TEXTOS


Rosa G. Rotenberg/Rosi: “Parece increíble, pero así fue”

Versión revisada y resumida de la entrevista realizada el 29 de noviembre de 2006 en Buenos Aires, Argentina

Rosa G. Rotenberg, Rosi, nació en el gueto de Varsovia en 1941. Su madre biológica era divorciada, por lo que la familia de su padre, sumamente religiosa, consideraba una deshonra que su hijo se hubiera casado con ella. Se casaron en el momento menos indicado, pues los alemanes habían prohibido expresamente el oficio de matrimonios judíos dentro del gueto. Al darse cuenta que estaba embarazada, su madre intentó abortar. Para sus padres resultaba inadmisible la espera de un hijo en esa época tan adversa.

Pronto resultó evidente que la única posibilidad de superviviencia para Rosi sería fuera del gueto. Tras grandes esfuerzos, su padre consiguió localizar a Stefa, una hermana de su madre que vivía bajo falsa identidad “católica” en el “lado ario”. A sus seis meses de edad fue sacada clandestinamente del gueto y dejada oculta con un biberón en un lugar previamente convenido. Fue así que Rosi se convirtió en Wanda Darlewska. Probablemente fue ocultada en distintos lugares, más eso es  imposible de reconstruir. Finalmente terminó en Kszendza Boduena, un convento de monjas que servía de orfanato.

El destino que corrió su madre se desconoce. Su padre sobrevivió y contrajo nuevas nupcias tras la caída del nacionalsocialismo. Su segunda esposa había perdido a toda su familia con excepción de su madre, la que más tarde se convertiría en la única abuela de Rosi.
La búsqueda de Rosi se prolongó todo un año, el único indicio con que contaba su padre era su nombre falso: Wanda. Tras el reencuentro, la nueva familia se mudó a París, donde vivó hasta 1950. Ante la amenaza de la guerra en Corea, su padre decidió abandonar Europa. Primero fueron a Israel, pero debido a la difícil situación del país se resolvió que emigrarían a Sudamérica.

Rosi contaba con nueve años a su llegada a Buenos Aires a bordo del Florida en diciembre de 1950.

El Tema de la Shoá y el Libro de su Padre

“Nunca quise profundizar en estos temas. Sentía un rechazo visceral hacia todo lo referente a la guerra y a mi historia en especial. No quise, no pude, vaya uno a saber. Recién empecé a conectarme con todo esto cuando asumí la corrección del libro testimonial de mi papá. Él quería que todo el mundo conociera mi historia y yo no lo soportaba, porque siempre me señalaban como la que se salvó en medio de exclamaciones y me sentía un bicho raro. Odiaba ser diferente. Además tenía restricciones especiales, había cosas que particularmente yo no podía hacer porque era la que había sobrevivido. No podía ir a campamentos, salir con ciertos amigos, ni correr ningún riesgo. No pasó igual con mis hermanas que son hijas de la esposa de mi papá. Yo siempre fui criada muy estrictamente y me cuidaban y protegían porque era el testimonio de la historia de mi papá. Esto lo padecí en mi casa paterna y aun después de casada.”

Mi participación voluntaria en temas relacionados a la Shoá es relativamente reciente. En mi casa nunca se dejó de hablar de esa historia y yo estuve inmersa en el tema de la Shoá, de la guerra y del nazismo prácticamente desde que tengo conocimiento. Mi papá siempre hablaba de lo que sufrió, de lo que le pasó, de los hermanos que perdió, del hambre, de la peste, de la guerra, de los nazis, de los campos de trabajo. Él estuvo en un campo de trabajo forzado. Pero yo nunca quize conectarme directamente, precisamente porque como lo viví desde muy chiquita, siempre lo padecí mucho. El hecho de haberme salvado quizás me hacia cargar internamente con la culpa de que otros no hubieran sobrevivivdo. Y además, quizás me sentía culpable porque mi padre sufrió mucho por mi salvación. Èl siempre me mostraba como un fenómeno, una cosa rara, desde chiquita. Yo no quería eso, quería ser como cualquiera. ¡Yo quería ser como cualquier chico! No tener una historia con la cual cargar sobre mis hombros.

