Majdanek
Debo empezar por Majdanek. Ya van dos días de viaje y sin embargo debo empezar por aquí. Majdanek es un campo de exterminio q permanece igual a si mismo. Sólo hace falta abstraerse del tiempo y el ingreso al campo se vuelve real. Y digo bien -abstraerse del tiempo- porque del espacio es imposible hacer un quiebre. Majdanek es el campo de extermino que está en las afueras de Lublin; pero cuando digo "en las afueras", lo digo como quien dice el Carrefour de Vicente López en relación a la ESMA. Majdanek está tan cerca de Lublin, que los gritos, los olores, y hasta los fantasmas, no podían no haber sido percibidos por cualquier habitante de la ciudad. Y esta cercanía es la que atraviesa toda la visita al campo. Estar en todo momento observando tras la alambrada, las casas de los habitantes de Lublin. La vista se va para afuera, aunque todo lo q haya que ver se encuentre adentro. Porque hay mucho para ver adentro, hay 800.000 zapatos, pabellones, hay cámaras de gas; pero la vista dirige al cuerpo constantemente hacia afuera y no para de adelantársele y decirle: ¿cómo convivían con esta masacre?, ¿cuántas copas de vino habrán bebido en sintonía con la sangre que caía a borbotones?, ¿cuántos orgasmos en consonancia con tanto grito?, ¿cuántos pasos por las calles de una ciudad q amalgamaba cada instante de aniquilamiento a su construcción cotidiana?, ¿cómo sobrevivieron los habitantes de Lublin?, ¿cómo pudieron olvidarse del otro y de si mismos?
No se si queda claro. Majdanek, el campo de labor y exterminio, se encuentra separado de la ciudad de Lublin por una alambrada y por solo dos km. Vivir en Lublin era morir en Majdanek. No puede haber diferencia entre la vida y la muerte, cuando todos se perciben a todos.
El primer día recorrimos el guetto de Varsovia y fue intenso. Pero esta visita nos metió de lleno en otra cosa. Cuando se convive con la muerte, también la vida pierde sentido. Lublin es una ciudad habitada por fantasmas, pero de los dos lados: los fantasmas de los muertos en los campos y los fantasmas de los vivos de la ciudad.
Mi familia era de las afueras de Lublin. Una parte de ella pudo escapar hacia Rusia. Cuando regresé del campo hacia el hotel, junto a mis alumnos, me llamó mi papá por teléfono. Nos pusimos a llorar. No supe decirle bien que estaba respirando ese aire que respiraron nuestros abuelos. No supe explicarle q había visto multitudes de fantasmas.
Zwilitorszka Gura
Nos sentamos alrededor de una especie de cerco en el medio del bosque. El cerco está pintado de azul y en su interior solo hay pasto. Muchas velas, muchas notas, algunos dibujitos y hasta ciertos muñecos de países diversos (Mickey, un osito, un perro). El bosque es de árboles altos. Se escuchaba un silencio traicionero, de esos que anuncian que allí algo había pasado. Mis alumnos seguían hablando, pero ya en voz baja. Estábamos cerca de Tarnow, una ciudad del interior de Polonia, ya desierta de judíos. Solo queda en Tarnow una sinagoga destruida. Los judíos de Tarnow marcharon todos hacia el mismo claro de bosque en el que nos hallábamos. Fue un día de 1942, creo que en septiembre. Entre ellos marchaban ochocientos niños. Llegaron al mismo lugar donde ahora nos encontrábamos sentados, y allí nos enteramos que ese cerco albergaba en su interior una fosa común. Levantando la mirada descubrimos rápidamente otros siete cercos más, otras siete fosas comunes. En tres días fueron asesinados a tiro descubierto, a tiro de pistola en la cabeza, ocho mil personas. Mientras morían, caían al foso. Nosotros estábamos allí, en uno de ellos. Se descubrió que eso era una fosa común porque era el único espacio donde la vegetación creció de golpe, dada la fertilidad generada por los cadáveres allí