Introducción
y propósitos.
Un Congreso
Psicoanalítico es un encuentro entre colegas en el que se
exponen ideas y se invita a un fructífero diálogo
y no un Concilio donde se proclaman e imponen verdades absolutas.
Es en este espíritu que he preparado esta presentación.
Mi propósito en este trabajo, es el de hacer una muy breve
reseña histórica sobre la aproximación psicoanalítica
a las catástrofes sociales y a los efectos permanentes de
las mismas en los sobrevivientes y en las generaciones siguientes.
Me centraré especialmente en el Holocausto o Shoá,
por ser ésta la mayor catástrofe social ocurrida,
y la que puede servir también para entender a otras. Expondré
mis ideas respecto a algunas de las consecuencias permanentes del
Holocausto en la sociedad en general y no sólo en los directamente
involucrados y en sus descendientes y formularé algunos interrogantes
con la esperanza de encontrar con ustedes las respuestas.
Río de
Janeiro, la hermosa ciudad que da hospedaje al XLIV Congreso de
la Asociación Psicoanalítica Internacional, hace exactamente
75 años recibió generosamente a mi padre. Él
tenía 22 años y venía de su pequeño
pueblo de Polonia, huyendo de la miseria y del creciente antisemitismo.
Anhelaba poder trabajar y vivir en libertad y lograr traer a su
numerosa familia que había quedado en condiciones difíciles
de sobrellevar. Con mucho esfuerzo logró en parte su propósito,
pero al invadir los nazis Polonia, gran parte de su familia quedó
atrapada. Stoczek, su pueblo natal, está situado a pocos
kilómetros de Treblinka, y en este tristemente célebre
Campo de Muerte, casi todos los judíos de su pueblo fueron
conducidos a las cámaras de gas por los alemanes y sus colaboradores
ucranianos. En Treblinka fueron asesinados 731.600 seres humanos:
judíos, polacos y gitanos (Encyclopedia Judaica, 15, 1371).
Triste privilegio para mi padre el saber que las cenizas de su hermana
Beyle, están mezcladas con las cenizas de Mitzi, Paula y
Rosa, las hermanas de Sigmund Freud, que hasta allí fueron
conducidas desde Therezienstadt.
A pesar de
mi corta edad, estaba al tanto de los avatares de la guerra y sus
nefastas consecuencias. Al finalizar la misma, acompañé
a mis padres en la búsqueda desesperada y sin resultados,
de familiares sobrevivientes. Lo que más me quedó
grabado de aquellos años fueron las frecuentes reuniones
de los residentes del pueblo de mis padres. Cada orador expresaba
su penoso sentir, y la mayor parte del tiempo lo ocupaba un desgarrador
llanto compartido. Cada uno lloraba a sus familiares y amigos, a
su pueblito, y a ese mundo de donde provenían, que se habían
perdido para siempre.
Con el transcurso
del tiempo se fueron atenuando las expresiones de dolor. La creación
del Estado de Israel fue cicatrizando, por lo menos en parte, las
profundas heridas. Las reuniones recordatorias pasaron a ser anuales
y un libro de homenaje quedó como único testimonio
de lo que durante siglos fuera una comunidad judía.
Siendo ya psicoanalista,
me interesé en el estudio de las catástrofes sociales
y las consecuencias de las mismas. A ello me llevó el tener
en tratamiento a sobrevivientes del Holocausto y a hijos de los
mismos. Por otro lado, viví la conmoción que los asesinatos,
desapariciones y torturas habían producido en mi país
durante los años de la dictadura. Ambas situaciones me volvieron
a acercar a las experiencias que viví durante mi infancia
y adolescencia.
Los
psicoanalistas estudiando las catástrofes sociales.