Tal vez por eso me puse una pared delante de mis ojos... No en mi corazón, porque siempre lo sentí y lo padecí, pero no quería involucrarme personalmente.

Mi envolvimiento vino a raíz del libro de mi padre. Y coincidió con muchas otras cosas, porque como todo en la vida, ni una cosa viene suelta.

Mi padre empezó a escribir después de los 85 años. Escribió el libro durante muchos años, cuando ya era una persona muy grande. Se sentó a escribir durante cinco, seis o siete años. Y toda la familia lo estimulaba para que escribiera, porque era una historia muy importante.

Escribió todo en yídish. Sus manuscritos todavía los tiene una hermana mía. Nosotras, mis tres hermanas y yo, ibamos mucho a verlo porque ya estaba viejito. Estaba achacoso, en una silla de ruedas, pero estaba muy bien de la cabeza. Siempre le decíamos: “Papá, escribí, porque es importante. No sólo para nosotros, ni sólo para vos, sino para tus nietos, para tus bisnietos, para los que van a venir luego, que sepan que fue lo que pasó en nuestra historia.” Él decía: “¡Ay! Me cuesta escribir, estoy cansado.” Pero bueno, otra vez nosotros: “Papá, ¡por favor!” Y él escribía con sus letritas, en yídish todo. Cuando terminó de escribirlo, se lo dió a un amigo para que lo tradujera al español.

Un día fui a almorzar a su casa, hace más o menos unos cuatros años, y sobre la mesa estaba la primera prueba galerada para la imprenta. Y le dije a mi papá: “¿Puedo mirarla?” Cuando lo miré me quería morir. Este hombre que tradujo del yídish al español lo hizo literalmente. No tradujo las ideas. A mí me agarró la desesperación y le dije a papa: “Papi, ¿Me das permiso para corregirlo? No voy a sacar nada de lo que vos escribiste, no voy a agregar nada. Solamente lo voy a ordenar y voy a dar un poco de forma.” Una vez que empecé a leer, me di cuenta de que el libro era demasiado importante como para que no estuviera bien expresado lo que quería transmitir. Y además era necesario ubicarlo en un contexto histórico, geográfico y social para que no fuera sólo un lamento permanente de "cuanto sufrí, mataron a éste, mataron al otro, me pasó esto, me pasó lo otro". Y entonces le pedí permiso para agregar un capítulo sólo contando lo que era el gueto de Varsovia. Y él me dijo que sí.

Esto me llevó casi un año porque había muchos errores, algunos muy tontos. Por ejemplo, se hablaba de una persona y cuatro capítulos más tarde esta persona, que uno sabía que era esta misma persona, se llamaba distinto. O él vivía en una calle con un número, pero en el capítulo siguiente era la misma calle con otro número. O al hablar de mi madre, la primera vez que el traductor la mencionaba decía: “Flora – que en paz descanse” ¡La mató antes de saber que se murió! Entonces yo tuve que reescribir todo y además lo di un poco de suspenso para que uno tuviera ganas de seguir leyendo. Yo no soy escritora, pero me lo arreglo bastante bien. Esto es el resultado de su libro.

Así pude estar mucho más en contacto con mi padre, cosa que agradezco infinitamente. Porque lo normal es no tener tiempo para dedicar a los padres al final de su existencia. Por el trabajo, por los hijos, por las propias cosas... Bueno, yo soy una privilegiada, porque pude hacerlo con este motivo del libro.

Y como te dije antes, coincidieron varias cosas más. Fue como un collar con distintas perlas y distintas cosas: empecé a tramitar mi jubilación, ya no tenía tanta corrida por el trabajo. Pude así tambien ayudar a mi hija, que justo en ese momento se mudó y quedó embarazada. Estaba viviendo una etapa muy especial.

