"Kozuszek", diminutivo de "kozuch", gamulán en polaco. Abrigo de piel de oveja pero más rústico, con lana sin cortar por dentro, por fuera con algunos bordados a mano.
Nuevamente recurro al antes, que está poblado de miles de historias. Nuevamente se me abrió una ventanita y una fuerza me empuja a contarlo, porque si no se lo cuento a ustedes, ¿a quién? y si no lo hago ahora, ¿cuándo? Porque jamás se lo conté a nadie, puesto que es muy dificil narrar lo innarrable. A veces pienso que fue un mal sueño. Pero hoy llegó el momento y sé que ustedes me entenderán.
Después de llegar a Birkenau-Auschwitz y luego de padecer el infierno de trabajos de Sísifo que les conté unas semanas atrás, llegué a un estado límite. No podía más caminar y eso significaba el fin. Perdido por perdido me fui al "Krankenbau", el hospital del campo, de donde casi nadie volvía. Allí se practicaban las "selecciones" del famoso doctor Menguele y el 90 % de los enfermos eran llevados a las cámaras de gas. Pero, dentro de la desgracia, me encontré con una doctora rusa, recluta también, que al escaparse del campo de prisioneros de guerra fue recapturada, torturada, pero había sobrevivido y por su profesión trabajaba allí.
Al escucharme hablar tan bien en ruso y con mis dieciseis años, que parecían catorce, desde el primer momento me empezó a proteger, me adoptó como una hija y me escondía antes de las selecciones.
Hablar de ella sería material para otro capítulo. Pero uno de los factores por los cuales hoy estoy aquí, pudiendo relatarles este episodio, fue ella, la doctora Lubov. Da la casualidad que el nombre de ella significa en castellano "amor".
Ella, al estar desde un año antes en el campo, tenía sus conexiones con otras reclutas, las judías checas y eslovacas que ocupaban puestos un poco mejores, ya que casi todas, hablaban alemán, un factor muy importante.
Consiguió que me admitieran en la "Bekleidungskammer", depósito de ropa, un trabajo bajo techo. Dicha ropa era de la gente que armaba el bultito con sus cosas antes de entrar a las famosas duchas, leáse cámaras de gas. Un grupo de hombres traía esa ropa en camiones al campo de mujeres, a nuestro galpón. Nosotros teníamos que clasificarla. Sobretodos de hombres, tapados de mujeres, pulóveres, camisas, ropa de verano, de invierno, zapatos. Se mandaban paquetes a desinfección, se separaba lo nuevo, los usados para arreglar, aparte. Toda una industria para, finalmente, ser llevados a Alemania. En aquel entonces llegaban tantos transportes que la ropa que nos traían para clasificar era de cuatro a cinco meses atrás. En mucho paquetes encontrábamos nombres y apellidos, nombre de la ciudad o pueblo.
Una tarde trajeron varios camiones y tiraron todo rápido adentro y se fueron por más. Empezamos a encontrar varios papeles y cajas con inscripciones. ¡Pruzany! Mi ghetto, de donde nos trajeron. Paquetes con abrigos pesados. A nosotros nos habían traído a fin de enero de 1943, en pleno invierno. Muchos gamulanes.¡Dios mío! Me cuesta seguir escribiendo, me tiemblan las manos. Pero necesito terminar de contarlo. Abro un paquete y el "kozuczek" me resulta conocido. ¡Es de mi madre! En uno de los bolsillos encuentro el paquetito con la carne fría, cortada en rebanaditas, toda seca ya, envuelta en el repasador a rayitas rojas, cortado para cuatro paquetitos. Uno para cada uno de nosotros. Algunas mujeres empiezan a dudar ¿de dónde tenés tanta seguridad? En el otro bolsillo hay dos pañuelitos de batista, cuya puntillla había sido hecha en hilo fino a crochet, por mí, en labores en el colegio. Está también bordado mi monograma: L.Z.
Dentro de una de las mangas aparece la gruesa pollera a cuadros que me gustaba tanto siempre.
¡Es de mi mamá, es de mi mamá! , grito y todas nos ponemos a llorar.Lo abrazo fuerte, sólo por un ratito, porque me avisan de lejos que viene la SS, la mujer que nos cuidaba siempre, envuelta en su capa negra, con la cachiporra en la mano, gritando: ¡schnell, schnell, rápido! ¡Trabajar!
Lo pongo inmediatamente junto a los otros abrigos semejantes. Me despido de mi mamá, cosa que no pude hacer cuando nos trajeron a Auschwitz y nos tiraron de los vagones separándonos para siempre.
Me alejo rápidamente hacia mi puesto, el montón de zapatos. Y siento mi corazón latir fuerte, ¡más fuerte! ¿Cómo no se me hizo pedazos en aquel momento.?
Lo debo tener de piedra.
Lea Zajac Novera