“En
mi juventud – dice Freud - se apoderó de mí
la omnipotente necesidad (overpowering need) de comprender algo
acerca de los enigmas del mundo en que vivimos y de contribuir quizá
con algo a su solución” (Freud, 1927). Dentro
de estos enigmas, ocupa un lugar prominente su interés por
las manifestaciones masivas de la agresividad humana. Sus últimas
obras dedicadas a los problemas sociales, “El malestar en
la cultura” y “Moisés y el Monoteísmo”,
las escribió en gran parte influido por sus temores respecto
del futuro inmediato de la humanidad, ante las amenazas provenientes
de los regímenes totalitarios. Pero también expresa
su opinión crítica respecto al rol que estaban jugando
las naciones y los grupos no directamente involucrados. En el primer
prefacio a la tercera parte de “Moisés y el Monoteísmo”,
escrito en Viena, Freud dice: “Vivimos una época
harto extraña. Comprobamos asombrados que el progreso ha
concluido un pacto con la barbarie” (Freud, S, 1939).
Se refería, con gran preocupación, a la indiferencia
y complicidad con la que el mundo reaccionaba frente al nazismo.
Con la asunción de Hitler al poder, las sociedades psicoanalíticas
en la Europa ocupada dejaron de existir y sus miembros se exiliaron
donde tuvieron suerte de ser recibidos, tratando de continuar con
su tarea habitual. Es llamativo, sin embargo, que no se ocupasen
del fenómeno nazi. Janine Chasseguet-Smirgel (1992) comenta
que buscando un trabajo en el Psychoanalytic Quarterly de 1942,
le llamó poderosamente la atención que “...
nada en esa publicación permitió al lector entender
que se estaba en un momento culminante de la Segunda Guerra Mundial,
que un nuevo Moloch – Auschwitz – estaba devorando cientos
de niños diariamente (sin mencionar los adultos), que toda
Europa estaba viviendo en un estado de terror, etc...”.
Al finalizar
la guerra, las perturbaciones psíquicas sufridas por las
víctimas del nazismo fueron estudiadas por numerosos investigadores,
movidos por el horror despertado por la barbarie nazi y la conmiseración
por los sobrevivientes. Motivos de orden práctico también
se sumaron. Había que ayudarlos a readaptarse al mundo de
posguerra y era necesario evaluar los daños psíquicos
que estos pacientes sufren, a fines de ser indemnizados. Esto obligó
a un estudio exhaustivo de la sintomatología observable y
llevó a una serie de conjeturas sobre la génesis de
la misma. Tanto la comprensión teórica como el abordaje
técnico, fueron apartándose del estrecho marco de
las teorías psicoanalíticas habituales, en la búsqueda
de otras más adecuadas. De los muchos analistas que han hecho
aportaciones importantes, sólo quiero mencionar a W. Niederland,
quien describió las características del “Síndrome
del sobreviviente”.
Por último,
un interés científico se sumó a los anteriores.
Debido a las situaciones extremas a las que se vieron expuestas
las víctimas en los campos de concentración y exterminio,
se pueden observar aspectos del psiquismo sobre los cuales hasta
ese momento sólo se podía conjeturar. Henry Krystal
es uno de los psicoanalistas que más se ha ocupado de los
efectos de la traumatización masiva.
Con el correr
de los años, el interés por estos pacientes no decayó,
ya que con el transcurso del tiempo, las manifestaciones patológicas
no se fueron atenuando. Por otro lado, se fueron observando una
serie de conductas particulares en los hijos de los sobrevivientes
y una especial relación entre las víctimas y sus hijos.
Judith Kestenberg y Milton Jucoby fueron algunos de los que más
impulsaron dicho estudio, y por iniciativa de ellos, en los Congresos
Psicoanalíticos Internacionales este tema sigue ocupando
un lugar importante.
Paulatinamente
el estudio se extendió a la comprensión de la conducta
de los victimarios, tanto de los jerarcas nazis como de sus seguidores,
así como la de los no directamente involucrados.