Bueno, a raíz de este libro es cuando comencé realmente a involucrarme. Mi padre falleció hace relativamente poco tiempo, hace un año y algo. Falleció a los 95 años. Ayer justo fue el día de su cumpleaños.

Las Generaciones de la Shoá

El inicio de mi integración a las Generaciones de la Shoá, se debe al mismo conjunto de circunstancias. Yo entré hace poco, unos cuatro años más o menos. El nexo fue Irene, una de las primeras en el grupo. Ella conocía mi historia porque Carlos - mi marido - y ella son primos hermanos. Los padres de Carlos ayudaron a Iréne pagando el pasaje para que pudiera irse de Europa.
Ella siempre me llamaba y me decía: “Rosi, ¿Porqué no venís al grupo? Esto sería interesante.” “Si, algún día. Algún día.” Pero nunca iba. No quería saber nada y así fue por mucho tiempo. Como sea, un día Iréne me llamó otra vez y me dijo: “Mira, vamos a festejar Pésaj (1), ¿Porqué no venís?” Y ahí comenzé a ir. Y bueno, me obligué a ir, porque te cuento que no me sentía muy comoda al principio. No.

La Madre de Rosi

Cuando cumplí 18 años me enteré que mi madre que me crió no era mi madre biológica. Mis padres me lo dijeron. Me cayó muy, pero muy mal.

Stefa era la hermana mayor de mi mamá. Tuve la suerte de conocerla porque sobrevivió a la guerra. Cuando tenía más o menos 22 años fui de viaje a Israel y ahí la conocí. Quería conocerla porque era la hermana mayor de mi mamá, pero tampoco quería que me contara demasiado. Me interesaba la historia de mi madre, pero no quería saber demasiado. Creo que en el fondo yo estaba enojada con todo el mundo. No podía entender como la hermana mayor de mi mamá no tenía ni una foto de ella. Yo no conozco a mi mamá. No sé la cara que tiene. Y creo que en el fondo no se lo podía perdonar a nadie.

Varios hermanos de mi mamá sobrevivieron. Creo que eran cuatro o cinco hermanos. Conocí a uno que vivía en París, Felek, con quien había muy mala relación en la familia. Parece ser que se hizo pagar por ocuparse de la gente durante la guerra. Lo conocí muy poco porque murió joven.

Otra hermana de mi mamá se fue a vivir a Australia. A ella nunca la conocí. Le escribí para saber si tenía alguna foto de mi mamá. Estaba casada con un hombre muy rico. Parece que él y mi papá se habían conocido antes de la guerra, ¡y él ofreció que fueramos a Australia! Pero la señora falleció cuando mi papá y yo estabamos preparando el viaje.

Ya no lo siento tan urgente, pero en el fondo realmente me habría gustado tener algo de mi mamá. Ella desapareció durante la guerra. Hubo varias versiones y con los años se fueron deformando los datos. Primero se decía que mi madre había muerto de tuberculosis en el gueto, después que había muerto de hambre no sé donde. Y finalmente la versión que aparece en el libro, que fue la última y que papá dijo que era la correcta: que murió en el transporte, en el tren hacia Auschwitz. Que alguien la vió muerta en el vagón. Esa fue la última versión. Mis padres viajaron juntos hasta que a mi papá le hicieron bajar en un campo y ella siguió en el vagón.

Mi madre - la que me crió - falleció muy joven de un cáncer de ovarios, cuando tenía 52 años. Por eso siempre digo que perdí dos madres, no una. Yo tenía es esa época 31 o 32 años, ya tenía a mis dos hijos. Fue terrible.

