TEXTOS


IOM KIPUR EN AUSCHWITCH

Por Darío Sztajnszrajber

Las asociaciones se vuelven imprescindibles, casi como un lugar común, pero en ese momento algo puede más y uno se arrodilla sobre ese pasto bien verde y en una mirada oblicua, va del pasto al cielo, del verde al celeste brillante, y escucha tal vez un grito, o peor, ese silencio tétrico de los que desfilaban hacia los crematorios. Pero lo más extraño es poder conectar con el paisaje y la naturaleza. Estar arrodillado en el corredor principal de Auschwitz Birkenau es escuchar voces, es el fantasma corporizado que deambula sin rumbo, porque su rumbo está fijo. Los pasos, las lágrimas, los miedos se hacen uno; y el espanto de la razón está siempre entendiendo, como un alerta sin sueño ni sueños, que en ese mismo pasto se “fabricaban cadáveres” y se prohibía la muerte, o la vida, que es lo mismo. Lo humano convoca a lo humano, y por eso estar arrodillado allí es escuchar a los que marchan a las cámaras de gas, en una presencia espantosa que es la presencia del hombre antes del hombre. Pero lo que no cierra es la naturaleza, lo disonante es el color. El sol. La primavera. El atardecer cálido. El paisaje hermoso. Hasta el pasto bien cortado. ¡Hasta se huele a pasto! No hay primavera en Auschwitz, pero es abril en Polonia. No hay otro olor que el de la carne quemada, pero la escena es casi una postal, y el yo se disocia, se fragmenta, estalla. Va trasmutando de tiempo, va transmutando de espacio. Escucha voces, percibe fantasmas, cambia el escenario. No hace falta cerrar los ojos. Allí todo está a la vista. Lo que cambian son los sentidos. Uno está arrodillado en el pasto del corredor principal y cuando levanta la vista, ese día primaveral soleado se vuelve lluvioso, se vuelve gris, se vuelve noche. La temperatura cae. Las ruinas se reconstruyen en crematorios y pabellones. El vacío se llena con los gritos de los soldados. El tiempo muta. Hasta el terror frente al uniforme del nazi se hace cuerpo, se hace angustia, y estoy esperando el golpe o el disparo en la cabeza. Lo estoy viendo, pero sobre todo lo hago estómago, lo vivencio. Allí estoy esperando sentir finalmente cómo ingresa una bala en mi cuerpo. Pero no sucede. Siempre en lo más despiadado de la emoción, hay un pestañeo, alguien que se ríe, un turista hablando un idioma que no es el de uno, o un empleado del lugar que camina rápido porque no llega a horario para fichar su ingreso. O una lata de Coca Cola que alguien arrojó sobre la alambrada que separa el corredor de la zona de los pabellones. ¿Puede alguien arrojar una lata de Coca Cola en ese lugar? ¿Por qué no? ¿Puede un asalariado recorrer ese mismo camino de la muerte, con la velocidad propia de quien no quiere perder el presentismo? ¿Por qué va a perderlo? ¿Podemos dormir una siesta sobre ese pasto, bajo ese sol, con ese aroma? ¿O tener hambre? ¿O extrañar a mi familia? ¿O estar pensando que al regreso me gustaría escribir sobre estas vivencias? ¡¿Vivencias?! ¡¿Experiencias en el lugar del fin de la experiencia?! ¡¿Vivencia del exterminio de la vivencia?! ¡¿Palabras que describan la ausencia de palabras?! No quiero repetir lo que todo el mundo repite. Desde que nací, la Shoá anida en mis huesos, tiñe mi horror, desnuda mis traiciones. No quiero solamente estar arrodillado aquí sobre el pasto y repetirme a mi mismo que no puedo tener vivencias en el lugar del fin de la vivencia. Desde que nací le temí al nazi más que al hombre de la bolsa, porque este último da posibilidad de escape, de crecimiento, pero el nazi te mata por judío. ¿Y cómo hago para dejar de serlo? Alguien me susurra: “lo peor de todo esto fue lo inapelable del destino. Por eso exterminio. Nadie le pregunta a una rata si quiere arrepentirse”. Un nuevo pestañeo. Sigo arrodillado. La pistola desfundada del soldado, enojado porque me caí en el camino, y una súplica, entre el sudor y el llanto que sale de mi boca: “¡no quiero morir, perdónenme!”. ¿Pero las ratas pueden pedir perdón?