En 1985, el
Congreso de la IPA se realizó en Hamburgo. Se habían
puesto muchas expectativas en el mismo. Un panel fue dedicado a
"La identificación en relación con el fenómeno
nazi". Mortimer Ostow (1986), en la discusión que hace
de los trabajos presentados, señala que los panelistas han
tratado "... las consecuencias y efectos del apocalipsis
nazi en ausencia aparentemente completa de material clínico
relacionado con su iniciación y motivación, y enfocando
a la psicología de la participación individual en
este problema masivo". Más adelante agrega que
"... comprender, aunque sea brevemente, cómo los grupos
se involucran en ese fenómeno es mucho más útil
que comprender cómo los individuos responden a él
o inclusive lo utilizan". "Psicodinámica de
lo apocalíptico", al cual pertenecen estos fragmentos
citados, es una de las aportaciones más valiosas al estudio
del nazismo. La observación que hace este autor es clara:
al nazismo sólo se lo trató tangencialmente.
Meses después
del Congreso apareció en la Int. Rev. Psycho-Anal. (1986:
13, 175) el trabajo “A form of group denial at the Hamburg
Congress” de Rafael y Rena Moses. Los autores opinan
que no se discutieron las características del Holocausto
nazi, sus causas, los aspectos cualitativos y cuantitativos que
hacen que ese genocidio sea único y diferente de otros genocidios,
de la planificación y el método de ejecución
y el sistemático método de terror que lo acompañó.
Sostienen estos autores que equiparar el Holocausto que cometieron
los nazis con toda otra serie de actos de crueldad, desde torturas
hasta masacres masivas ocurridas en otras épocas y lugares
es una forma de diluir, de distorsionar y evitar de tratar directamente
con el Holocausto alemán. "Pero quisiéramos
también preguntar – continúan - cuál
es la razón por la cual estas dos cuestiones no pudieron
ser planteadas sistemáticamente: ¿cómo pudo
haber ocurrido esto y como podría ser prevenida una recurrencia
(de otro genocidio de tal naturaleza)?". Los autores llaman
a los colegas a plantearse preguntas como “¿Qué
hay en los humanos que pudo originar el Holocausto? y ¿ Qué
se puede hacer para evitar que se repita? Quizá no sea demasiado
tarde para continuar la búsqueda de respuestas".
A raíz
del llamamiento realizado por Rafael y Rena Moses, se convocó
en el Congreso de Montreal, de 1987, el panel "Continuación
de las discusiones sobre las reacciones de los psicoanalistas a
la persecución nazi, y que se puede aprender de ello",
en el cual fui invitado a participar. Quiero en forma resumida,
repetir algo de lo que expuse sobre el nazismo, ya que lo considero
importante para poder entender los efectos duraderos que el mismo
dejó en las nuevas generaciones.
La persecución
nazi.
Existen muchos
ejemplos de agresividad extremas llevadas a cabo contra grandes
grupos humanos, desde los albores de la civilización, hasta
las matanzas más recientes en países africanos y en
los Balcanes
Todos los genocidios nos llenan de horror, poseen elementos en común
y en última instancia todos son consecuencia de la agresividad
humana. Esto nos tienta a calificarlos en forma similar. Pero el
genocidio alemán contra los judíos posee elementos
únicos que lo hace diferente de todo otro genocidio actual
o pasado. Estas diferencias hacen que el Holocausto no sólo
sea un hecho cuantitativamente distinto de otros. La Alemania nazi
dio un salto cualitativo en lo que a persecuciones respecta, y es
este cambio el que es imprescindible reconocer y estudiar.
Enumeraré algunos signos distintivos del genocidio perpetrado
por los alemanes y me centraré sólo en la persecución
contra los judíos, aunque también fueron víctimas
millones de seres pertenecientes a otros pueblos y grupos humanos.