El Pasado que no Quiere Pasar

Aunque no parece, yo soy una persona muy depresiva. Ahora estoy mucho mejor, tengo atras muchos años de psicoanálisis, tengo un marido que me apoya, tengo unos hijos maravillosos... Y bueno, por suerte pude formar una familia, pude tener una profesión. Fui docente en la universidad muchos años, soy doctora en bioquímica. Estuve dando clases en la universidad durante 35 años. Mi tema es el cáncer, hize investigaciones sobre cáncer y era directora de la maestría en cáncer en la universidad. Así que en realidad pude tener una profesión, pude casarme, pude armar un hogar, pude tener hijos – pero todo con mucho esfuerzo de mi parte. Todo fue muy complicado, nunca fue fácil.

Este año fui con las Generaciones de la Shoá a contar mi historia al colegio secundario San Salvador en Santa Fé. Estuvimos ahí dos días con los alumnos, hicimos un taller y todo fue maravilloso. Yo fui como ejemplo de niña salvada. Fue mi primera vez y me fue muy mal. Me puse muy mal. Me di cuenta que a pesar de haberlo contado mil veces, aun me cuesta muchísimo. Todos mis amigos y mi familia conocen mi historia. Yo no tengo problemas para hablarlo contigo, con Diana, con gente del grupo. Tampoco tengo problemas para hablar en público, ya he hablado en muchos congresos, en conferencias; siempre estoy muy tranquilo, hablo bien, no tengo problemas. Pero ir a contarlo a gente que no conozco, presentarme para que lo mío sea como una experiencia más, un ejemplo de lo que pasó… En el momento en que agarré el microfono sentí un dolor que me atravesaba de arriba hasta abajo. Cerré los ojos y sentí como un golpe en la cabeza, no pude reponerme. Conté mi historia muy brevemente, intenté respirar, pero me puse muy mal. Estuve tan mal, que durante dos meses no me dejó el dolor de cabeza.

Yo pensaba que lo tenía superado, pero parece que no es así. Pero fue mi primera vez. A lo mejor ya no me va a pasar de nuevo, no lo sé. Quiero hacerlo otra vez, creo que es importante. Tengo que poder integrar mi historia con mi persona. No puedo disociarme, no puede ser que yo sea adulta para educar a mis hijos, para dar clases, para hablar contigo; pero que si cuento mi historia me vuelva loca. ¡No puede ser! Algo está pasando que no puede ser. Creo que no lo tengo elaborado todavía, creo que es algo que todavía no he superado. Todavía no puedo hablarlo tranquilamente.

“Durante mi infancia tenía una sensación de tristeza y de abandono permanente, que sigo teniendo a veces. Estar en medios nuevos, con extraños, donde me tenía que adaptar, hacerme un lugar y seguir adelante, continúa siendo un desafío. El tema de la separación y la soledad ha sido una constante en mi vida.”

El Reencuentro con el Padre

Cuando me sacaron del gueto, yo tenía más o menos seis meses. Al termino de la guerra mi padre conoció a la mujer que más tarde sería mi madre y empezó a buscarme por los orfanatos durante mucho tiempo. Lo único que sabía era que yo estaba en alguna casa para niños bajo el nombre falso de Wanda Darlewska y nada más. Ya habían pasado cuatro años. Estaba buscando a una criatura de cuatro años de la que se había despedido cuando tenía seis meses.

Entonces fue preguntando de lugar en lugar donde por referencias de la gente sabía que había chicos. Finalmente llegó a un orfanato de monjas católicas, donde le dijeron: “Sí, hay una Wanda Darlewska”. “¡Ah!” dijo mi padre, “¡Es mi hija! ¡Quiero llevarmela!” “Oh no, no, un momentito. Primero, usted tiene que demostrar que es el padre.” Porque después de la guerra habían muerto tantos niños, se habían desmembrado tantas familias , que las parejas estaban locas por recuperar hijos.

Mi padre dijo: “¿Cómo puedo demostrarlo? No tengo papeles, vengo de un campo de trabajo forzado, ¡no tengo nada! No tengo ni una foto y aunque la tuviera, ¿Cómo reconoceríamos a una nena de seis meses con una de cuatro años?” “Bueno, algo debe de haber. Usted tiene que saber de donde viene el nombre, quien la trajo...” Entonces mi papá se acordó que yo tengo una marca de nacimiento en la oreja izquierda. La monja se fue adentro a verme, regresó y le dijo que sí, pero no me podía llevar en seguida porque yo estaba enferma. Estaba en tratamiento, llena de pus... Pero bueno, fue así como me encontraron.