arrojados. La vida descubría a la muerte, una muerte arrancada y miles de disparos hechos de frente, ojo a ojo. Hasta las cámaras de gas nos parecieron menos horribles que esas muertes. Así iban pasando los ocho mil y así iban cayendo en la misma fosa que el vecino, que el amigo, que el familiar. Los ocho mil judíos de Tarnow, en tres días, enterrados juntos, asesinados como si fueran hormigas, con la misma inhumanidad con que se mata un insecto. Un sonido se oyó impreciso en el interior del bosque y perdí la noción del tiempo. Los chicos lloraban desconsoladamente, hasta que nuestra guía nos anunció, así sin querer, así como leyendo un dato mas de un informe, que estábamos justo enfrente de la fosa en la que habían matado a los ochocientos niños. Algunos nos tomamos fuertemente de las manos y otros tuvieron que salirse del lugar. Así entendimos el porqué de los objetos allí apilados, así entendimos esa incomodidad esencial. Vi a mis hijos correr por el bosque y les grité: ¡León, Maria! Ellos dieron vuelta su cara con una sonrisa y se adentraron entre los árboles. Los perseguí, pero no los encontré. No estaban allí, yo sabía que no estaban allí, pero no podían no aparecerse. No fue misticismo ni fue desolación, no fue una revelación ni fue necesidad. Fue, simplemente una verdad. Una verdad no necesariamente verdadera. Una verdad ética: no se puede matar ochocientas criaturas en una noche a disparo limpio. No se puede no escuchar la ternura, la manito jugando con el revolver, las carcajadas inocentes. Mis hijos estaban allí, aunque no estaban, porque esos ochocientos chicos son también mis hijos.
Auschwitz - Birkenau
Creo que era un océano, demasiado inmenso, demasiado inabarcable. Pudo ser una llanura, con ese horizonte que se va ampliando a medida que lo observamos. Aunque creo que está más cerca de ser un abismo, una profundidad inconmensurable, una mirada que se pierde ante la ausencia de fin. Lo ilimitado perturba, los ojos necesitan posarse en algún lado, una alambrada, una pared, una muralla, lo que sea, pero en Auschwitz - Birkenau no pueden. Cuando uno ingresa por su puerta y levanta la cabeza, los ojos no encuentran donde descansar. Así es el vértigo de lo inmenso y así es este campo de exterminio. Uno siente la misma angustia que se siente en aquellos lugares que no cierran, ese desasosiego que no permite hacer pie, aligerar la pestaña, respirar. Entrar a Auschwitz - Birkenau un día de sol, por los mismos rieles que conducen al mismo espacio en el cual se decidía quien moría y quien padecería eternamente, es salir de una pendiente. De una pendiente que estaba pendiente arrojarse. El mismo pasto, el mismo atardecer, la misma crueldad. La inmensidad prueba el horror, porque más allá de todo, Auschwitz es la concreción de un proyecto instrumental de racionalidad. Y ello se palpa mientras se camina entre sus restos. Se palpa la estrategia, se huele el memorandum. Auschwitz es una fábrica. Un sistema operativo magnánimo. Fue pensado como una fabrica de la muerte, y eso se visualiza rápidamente. Todo ocupa su lugar en este lugar que priva de lugares. Todo está mecánicamente y geométricamente construido para aniquilar. El gas junto al ascensor, los crematorios junto a la chimenea. Una gran línea de montaje de la muerte.
En Auschwitz Birkenau uno se siente doblemente humano. El atardecer y el campo atraviesan nuestra finitud. Podrían ser un atardecer o un campo cualquiera, pero aquí lo exasperante, es sabernos parte de una postal que años atrás fue un incendio. El que se siente doblemente humano, se siente doblemente alejado de la divinidad. Muchos dicen que aquí, Dios estuvo ausente. Puede ser. Pero lo que es seguro, es que el hombre estuvo demasiado presente.