(Kijak, M. 1989)
1) Toda la ideología
racista nazi estaba centrada en la necesidad de aniquilar a los
judíos para salvar a la raza aria. No estaba dirigida sólo
contra los judíos de Alemania sino contra los de toda Europa
y, en última instancia, de todo el mundo.
2) Jamás
un genocidio contó con una organización tan eficiente.
Era una gigantesca planta industrial perfectamente organizada en
la que nada fue dejado a la improvisación. Nada se perdía
de lo que podía ser aprovechado de las víctimas: sus
bienes, su capacidad de trabajo como esclavos (había filiales
de las fábricas I. G. Farben y Krupp junto a las cámaras
de gas) y, después de asesinados, sus ropas y calzado, sus
aparatos ortopédicos y dientes de oro, sus cabellos. Todo
era rigurosamente contabilizado y distribuido. Jamás existió
en la ejecución de un genocidio una conjunción tan
perfecta entre los jefes políticos, militares y espirituales
y sus respectivos subordinados.
3) Todo el proceso
genocida contó con un apoyo legal absoluto. Desde las primeras
leyes antijudías en 1933, las Leyes de Nuremberg en 1935,
hasta cada uno de los pasos dados hasta la “solución
final” a partir de 1942, todo era realizado dentro de las
normas legales establecidas.
4) Jamás
un movimiento genocida contó con una cantidad y calidad de
ideólogos, ni con una ideología como el nazismo. Es
un enorme error considerar a los nazis como “locos”
y al nazismo como una “psicosis colectiva” (en el sentido
habitual de ese término) ni mucho menos describirlo como
un fenómeno de masas en una situación de extrema regresión,
dominados por un líder psicótico. Científicos
alemanes comenzaron, después de la Primera Guerra Mundial,
a brindar al nazismo las herramientas ideológicas que luego
iban a utilizar.
He aquí
un fragmento de una declaración aparecida el 12 de mayo de
1924, después del encarcelamiento de Hitler a raíz
del puch de Munich: “(...) queremos tener personalidades
puras e íntegras (...) como la de Hitler. El y sus amigos
en la lucha nos parecen como un regalo del Dios de una época
ya pasada, cuando las razas todavía eran puras, los hombres
eran más grandes, las mentes menos engañadas”.
Este manifiesto fue firmado por Philipp Lenard y Johanes Stark,
ambos premio Nóbel de física en 1905 y 1919 respectivamente.
Ellos no fueron la excepción. Cientos de renombrados antropólogos,
etnólogos, filósofos, historiadores, juristas, economistas,
geógrafos, demógrafos, teólogos, lingüistas
y médicos se adhirieron espontáneamente al nazismo
y, en forma individual o a través de institutos creados al
efecto, brindaron las “bases científicas” para
la preparación, justificación y ejecución del
genocidio. Sus nombres quedaron registrados. “Sólo
quedan sin conocer los nombres de los ingenieros que construyeron
con tanta eficacia las cámaras de gas; pero los hechos demuestran
que conocían el oficio” (Weinreich, 1947).
Estos mismos
científicos se ocuparon de difundir la doctrina nazi a nivel
mundial. La”ciencia antijudía” que ellos desarrollaron
formó una parte orgánica de toda la ciencia puesta
al servicio del Tercer Reich.
Quiero también citar unas líneas escritas en 1933:
“ (...) el saber significa para nosotros: tener poder sobre
las ideas y estar preparados para los hechos (...) La revolución
nacional-socialista no significa sólo que un partido con
suficiente fuerza tome el poder; esta revolución significa
una revolución total de nuestra existencia alemana (...)
Heil Hitler”. Quien firma esto es el filósofo
Martín Heidegger (citado por Weinreich, 1947).
5) Jamás
se llegó a tal deshumanización de las víctimas.