La llegada a Argentina

Mi padre quería irse lejos porque se hablaba que habría guerra en Corea. Nos fuimos a Israel, pero él no quería vivir allí. No sólo por la situación de inestabilidad que desde el principio había en el país, sino también porque ya tenían tres hijos, estaban esperando el cuarto. Tenía que luchar por el sustento de una familia y las condiciones económicas eran muy duros. Se dió cuenta que no era para nada fácil vivir en Israel.

También quizo ir a Bolivia. Bolivia estaba lejos, muy lejos de Europa, lejos de la amenaza de una nueva guerra. Dijo: “Bueno, no la tengo fácil, pero por lo menos me voy lejos de donde puede estallar otra guerra.” Así pensaba él.

Aquí también fue todo muy complicado. Los primeros años de una migración son terribles. Yo me pongo en el lugar de mi madre, que vino con una barriga así de grande, con siete meses de embarazo - nosotros llegamos en septiembre y mi hermana Eva nació el 1 de diciembre- , con dos criaturas de uno y dos años y yo con nueve. Llegas a un país extraño, sin conocer a nadie, con un idioma que no sabes, perseguida por el miedo, sabiendo de que tal vez como judío no te dejarán entrar… Mira, yo me pongo en el lugar de mi madre y pienso: “¡Que fuerte!” Quisiera saber cómo pudo aguantar eso. Yo ahora me vuelvo loca con problemas mucho más pequeñas.

Entramos al país como “católicos” y nunca fui a cambiar la entrada respectiva en mi certificado de ingreso. No sé si me interesa . La acción de Diana de la rectificación de “católica” a “judía” fue más bien simbólica, me parece que fue representativo por la situación: se rebeló y hubo una disculpa en 2005. Se trataba más de llamar la atención sobre la situación.

Mi padre no tenía nada que ver con la colonia alemana de aquí. Cuando uno emigra a un país y viene con una familia detrás, tiene que pensar como arreglar la vida para darles de comer, no se tiene tiempo para contactos sociales. Solamente se piensa en aprender el idioma, en aprender las reglas del juego del nuevo país. Además era muy difícil conseguir documentos aquí. La gente estaba preocupada y ya era feliz con no ser perseguida, con tener algo para comer y una cama para dormir. Lo demás no era tan importante.

La Dictadura

La dictadura es un tema muy difícil. Fue una época nefasta, terrible, pero no puedo comparar esa situación con lo que pasó en Alemania. En esa época yo trabajaba en la universidad. Logré salir del ámbito familiar paterno, hice mi propia vida y me casé. Había padecido la guerra y sólo quería formar una nueva familia, con otros intereses y dejar la historia atrás. Yo no me asocié a ningun grupo, pero Carlos es muy enérgico y muy político. Él estuvo muy relacionado con la política y pudo haber desaparecido como cualquier otro. Así que yo vivía la situación política más a través de mi marido y de mis hijos.

Creo que no teníamos consciencia de lo que estaba pasando. Cuando en 1975 o 1976 hicimos con nuestros hijos nuestro primer viaje a Europa, fuimos a visitar unos familiares que teníamos en París y nos preguntaron: “¿Venís para quedar? ¿Vienen escapando?” “¿Escapando de qué?” No sabíamos nada. O tal vez no queríamos saber, no lo sé. Por suerte yo no lo viví en carne propia. Por suerte no nos pasó nada. Muchos compañeros de Carlos desaparecieron. Pero de la dictadura no puedo contarte mucho. No me pareció buena, ninguna dictadura me parece buena. Yo no escuchaba, no estaba involucrada. Extremismos o movimientos tenían que estar lejos de mí. Era una manera de preservarme, de cuidarme. Son temas muy complicados.