¿Por qué estoy pidiendo perdón? ¿Por ser judío? ¿Por elegir seguir siendo judío? ¿Por qué soy judío tenga o no tenga madre judía? ¿Por qué estoy pidiendo perdón? ¿Por estar “clavado a mi judaísmo”? ¿Por qué al decir de Levinas, Hitler nos enseñó que no es posible desertar de ser judío? ¿Pido perdón para que no me maten? ¿Pido perdón por ser débil? ¿Reconozco en este clamor el poder del otro? ¿Qué pido que se perdone: ser judío? Es como pedir perdón por llorar mucho, o porque me gusta la música, o por haberme enamorado de Lucrecia... ¿Pido perdón por la lata de Coca Cola o por el cigarrillo que fumé antes de ingresar al campo? ¿Pido perdón por los muertos de Auschwitz o por el que corre a fichar para que no le descuenten el salario? ¿Pido perdón porque mi familia escapó de Polonia en una carreta en la que entraba una cantidad estricta de personas, pero no de otras que permanecieron en tierra polaca y murieron por ello? ¿Por qué estoy pidiendo perdón? ¿Por estar vivo? O peor, ¿por ser parte del mundo de los vivos que entre sus tantas manifestaciones también generó Auschwitz y sigue generando un despojamiento de lo humano? Quiero poder entender que un asalariado corriendo por su presentismo sin el cual no puede pagar el colegio de sus hijos no traiciona a los muertos, pero tampoco traiciona su conciencia. Y es que el problema no lo tiene él, lo tengo yo. O lo que queda de mi yo. Un yo que se impacta con la lata de Coca Cola en la alambrada, pero que se fumó su cigarrillo. De un lado del portón sí y del otro lado no… ¿Qué diferencia el horror? ¿Y si la lata estuviese en uno de los tantos tachos de basura estratégicamente colocados a lo largo del lugar? ¿Y si pensamos que es la misma lógica instrumental la que diseña líneas de montaje, ficheros de horarios, tachos estratégicamente colocados, fábricas de cadáveres o el Combo 3 de Mac Donalds? ¿Qué traición está operando aquí? Pero alguien también dice: “los polacos fueron cómplices, hay que matarlos a todos”… ¿Cómo ratas?...

Otra pestaña que cae, necesito aire. Auschwitz abruma. No es más que un campo abierto en ruinas, pero lo abierto abruma. El encierro con el tiempo, en cambio, se vuelve propio y facilita el dogma: “hay que matarlos a todos”, pero allí, ¿cómo opera el perdón? Allí no hay perdón. A las ratas no se las perdona, se las liquida. Nunca hay perdón cuando no hay ética. Por eso nos volvieron plaga, para poder exterminarnos, imposibilitándonos lo humano. La diferencia es ética, pero no toda ética fundamenta la diferencia. En nombre de la ética también se extermina y se inmuniza. Lo humano es un concepto formal, casi vacío. Lo humano construyó este campo para disolver lo humano. Alguien relata la historia de una mujer que sobrevive milagrosamente en una fosa de la muerte en Rusia. Al otro día despierta entre los miles de cadáveres y con una bala en su cabeza, escapa. Da testimonio en el juicio a Eichmann y al terminar sus hijos se le acercan y entre sollozos le piden perdón: nunca le habían creído su relato. ¿Quién mata a gente de a miles en una fosa común? ¿Quién construye una maquinaria del exterminio como quien monta un matadero para el ganado? La lógica es la misma. Los mataderos funcionan. Aquí y en Liniers. La diferencia es a quien suben a la línea de montaje. A qué animal procesan. Por eso esos hijos no le creían a su madre. Parecía un relato de Kafka, a la gente no se la confunde con insectos, y menos en masa. Por eso este atardecer me descubre arrodillado en el mismo lugar en el cual alguien fue insecto y fue fumigado, mientras yo veo contingentes que sacan fotos y posan, y hay cámaras japonesas y filmadoras y celulares con filmadoras, y de nuevo la lata de Coca Cola y en la sala donde se incrustaban los números en el brazo, los visitantes hacen cola para pasar por allí a recorrerlo, una cola que es siempre la misma cola, o en ese momento otra vez el pestañeo, el soldado no me mató y ya pasé la cola, mientras siento mi brazo explotando con ese número a carne viva y gritando como gritan los animales, imposibilitado del habla casi con la lengua destruida por el dolor. Sin habla no hay hombre, sin habla no hay Dios. No tengo a quién pedirle perdón, clamar por la existencia, suplicar por perseverar en el ser. Solo me tengo a mi mismo, o a lo queda del yo. Un yo que atina a pedir perdón porque sigue cuando otros no siguieron, o a lo sumo que se ve compelido a saberse existente y abandonar los falsos infinitos que crean dependencia y perturbación como la rutina, las preocupaciones inocuas, el dinero, la propiedad, el éxito, la tarjeta de crédito; esto es, un yo que pide perdón por no concentrarse en aquello que Epicuro denominaba el único placer que todo hombre debía perseguir: el placer por la mera existencia, donde “mera” más que un adverbio despectivo, expresa el modo en que en general traicionamos lo más elemental y por ende pleno del existir: el mero caminar, la mera mirada, el mero respirar, un mero corazón latiendo. Sólo la censura radical de lo humano nos devuelve de lleno con la más íntimo de nuestro ser. Recién entonces pude sentir el pasto en mi rodilla, pude sentir mi rodilla, pude sentirme. Pero estaba quebrado. Entré a la cámara de gas. No pude no morir allí.

Entre una pestaña que se cierra y otra que se abre, hay un mismo campo y un mismo pedido de perdón. Alguien acota que siempre es Iom Kippur, aunque siga siendo abril en Polonia. Las fechas a veces consuman identidades. Hoy es Iom Kippur aquí en Buenos Aires, pero para mi siempre sigue siendo ese atardecer en Auschwitz.

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Sunday 16-Dec-2007 9:45 PM
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