Ello quedó demostrado por el más cruel de los sadismos
desatados contra los judíos durante las deportaciones, los
confinamientos en los ghettos, por la reducción de las víctimas
en los campos de concentración a un número y objeto,
quitándoles la identidad; por todos los tormentos gratuitos,
el terror, la humillación, la degradación y tortura,
destinados a destruir el espíritu antes de la aniquilación
total (Kuper, 1982).
El exterminio
ideológicamente justificado era un fin en sí. La prioridad
era matarlos, aunque todavía se podría aprovechar
su trabajo como esclavos. La orden era enviar a los campos de exterminio
a los trenes, aun cuando las vías eran necesarias prioritariamente
para fines bélicos. Esa es la razón por la cual el
exterminio de los judíos de Hungría, Italia, Grecia
y Eslovaquia continuó hasta el último momento, a pesar
de que la guerra estaba irremediablemente perdida. “El
genocidio de los judíos fue la más completa realización
de la aniquilación de un pueblo como tal” (Kuper,
1982)
6) Jamás
otro genocidio en la historia se caracterizó por el establecimiento
de estos eficientes centros de exterminio. Basados en esa ideología,
millones de alemanes y sus aliados tomaron activamente en sus propias
manos la masacre de cuantos judíos pudieron, a pesar de que
habrían muerto lo mismo, simplemente exponiéndolos
al hambre y las epidemias.
7) Aunque se
infiere de lo anteriormente expuesto, creo importante recalcar las
diferencias con otros genocidios. Tomaré como referencia
el realizado por los turcos contra los armenios. Ambos tienen muchos
elementos en común. Pero el genocidio alemán fue más
radical, ya que su ideología racista no permitía excepciones,
mientras que los turcos, a través de la conversión
forzada de las víctimas, les daban a éstas cierta
posibilidad de sobrevida. Fue infinitamente más sistemático,
no dejando, como los turcos, lugar en la espontaneidad en los planes
y ejecución de los crímenes. Durante ambos genocidios
se crearon condiciones de privación como para que las víctimas
perecieran espontáneamente. Pero los alemanes prefirieron
tomar la ejecución de los asesinatos en sus propias manos.
Reitero lo ya dicho: en ningún genocidio anterior fueron
asesinados tantos millones de seres humanos, en centros altamente
especializados creados para ese fin.
8) Jamás
se había usado la propaganda en la forma y la eficiencia
como lo hicieron los nazis. Utilizaron el gran bagaje de material
antisemita preexistente y aprovecharon el terreno fértil
que el mismo había dejado en casi todo el mundo, pero modificaron
el contenido para hacerlo más apropiado a sus fines.
El aparato
de propaganda nazi logró ampliamente sus metas en todos los
frentes: a) pudo cohesionar a la enorme mayoría de los alemanes;
b) facilitó la adhesión de países aliados y
satélites; c) vio facilitada la conquista de otros países
y la colaboración de gran numero de sus habitantes, estimulando
el antisemitismo preexistente; d) logró mantener la neutralidad,
generalmente la colaboración pasiva, de muchos países
no involucrados en la guerra; y e) pudo, usando la propaganda antisemita
en forma de quinta columna, infiltrar a los países enemigos,
captando gran cantidad de simpatizantes que colaboraron con ellos.
Como resultado de esta propaganda, los judíos de Europa ocupada
se vieron en una situación de total aislamiento, perseguidos
por los alemanes y sus colaboradores ucranios, polacos, croatas,
lituanos, letones y estonios, sin ayuda de sus vecinos, y ante la
casi total indiferencia del mundo. Sólo traeré dos
ejemplos de los efectos de este aislamiento, que hacían imposible
la ayuda que los judíos del resto del mundo intentaban brindar.
Cuando aun podrían haberse salvado muchos judíos de
Europa, los burócratas de los países libres, amparándose
en leyes inmigratorias severas y haciendo oídos sordos a
los ruegos, los arrojaron al final conocido. Cuando las instituciones
judías, tratando de salvar a los judíos húngaros,
suplicaban a los aliados que bombardeasen las vías férreas
que conducían a los campos de exterminio, la respuesta fue
que no se podían arriesgar aviones y personal en misiones
no prioritarias.