El Antisemitismo en Argentina

Con el tema del antisemitismo me pongo muy mal porque yo siempre me voy a los extremos. Yo ya veo que me matan, que me persiguen, que me quitan lo que tengo, que me tengo que esconder – no hay términos medios. Siempre fue así, los atentados no fueron el punto de partida. Siempre que veo lo que está pasando en Israel pienso que esto es el final, que vienen los nazis otra vez y que el pueblo judío es perseguido otra vez. Siempre.

El Reencuentro en Quebec

“En el año 87 asistí a un congreso sobre cáncer en Quebec. El día de la inauguración deambulaba por el salón entre gente que hablaba diversos idiomas. Pasé cerca de tres mujeres que conversaban en polaco. Me presenté en ese idioma y comenzamos a hablar. Me preguntaron de dónde era y por qué sabía polaco; entonces les dije que aunque venía de la Argentina, era de Varsovia. Ahí nomás, no sé por qué, dado que no es algo que haga habitualmente, les empecé a contar la historia de mi vida. Una de ellas, algo mayor que yo, para nuestra sorpresa, comenzó a llorar. Hanka, ese era su nombre, dijo que ella también era de Varsovia y había pasado la guerra en un convento de monjas que funcionaba como orfanato y que se llamaba Kszendza Boduena. Agregó, para mi total estupefacción, que según lo que yo le contaba era probable que ella me hubiera tenido en sus brazos, porque era la encargada de cuidar a los bebés. Hanka tenía unos siete u ocho años más que yo, también era judía y se había salvado en ese orfanato. Su padre era un pediatra muy reconocido en Varsovia que en forma gratuita atendía a los chicos del orfanato. Cuando empezó la persecución, se presentó a la superiora y le pidió que escondiera a su hija. La vistieron de mucama o de enfermera y ella se ocupaba de los bebés, probablemente de mí, y así se salvó y tal vez me salvó a mí.

La vida me fue devolviendo retazos preciosos de mi pasado, pero todavía falta mucho para que pueda reconstruir lo que mi memoria no ha podido guardar.”

Son esas cosas de la vida que no se pueden creer. A Hanka no la volví a ver, vivía en Bruselas pero ya murió. Me dió mucha pena. Mira las vueltas que da la vida: tiempo después me llamó desde París una señora con fuerte acento francés. Era su tía y tenía mi teléfono porque su sobrina le habló tanto de mí, que quería conocerme. Me invitó a su casa, pero yo nunca pude ir. Todavía vive y yo le escribo. Parece increíble, pero así fue. Y la historia de Quebec – nadie puede creerlo.

Alemania, Polonia, Auschwitz

No tengo ninguna relación con Alemania y tampoco he querido ir ahí. A lo mejor el año que viene; como Carlos tiene un congreso, a lo mejor vamos. Sí, voy a ir. Pero el problema no es sólo con Alemania. Yo nací en Polonia y como representa parte de mi pasado, tampoco había querido ir. Recien el año pasado estuve ahí por primera vez, y eso que nosotros viajamos mucho. Nunca he querido ir a Alemania, pero voy a ir porque creo que no está bien que el ser humano se queje por una situación y se niege a salir de ella. Yo he podido conseguir muchas cosas, a pesar que por mi niñez bien podría estar loca en un manicomio. A pesar de todo, tengo algo dentro que me hizo poder. Entonces, ¿Porqué no voy a poder eso? Y bueno, así como pude ir a Auschwitz, tengo que poder ir a Alemania. Quiero ir porque pienso que es algo por lo que también tengo que pasar.

Me parece que con los años estoy un poco más en calma, además que mi relación actual con el grupo me permite acercarme un poco más a las cosas. No tengo más esa cosa de rechazar sin razonar. Y además hay que ir para ver si realmente las cosas han cambiado o no.

