa ausencia de respuesta los
condujo a un profundo y doloroso descreimiento. Otros sobrevivientes,
tomaron la decisión de alejarse de cualquier manifestación
judía con la ilusión de que, si no vivían como
judíos, protegerían a sus hijos de los sufrimientos
que habían pasado ellos. En todo el mundo, los judíos
entablaron juicios comunitarios debidos a acusaciones de colaboración
con los nazis sobre algunos sobrevivientes. Muchas de estas acusaciones
fueron falsas, pero la ordalía de los juicios y el tener
que probar la inocencia condujo a algunos sobrevivientes a desconfiar
de los organismos comunitarios como espacios protectores.
Argentina,
tierra de diversidades. Pero hay ciertas particularidades
vividas específicamente en la Argentina para comprender las
diferencias de integración de los sobrevivientes a la vida
judía y su largo silencio. A diferencia de otros países
latinoamericanos, la cultura en Argentina tuvo una clara hegemonía
europea. La comunidad judía argentina ha sido muy numerosa,
multifacética y de una gran pluralidad política y
cultural. Religiosos y no religiosos, de izquierda y de derecha,
sionistas y no sionistas, idishistas y hebraístas, sefaradíes
y ashkenazíes, la expresión judía en la Argentina
ha cubierto casi todos los aspectos de su vida cultural y profesional.
Esto puede corresponder a cualquier gran población cosmopolita,
pero hay factores que distinguen a los judíos argentinos
de otros: el enorme poder de la Iglesia Católica local, el
terror y la represión sufridos en la Guerra Sucia (la Dictadura
Militar entre 1976 y 1983) y los dos grandes ataques antijudíos,
la destrucción de la embajada de Israel en 1992 y la de la
AMIA dos años después, el mayor ataque sufrido por
la comunidad judía después de la Shoá.
Antisemitismo.
Argentina es una sociedad eminentemente católica y los argentinos
católicos han recibido por siglos sermones antijudíos
en las iglesias y las pequeñas parroquias. Los judíos
éramos mirados, aunque no explícitamente, con desconfianza
y sospecha. Si bien los ataque antisemitas eran, salvo algunas excepciones,
verbales, había posiciones que nos resultaban inalcanzables,
lugares donde no podíamos pertenecer. El argentino común,
descendiente de italianos y españoles llegados en la gran
ola inmigratoria de fines del siglo XIX igual que muchos judíos,
es tolerante y amable; tiene un antisemitismo que llamaría
latente pero que, hecho conciente, no reconoce ni defiende. Los
focos antisemitas en la actualidad pueden ser hallados en las fuerzas
de seguridad especialmente, la policía, el ejército,
las fuerzas “protectoras” de la sociedad y en grupúsculos
marginales acotados.
La Guerra
Sucia. Durante la dictadura militar que sufrió la
Argentina entre 1976 y 1983, un altísimo porcentaje de los
desaparecidos era judío. Según el informe de la CONADEP,
Nunca Más [5], sobre la
cifra estimada de 30.000 desaparecidos, más de un 10% eran
judíos -diez veces más que la proporción en
relación a la población general.
Fela es
frágil, pequeña y canta con nostalgia y melodiosidad
las viejas canciones húngaras de su infancia en Budapest.
Sobrevivió a Auschwitz, o, como ella suele decir “siguió
viviendo”. Llegó a la Argentina en 1948, se casó,
tuvo tres hijos, un varón y dos mujeres. En agosto de 1976
su hija mayor, que estaba por casarse, no volvió una noche
de la universidad. Cuando la espera se hizo insoportable, dada
la dictadura militar, Fela comenzó a llamar a las amigas.
Nadie sabía nada, la hija había salido de su clase
como siempre, a la misma hora. No volvió esa noche. Lo
que siguió fue lo que tantas madres pasaron: búsquedas
en oficinas, en destacamentos, malos tratos, ninguna explicación
ni noticia. Fela se unió al primer grupo de lo que después
se llamó Madres de Plaza de Mayo. Su propia vida no tenía
importancia, no temía los riesgos de su búsqueda:
debía encontrar a su hija. Luego de varias semanas milagrosamente
lo consiguió. Tuvo la suerte que otras madres no tuvieron.