Polonia
Majdanek, las fosas de Zwilitorszka Gura, Auschwitz - Birkenau, un recorrido que ha entrelazado la complicidad, el horror y la planificación. Casi podríamos decir que toda la Shoá podría abordarse a través de estos tres tópicos, pero mis alumnos y yo, vinimos aquí a mucho más que intentar explicar aquello que algunos tildan de inexplicable, y que sin embargo, cada vez me convenzo más de su inteligibilidad. ¿Tan difícil es poner palabras a la aniquilación sistemática de la vida humana? No creo. Las palabras sobran. El problema es nuestra incapacidad de asumirlas. Todo lo aquí sucedido es demasiado explicable, es más, es histórica, sociológica y filosóficamente explicable. Y es por eso, que nuestra experiencia vivencial pone en entredicho también el valor de la palabra. No vinimos aquí solamente a caracterizar la complicidad, el horror y la planificación. Vinimos a oler todavía el azul del Zyklon B en los techos de las cámaras de gas de Majdanek, a estremecernos con las risas de los niños a punto de morir en el bosque de las fosas, a marearnos en la inmensidad de Birkenau. Vinimos a observar como la gente de Lublin nos observa en Majdanek, vinimos a ver crecer el pasto alrededor de las tumbas comunes de Zwilitorszka Gura, vinimos a mirar caer el sol sobre la alambrada de Auschwitz. Las palabras pueden construir mundos, pero nuestros mundos sobrepasan las palabras. Hay una diferencia entre escuchar que en Zwilitorszka Gura murieron 800 niños a punta de pistola, y el acto de acostarse sobre la tierra para escuchar sus gritos. Vinimos a extrañarnos con el ser humano, porque vivimos tiempos de desextrañamientos. La experiencia dejó de ser numínica para pasar a ser empírica. Dejó de ser personal para pasar a ser objetiva. Y lo empírico es sometible a conceptos, pero sometible. La experiencia se ha empobrecido. La hemos enajenado. Mi abuelo, un judío polaco de Tyszowce “supo” que tenía que huir para Rusia. Mi abuela, que no tenía lugar en la carreta, “supo” que mejor era caminar en el barro helado que permanecer en el pueblo hasta el día siguiente: al amanecer, Tyszowce fue destruida. Nosotros vinimos a Polonia a convivir con los espectros. Pero los fantasmas no hablan, simplemente rozan nuestra piel y abren nuestros poros. Es cierto, estamos todavía más confundidos. Mis alumnos lloran y claman por comunicarse con sus padres. Exigen abrazos y vivencian humanidad. Se piden perdón y ríen por la noche. No hacen catársis, ya que reconocen su impureza. Experimentan lo impuro de la supervivencia, porque “saben” que podrían ser aquellos que mientras mueren, escuchan las carcajadas de la complicidad de los habitantes de Lublin; “saben” que podrían ser algunos de los 8000 asesinados en el horror de las fosas; “saben” que podrían haber sido un número más de la eficiencia maquinaria en la planificación de Auschwitz – Birkenau. Mis alumnos vinieron a formarse en el dolor para poder deformar sus prejuicios. Los espera Israel, la próxima parada. Pero también los espera el mundo, su único destino. Ya no les es útil el discurso vacuo del amor al hombre. Las palabras sobran, ya que aquí se inundan de experiencias. El desextrañamiento continúa su labor en los manuales de historia, en las curriculas burocráticas y en la transmisión de dogmas. Aquí, a punto de salirnos de Polonia para viajar hacia Israel, “sabemos” que estos errantes extranjeros que hemos sido y seguiremos siendo, debemos convertirnos en militantes del extrañamiento. Despojarnos de las falacias de la mismidad para extrañarnos en el rostro de ese otro que es siempre mi propio rostro también extraño. No hay lecciones ni arquetipos. A los judíos nos mataron como ratas. Unos hombres masacraron a otros hombres como ratas. Unos hombres decidieron convertir a otros hombres en ratas para aniquilarlos. Aquí en Polonia lo “supimos”. Solo nos resta volver a casa y besar a nuestros padres y a nuestros hijos. Y de paso, besar a todo el mundo, pero en especial “a la viuda, al huérfano y al extranjero”, y más en especial al extranjero.