Nunca he querido ir a Varsovia, pero fui a Cracovia con Carlos el año pasado. Es una ciudad muy interesante desde el punto de vista turístico, y para mí era una entrada a Polonia sin tener que llegar hasta Varsovia. Me permitió volver estableciendo un nexo auditivo con lo que fue el idioma de mi niñez. Fue muy buena la experiencia. Hablaba en polaco y fui recuperando palabras que hace muchos años no había escuchado. Fue como volver a mi niñez, porque mi padre también hablaba polaco y las monjas también me hablaban en polaco. No se trata de ir a reconocer una calle que nunca conocí. No es sólo ver con los ojos, porque yo al ver no me acuerdo de nada. ¡Yo tenía seis meses! Nada me quedó fijado en la retina. Tiene más que ver con los raíces, con el idioma y con muchas otras cosas. Yo sigo hablando polaco. Ahora que no tengo con quien hablar lo estoy perdiendo. Pero si hablo con alguien, lo recupero.

Yo creo que fue muy importante ir a Polonia. A pesar de haber ido a Auschwitz, a pesar de haber ido a Birkenau. Carlos no me quería llevar, el viaje lo preparó él. Pero un día ví un folleto en el hotel. Yo no sabía que estaba tan cerca de Cracovia. Me dijo: “Yo pensé que vos no querías ir.” “Es verdad, no sé si quiero ir. Déjame pensar.” Pero fuimos. Fue terrible. Además fue en febrero, en pleno invierno, con la nieve y 18 grados bajo cero.

¿Cómo seguimos adelante?

Mis dos hijos se “tragaron” el libro de mi padre y también se lo dieron a leer a todos sus amigos. Uno de ellos, él que vive en Nueva York, todavía quiere traducirlo al inglés. Èl y su abuelo tenían una muy buena relación. Siempre charlaban, siempre.

Yo ahora estoy dedicada a la recuperación de la historia de la Shoá. Estoy tratando de encontrar libros, materiales, películas, porque quiero dejarlo a mis hijos para que lo tengan mañana, cuando yo ya no esté. No para decir “¡Uh, uh!”, no para vengarse, sino para que conozcan la historia de lo que pasó y mantener la memoria. Eso me parece importante.

Para que Auschwitz no se repita hay que hablar no sólo en los colegios, sino siempre que se tenga la oportunidad. Por ejemplo, todos los miercoles viene una chica con la que hago stretching - para las articulaciones, para la columna... Hay que cuidar el cuerpo y la salud. Tengo 65 años, aunque no parece. Y bueno, ella es una chica muy simple. No sabe nada de la vida, nada del mundo, nada de historia, nada de nada. Entonces, hace unos meses hubo un programa en la televisión donde mostraron algo de Auschwitz y ella me preguntó. “¡Ay, no me digas! ¡¿Eso te pasó?!” Yo me pregunté cómo puede ser posible que la gente no se entere. No digo que todo el mundo sea un científico o experto, pero por lo menos las cosas mínimas del mundo... Pero después pensé que es normal y natural. Hay tantas cosas que pasan en el mundo y que yo tampoco las sé. Veo algo, escucho algo, pero realmente saber... Hay que hablar, hay que contar la historia para que no se repita.

(1) Pésaj es la festividad judía que conmemora la salida del pueblo judío de Egipto, relatada en el libro bíblico del Éxodo.

(2) Diana Wang solicitó al gobierno argentino el cambio de pertenencia religiosa de católica a judía en su certificado de ingreso al país, lo que le fue concedido en julio de 2005. En 1947 se reconoció como católica para poder entrar, ya que en 1938 Argentina prohibió el ingreso a judías y judíos. El suyo fue un caso sin precedentes (Tomado de la página web de Diana Wang: www.dianawang.net).

Idioma de la entrevista: Castellano
Entrevistadora: Sylvia Degen
Revisión del texto: Sergio Esquivel
Las citas insertadas son del libro Los Niños Escondidos – Del Holocausto a Buenos Aires de Diana Wang

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Monday 04-Jun-2007 1:08 AM
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