Nació el 26 de febrero de 1919 en Berlín y el destino lo marcó muy pronto, al fallecer su padre en 1920.
Debido a la tremenda inflación que vivió Alemania luego de perder la guerra, su madre al no poder
mantenerlo, a los 4 años lo llevó al campo, a Burscheid cerca de Düsseldorf y luego con sus abuelos
que vivían en esa ciudad. Allí fue a la escuela pública hasta 1932 en que volvió a Berlín para estudiar en el
Humbolt Gymnasium.
A partir de la llegada al poder de Hitler en 1933, estalló el antisemitismo y la persecución a los judíos.
Así es que Herbert Farr, pues de él se trata, dejó definitivamente el colegio en 1936 pues era imposible para un judío ir al colegio y nos cuenta que fue a esconderse a la casa de su compañero de banco de toda la vida, cuyos padres tenían una conocida panadería. En 1938 su madre emigró a Inglaterra junto con su hermano mayor enfermo al que le dieron de baja para servir en el ejército. En cambio a él lo citaron a prestar servicio, por lo cual vivió refugiándose en casas de diferentes familias hasta que, ante la inminencia de la guerra, decidó salir del país para reunirse con su madre y hermano. Visitó por última vez a su abuela en Dusseldorf.
Tomó un tren hasta Aachen (Aquisgrán), atravesó el bosque de noche hasta ingresar en territorio holandés. Allí pasó unos días con unos tíos en Amsterdam, que más tarde fueron deportados a Auschwitz. Al conseguir su madre la entrada legal a Inglaterra, hizo el camino a Londres en 1939.
Nos cuenta que allí se ofreció como voluntario en apoyo al esfuerzo para combatir contra el nazismo. Para los británicos los emigrados de Alemania eran todos extranjeros enemigos, fuesen judíos o no. De a poco a los judíos sanos y aptos se les permitió formar compañías Pioneer Corps (fuerzas armadas), pero sin portar armas y realizar solamente tareas de no combatiente. Había en total 5 compañías de 240 hombres cada una, judíos jóvenes entre18 y 25 años, cuya mayoría provenía de Alemania, Austria, Bohemia y Moravia, que hablaban alemán y muy pocos el inglés. Con el correr del tiempo y ante las grandes pérdidas que Gran Bretaña sufría en su lucha en Africa, fueron incorporando soldados de Pioneer Corps. Pero a Herbert le
vieron condiciones para “comando”. El adiestramiento era muy estricto. Le cambiaron el nombre y la personalidad y como condición previa, no debía comunicarse con su familia hasta el fin de las hostilidades. Cuenta Herbert que los comandos incursionaban de noche en las playas de Francia, Bélgica u Holanda, muy armados y con las máximas precauciones, siendo su tarea fotografiar con rayos infrarrojos las defensas alemanas y también tomar prisioneros por sorpresa, aprovechando su alemán perfecto, para sacarles el
máximo de información y eventualmente trasladarlos a Inglaterra. En cada incursión debían llevar muestras de arena de la playa, pues los británicos estudiaban su resistencia para saber qué peso podrían soportar y qué vehículos utilizar para el desembarco del día D. Fue como paracaidista que realizó, con éxito, muchas incursiones comando, en territorio enemigo.
Herbert Farr cuenta anécdotas muy interesantes que no alcanzamos a publicar por falta de espacio. Al finalizar la cruenta batalla por la liberación de Amberes, le dieron dos días de licencia con dos compañeros y viajaban en un jeep buscando un cine para distraerse con películas, pero él tenía mucha sed y fue a tomar un helado enfrente del cine. Esto lo salvó pues una bomba V2 cayó sobre la cúpula del cine, muriendo todos sus ocupantes y la onda expansiva de la explosión lo tiró contra la pared de la heladería, pero puede
contarlo. Estuvo dos años colaborando en los campos de prisioneros en la zona británica. Le tocó organizar el trabajo en un campo de 145.000 prisioneros en Muenchen Rheinberg. No había donde ubicar a los millones de soldados alemanes que se entregaban y menos cómo alimentarlos. Por lo tanto se organizó un campo al aire libre con alambrado de púas y torres de control. Allí su perfecto dominio del alemán le permitió en tres semanas separar a los que eran de la Wehrmacht, Marina, Waffen SS, Sevicios de
Seguridad y de la Gestapo, criminales de guerra y liberando a los soldados comunes que fueron civiles alistados por las fuerzas armadas alemanas, para que buscaran su sustento.
Lo licenciaron en 1947 y tenía que elegir entre trabajar en las minas de carbón (allí enviaban los británicos a los soldados sanos y aptos) o emigrar a Rhodesia (actual Zimbabwe) donde podía trabajar una parcela de maníes, por un año y quedarse con lo que cosechaba, sin pagar impuestos.
Al fin pudo emigrar a la Argentina en 1949 donde comenzó a rehacer suvida. Necesitó cuatro años para dominar el idioma castellano. Trabajó en Bunge y Born (de los Hirsch) sección cables telegráficos, que él descifraba y traducía por su dominio del inglés y después de cuatro años, ante la falta de futuro, se puso por su cuenta. Primero como representante de Finca Flichman, la única bodega de judíos bodegueros franceses que tenían viñedos en Mendoza.
Siguió con el negocio de fabricar canastas de Navidad y regalos de fin de año, ofreciendo las bolsas con sidra, pan dulce, una botella de vino y turrón a fábricas con más de mil obreros. Alcanzó mucho éxito en este rubro, llegando a ser la suya la tercera firma en importancia, detrás de Harrods y Gath y Chaves. Era un trabajo muy exigente, agotador y de una constante dedicación. Después de varios años exitosos cambió por turismo, aprendió rindiendo la prueba que le valió el título de Administrador en Turismo, fundó su agencia (Lacroze) y trabaja todavía en esa especialidad.
Se casó en 1951. Tiene un hijo y un nieto que viven actualmente en París. Desde hace 20 años está en pareja con Thea, que es una berlinesa como él. Pero Herbert también es un hombre solidario. Formó parte de las rondas de discusiones del grupo “Vida”. Es voluntario en el Hogar de Ancianos de San Miguel. Hace 23 años que vive en Vidalinda que pertenece a una asociación mutual (de la cual fue durante 5 años vicepresidente), que cobija en su seno una gran cantidad de sobrevivientes de la Shoá, quienes en solidaridad mantienen sus tradiciones y se apoyan mutuamente.
Hoy Herbert Farr con sus jóvenes 86 años, es un ejemplo de vida, de solidaridad y poseedor de una extraordinaria lucidez.
Es un digno ejemplo para ser imitado.