Lo curioso es que Fela no lo quiere contar (éste no es
su nombre verdadero porque prometí guardar el secreto de
su identidad).´No lo quiero contar´, me dice, ´porque
nunca se sabe qué es lo que puede pasar en el futuro y
no quiero poner en peligro su vida ni la de sus hijos´.
Los judíos,
como prisioneros, sufrían torturas suplementarias, más
humillaciones y crueldades que los demás [6].
Esto fue para los sobrevivientes una confirmación
de lo peligroso de mostrarse judíos, peligro que podía
hacerse extensivo a los hijos. Algunos sobrevivientes han tenido,
efectivamente, la cruel desdicha de haber tenido hijos en condición
de desaparecidos y siguen sin saber nada de ellos. No hay datos
ciertos sobre su número porque como Fela, muchos no lo han
querido contar. Conozco personalmente unos diez casos así
que supongo que habrá algo más que eso.
LA RUPTURA
DEL SILENCIO
Los
judíos ganan la calle: AMIA. El atentado y la impunidad
posterior que aún persiste han instalado el tema de los judíos
en la Argentina como nunca antes había sucedido [7].
La sede de la AMIA era el corazón de la vida social judía.
El golpe ha sido tan profundo que los judíos en pleno nos
volcamos a las calles a demostrar nuestra oposición e indignación.
Nunca como antes la presencia judía fue tan evidente para
los argentinos. Nunca como antes la presencia del sentimiento antijudío
fue una realidad más evidente para los judíos. Nunca
como antes muchos argentinos no judíos pudieron expresar
su repudio a semejante ataque. La palabra “judío”
empezó a ser pronunciada con un tono renovado. Había
sido hasta entonces, una palabra que, pronunciada, afectaba al resto
del discurso de un modo muy particular. Se empezó a llamar
“judíos” a los judíos en lugar de los
eufemismos habituales, israelitas, hebreos, paisanos, rusos. Comenzamos
a salir a la luz, a exponernos en tanto judíos, a ser escuchados
en tanto judíos, tal vez, por primera vez, a ser conocidos.
También
nuestras instituciones adquirieron un lugar protagónico en
los centros urbanos porque están protegidas por bloques de
cemento para impedir otro ataque con un coche bomba como los sucedidos.
De esta manera, nuestros lugares, con la pretensión de ser
preservados, están marcados. Una re-edición lúgubre
de la estrella con la palabra Jüde.
La legitimación
de Spielberg. No sólo el atentado a la AMIA, “La
lista de Schindler” tuvo también un peso decisivo en
la apertura del dique tras el cual los sobrevivientes vivían
protegidos de sus recuerdos. Fue en ella que por primera vez se
vieron legitimados y pudieron hablar. Así como en otras partes
del mundo, el film de Spielberg legitimó la existencia de
los sobrevivientes de la shoá y les permitió salir
del encierro del silencio.
Nuevos
oídos. La sociedad, paralelamente, se mostró
progresivamente interesada en conocer nuestras experiencias. Fuimos
y somos llamados a escuelas y diversas instituciones, judías
y no judías. Los sobrevivientes tienen hoy presencia en la
sociedad en general. Distintos grupos e instituciones que se ocupan
de estos temas [8] llevan adelante
la tarea de difusión y de enseñanza en ámbitos
judíos y no judíos [9].
Hoy,
nuevos problemas. La Argentina está viviendo su
cuarto año de recesión económica. Esta profunda
crisis ha destruido prácticamente a la clase media y muchos
sobrevivientes enfrentan nuevos desafíos y penurias. La devaluación
sorpresiva, el desempleo, el elevado costo de los gastos en general
y los médicos en particular, resultan en que un tercio de
los sobrevivientes deben recurrir a la ayuda económica. Pueden
cubrir sus necesidades básicas gracias a la Fundación
Tzedaká de Buenos Aires que distribuye el dinero provisto
por organizaciones judías locales e internacionales. Por
otra parte, los sobrevivientes, como tantos adultos mayores en Argentina,
ven a sus hijos y nietos en un camino de emigración, con
lo cual deben vivir, otra vez, el desgarramiento que implica la
separación de sus seres queridos. Según estimaciones,
cerca de 200 hijos y nietos de sobrevivientes de la Shoá
están entre los 20.000 judíos que se fueron de la
Argentina en los últimos dos años.