Justo es reconocer la noble actitud de los 20.205 “Justos
entre las naciones”, los gentiles que arriesgando o inmolando
sus vidas tanto hicieron para salvar a sus vecinos judíos.
(Yad Vashem, 2004)
La humanidad
después de Auschwitz.
Cada catástrofe
social marca un antes y un después para el grupo humano que
la padece. La Argentina no es ni será la misma después
de la terrible represión sufrida durante el gobierno militar
(1976/83) y su secuela de 30.000 desaparecidos. Y lo mismo podríamos
decir de todo otro genocidio. Elaborar un duelo semejante es imposible,
tanto para el individuo como para la sociedad (Kijak M. y Pelento,
M. L. 1986). La mente humana está preparada para sobrellevar
pérdidas habituales, pero no catástrofes, y los efectos
de éstas dejan sus huellas en las generaciones siguientes.
Los efectos traumáticos de la persecución nazi dieron
lugar, además de los que aparecen en toda otra catástrofe
social, a otro fenómeno que afecta no sólo a los pueblos
y grupos que fueron víctimas de la misma, sino a toda la
humanidad. El Holocausto puso en descubierto una característica
del ser humano que cambió por completo la visión que
este tiene de sí mismo. Como dicen Kren y Rappoport (1980)
“El Holocausto es el equivalente, en lo moral, de la revolución
coperniciana”. Y es a este efecto traumático al que
quiero referirme.
En los años
1648/9 durante el levantamiento contra los polacos, los cosacos
liderados por Bogdan Chmielnicki masacraron a 100.000 judíos.
A dicha catástrofe, por su magnitud y consecuencias, se la
equiparó a las destrucciones del Primer y Segundo Templo
de Jerusalén. Un cronista de esa época, Nosn Note
Hanover, en su libro “Yeven Mezulah” (Abismo de Desesperación)
escribe en el prólogo, que para no avergonzar al género
humano, no relatará todo lo que ha visto. Para dicho autor,
el narrar las atrocidades de los cosacos mostraría una imagen
del hombre que él prefería no poner en evidencia.
En el año 1946, después de la Hecatombe nazi, el poeta
y dramaturgo H. Leivick, citando las palabras de este cronista,
se pregunta si “... hoy, por el contrario, ¿no sería
necesario relatar todo, todo, todo, - para avergonzar al ser humano
por toda la eternidad; para que deje de una vez por todas de mentir
con las hermosas palabras “mañana”, “futuro?”.
Recuerda este autor que los nazis también pertenecen al género
humano y que por lo tanto fueron hombres los que cometieron esos
horrendos crímenes. (Leivick, H, 1946).
No creo que
se haya relatado todo, suponiendo que ello fuera posible, a la mayor
parte de la gente. Es difícil saber, además, cual
es el grado de conciencia que se tiene de esa realidad, ya que toda
la información respecto a la misma es emitida y recibida
a través de filtros defensivos. Pero lo que sí a todos
llega y todos saben, es suficiente para conmocionar hasta sus cimientos
lo que se entiende por “condición humana”; para
llegar a comprender que en Auschwitz se modificó la imagen
del ser humano, la que hasta ese momento se creía la auténtica.
El Holocausto mostró cruelmente lo que el hombre puede hacer,
más lo que puede presenciar sin inmutarse. La maldad desplegada
por los nazis y sus colaboradores, agravada por la indiferencia
tan grande de los que podrían haber ayudado a las víctimas
y no lo hicieron, terminó derribando la imagen ética
preexistente.
