Mi nombre es Rosa Rotenberg y acorde a los designios de Hitler, debía morir.
Sin embargo sobreviví a la Shoá gracias a que mis padres lograron sacarme viva del gheto de Varsovia y trataron de que alguien me buscara un lugar seguro hasta el final de la guerra. Ellos desconocían mi paradero y a las personas de buena voluntad que se ocuparon de esa misión.
Yo tenía pocos meses, de modo que no pude guardar nada en mi memoria. Pero la vida nos sorprende a cada paso.
En mi calidad de investigadora y docente de la Facultad de Farmacia y Bioquímica fui becada por la Universidad de Buenos Aires para asistir al XV Congreso Internacional de Marcadores Oncológicos en Quebec, Canadá, en 1987. Allí conocí a una colega polaca, la Dra. Halina Sobis, una eminente investigadora en cáncer. Halina había nacido en Polonia y vivía en ese entonces en Bruxelas. De modo casual, charlando durante los intervalos de las ponencias científicas, descubrimos con sorpresa y gran emoción que compartíamos una parte importante de nuestras historias: por ser ambas de origen judío habíamos sido escondidas durante la guerra en el mismo orfanato en Varsovia. Yo tenía menos de un año de vida al ingresar, Halina era mayor, tenía 13 años y era la encargada de cuidar a los más pequeños. Ella misma sostuvo que debió haberme llevado en brazos en más de una oportunidad. Habían pasado más de 50 años en ese encuentro y muy conmovidas nos abrazamos llorando.
Por fin tenía un testigo de esos años oscuros de mi infancia. Nos carteamos durante algún tiempo y lamentablemente no volví a verla, ya que falleció pocos años después.
Con los años percibí que había perdido la gran oportunidad de conocer detalles de mi vida de entonces. No le había pedido ningún dato del orfanato, quizás porque aún no estaba en las condiciones psicológicas adecuadas para recuperar y elaborar esos datos. Era evidente que mi padecimiento infantil había dejado sus secuelas.
Halina y yo, como todos los judíos, especialmente los niños, habíamos estado destinadas a la muerte. El hecho milagroso de haber sobrevivido nos permitió tener la chance de educarnos y tener una trayectoria científica para dejar el fruto de nuestro trabajo e investigación en beneficio de la Humanidad. ¿Cuantas carreras no pudieron plasmarse por los nefastos designios nazis? ¿Cuantos niños judíos hubieran sido nuestros compañeros de ruta de no haber mediado este plan de aniquilamiento? ¿Por qué en el foco de Europa más culto y de mayor tecnología se gestó el plan de asesinarnos? ¿Por qué fuimos designados como víctimas? ¿Por qué a los que sobrevivimos nos ha tocado sobrevivir? Son preguntas difíciles de responder e imposibles de comprender, pero que siempre me acosan.
Yo sobreviví -como casi todos- por milagro. Nací en el gheto de Varsovia en 1941, pasé clandestinamente hacia el "otro lado", el lado ario, el de la salvación, el lado en el que tendría alguna oportunidad de seguir viviendo. Tenía sólo seis meses, recién empezaba a sentarme sola y ahí comenzó mi éxodo personal, en brazos desconocidos, en un viaje del que no guardo memoria, pero que permitió que hoy esté acá con ustedes.
Aún es un enigma para mí saber los lugares y personas con las que estuve antes de que me depositaran en la casa del Cura Boduena, como era el nombre de ese convento. Forma parte de ese agujero ciego de mi historia. Es poco lo que he podido reconstruir, pero fue un milagro que sobreviviera. También fue un milagro la supervivencia de mi padre y más aún el que me encontrara cuando finalizó la guerra. Yo tenía casi cinco años cuando ese señor desconocido llegó al orfanato de monjas donde yo estaba, diciendo que él era mi papá. Y me llevó consigo. Y poco a poco me transformé en “Ruzicka o Roisele”. Y poco a poco volví a ser judía.
Pero era difícil abstraerse de las penurias pasadas. Nos sobrepusimos al hambre y a las enfermedades pero nunca nos recuperamos del dolor por la pérdida de los seres queridos. Nunca vi a mi madre, no conocí su cara ni conseguí foto alguna para saber cómo era, si me parezco a ella, si alguno de mis hijos o nietos lleva sus rasgos.
Mamá pereció en el convoy que la transportaba a Auschwitz.
Después de la guerra y con gran esfuerzo, mi padre reconstruyó una familia. Me contó lo difícil de mi reinserción en este nuevo contexto familiar, pero felizmente él siempre estuvo a mi lado. Nunca dejó de hablar sobre la guerra. Había luchado hasta el final participando en el Levantamiento del Gueto de Varsovia y salió de allí con el último transporte. Perdió toda su familia: padres y 5 hermanos. Dejó escrito un libro testimonial, que relata su vida y también mi historia, donde constan las iniquidades a las que estuvo sometido en dos campos de trabajo forzado.
Se casó nuevamente, buscó tierras seguras para establecerse y educar a sus hijas y llegamos a Buenos Aires en 1950.
Argentina me brindó la posibilidad de estudiar y trabajar. Me recibí de Bioquímica y ejercí la docencia en la Universidad de Buenos Aires. Me casé con un argentino y tengo dos hijos: Carolina y Miguel y dos nietas: Natalia y Sofía. Tengo 3 hermanas casadas, una de ellas reside en Israel, 8 sobrinos y 6 sobrinos-nietos. Todos ellos constituyen la estirpe que sobrevivió al plan de exterminio y que felizmente mi padre pudo disfrutar en gran parte ya que falleció hace 4 años, a la edad de 95.
La vida sigue su curso y cada vez estaremos más lejos de poder contar personalmente las peripecias por las que pasamos los sobrevivientes. Estos sobrevivientes que ven Uds. aquí en este acto, yo misma, gente adulta, abuelos y bisabuelos, todos fuimos niños o jóvenes cuando nos tocó vivir la tragedia. Cuando nos pasó por encima ese tsunami de odio y masacre que liquidó a nuestros ancestros, nos arrancó de nuestra historia, de nuestra educación, de nuestros hogares, calles e idiomas maternos. Somos los testigos presenciales, los documentos vivos. Somos la prueba del horror y al mismo tiempo la prueba de la enorme potencia y fuerza de la vida.
Soy miembro de Generaciones de la Shoá en Argentina, una cadena que construimos para mantener la memoria y educar a los jóvenes para evitar que estos hechos atroces se repitan. Difundir nuestros testimonios en forma presencial es darle un matiz palpable.
Estoy aquí para honrar la memoria de los asesinados y también en homenaje a mis padres y con él rindo homenaje a todos los sobrevivientes, a todos los perseguidos y masacrados por diferencias étnicas, ideológicas y raciales. Debemos alertar al mundo de los peligros que sobre él se ciernen si aceptamos la discriminación con el fin de que estos genocidios no sigan ocurriendo.
Con estas breves palabras deseo honrar la vida, la justicia y sobre todo, la libertad.