Las
siguientes generaciones. Hoy los sobrevivientes de la Shoá
saben que el destino de la memoria está en nuestras manos,
en las manos de sus hijos y de sus nietos, acá o donde sea
que la vida nos haya llevado. Igual que en otras latitudes, en la
Argentina algunos de sus descendientes asumimos nuestro lugar en
la cadena dorada con la esperanza de dejar nuestro mensaje ético
y humanista.
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[1] Versión en castellano del texto publicado en “Jewish
Renaissance. Summer 2003”, Julio 2003, Londres como “Silence
an Speech, Holocaust Survivors in Argentina”.
[volver]
[2] Con la colaboración
editorial invalorable de Natasha Zaretsky , doctoranda en antropología
en la Universidad de Princeton -su tesis está centrada en
la memoria y la violencia en la comunidad judía de Buenos
Aires-, quien, con calidez y paciencia, mejoró mi versión
en inglés e hizo algunas sugerencias muy atinadas respecto
del texto. [volver]
[3] AMIA, Asociación
Mutual Israelita Argentina, institución social y cultural
central de la comunidad judía. Se ocupa de la red de escuelas
judías, de los cementerios, de la cultura y las artes, de
la asistencia social de los necesitados y enfermos, bolsa de trabajo,
el sostén del asilo de ancianos, la biblioteca, la vida cultural,
la representación comunitaria. [volver]
[4] En “El
silencio de los aparecidos” Acervo Cultural, Buenos Aires
1998, describo las diferentes razones –personales, familiares,
sociales- para este silencio. [volver]
[5] Nunca más.
Informe de la Comisión Nacional sobre la desaparición
de personas. Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1984.
[volver]
[6] Mario Villani:
Nazismo y antisemitismo en los campos de concentración de
la Argentina. Informe presentado al Juez Garzón, Madrid,
España, en abril 1999 y en el Ministerio de Justicia de Israel
con la intención de someter a los genocidas a juicio en un
tribunal internacional, cosa que aún no se ha conseguido.
[volver]
[7] Es imprescindible
mencionar, que durante los años de la dictadura militar,
hubo una reacción de algunos miembros de la comunidad judía
liderados por el Rabino Marshall Meyer y el periodista Hermann Schiller
y crearon el Movimiento Judío por los Derechos Humanos, que
tuvo el coraje de exponer sus denuncias y exponerse a pesar del
enorme riesgo que ello implicaba en aquellos momentos.
[volver]
[8] Sheirit
Hapleitá, la Fundación Memoria del Holocausto-Museo
de la Shoá, el proyecto de tomas de testimonios de la Survivors
of the Shoah Visual History Foundation de Spielberg, Fundación
Raoul Wallenberg, Centro Simon Wiesenthal, March of the Living,
grupos de Niños de la Shoá y su film testimonial “Aquellos
niños” dirigido por Bernardo Kononovich y el grupo
de segunda generación de sobrevivientes. [volver]
[9] El pasado
martes 15 de abril, el grupo “Niños de la Shoá
en Argentina” ha sido honrado por la Legislatura de la Ciudad
de Buenos Aires por su trabajo en la “construcción
de una Argentina ética y humanista” en un acto público
en el que cada uno de sus miembros recibió de manos de los
legisladores un diploma de agradecimiento. La mayoría de
los honrados había entraron ilegalmente al país dado
que la política de inmigración de entonces prohibía
el ingreso de judíos. El reconocimiento oficial habla a las
claras del cambio en la relación no sólo de los judíos
con las esferas oficiales sino específicamente de los sobrevivientes
de la Shoá respecto al sentido de testimoniar su experiencia.
[volver]