La imagen que el ser humano tenía hasta ese momento de sí
mismo, distaba de ser ideal. La capacidad destructiva del hombre
fue descrita y denunciada desde los albores de la historia y la
Primera Guerra Mundial fue considerada la máxima expresión
de la misma. Existía el temor de que dicha destructividad
llegase a ser mayor aún. En el año 1930, Sigmund Freud
manifestó: “A mi juicio, el destino de la especie humana
será decidido por la circunstancia de si - y a qué
punto -el desarrollo cultural logrará hacer frente a las
perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión
y de autodestrucción. En este sentido la época actual
quizá merezca nuestro particular interés. Nuestros
contemporáneos han llegado a tal punto en el dominio de las
fuerzas elementales, que con su ayuda le sería fácil
exterminarse mutuamente hasta el último hombre. Bien lo saben,
y de ahí buena parte de su presente agitación, de
su infelicidad y su angustia. Sólo nos queda esperar que
la otra de ambas «potencias celestes», el eterno Eros,
despliegue sus fuerzas para vencer en la lucha con su no menos inmortal
adversario. Mas, ¿quién podría augurar el desenlace
final?. (Freud. S, 1930). Strachey nos recuerda que la última
frase la agregó Freud en 1931, frente a la amenaza del nazismo.
(S.E. XXI, 145).
Evidentemente,
no se llegó al exterminio del género humano. Pero
en otro sentido, sucedió lo que Freud intuía: el “eterno
Eros” no llegó a cumplir su cometido. No quiero reiterar
las características del nazismo, pero jamás en la
historia se produjo tal grado de defusión pulsional en la
conducta colectiva.
Habría
que agregar a las palabras de Freud recién citadas, que el
hombre no sólo posee la capacidad física para destruirse,
sino también la habilidad psíquica para realizarlo.
Que puede derribar las barreras de la ambivalencia y desembocar
en una orgía tanática. Y esto último lo comprobó
con el nazismo. (Wangh, 1984).
Se aceptaba
– siguiendo el pensamiento de Blas Pascal – que el ser
humano no es ni ángel ni animal. Aunque perfectible, siempre
están presentes sus atributos éticos. De hecho el
vocablo “humano”es usado como sinónimo de “el
poseedor de cualidades éticas”. Cuando faltan estas
cualidades, se lo califica como inhumano, salvaje, bárbaro
o animal. A los actos de agresividad descontrolada se los consideraba
propios de una regresión a estadios previos a la adquisición
de su condición de civilizado, equiparable a la vuelta a
la condición animal. Probablemente esto sea aplicable a los
actos de barbarie individual o colectiva, cuando la regresión
masiva hace que aparezcan conductas aberrantes. En lo colectivo
es la agresividad desenfrenada de la turba o de la soldadesca; la
de los pogroms o de las orgías de muerte desatadas por las
tropas invasoras sobre las poblaciones civiles o sobre los prisioneros.
En cambio, la destructividad desplegada por el nazismo no es equiparable
a las recién mencionadas. No es animal, sino humana. Es también
de fundamental importancia no confundir ese despliegue, con el que
se observa en algunos cuadros psicopatológicos, ni compararlos
con actos aislados de aberración de la conducta. (Mansell
Pattison. 1984).
Y es el reconocimiento
de este grado de agresividad lo que modifica de raíz la visión
de sí mismo que en la dimensión ética tiene
el hombre. Ése es el ser humano; el que, a partir de Auschwitz,
se descubrió que tiene en sí los componentes capaces
de cometer esos horrendos crímenes. En los campos de exterminio
desapareció para siempre lo que el hombre creía que
era.
Ese ser humano,
en el cual, como espejo y por más que nos horrorice, nos
vemos reflejados, es el que pasó a ocupar el lugar del anterior.
“Para los occidentales, el horror del Holocausto reside en
reconocer que los crímenes fueron cometidos por nuestros
dobles, y que las monstruosidades se cometieron por europeos en
nombre de la Kultur.” (Hanson, J. 1984)
Creo que pocas
palabras pueden ser más claras y elocuentes que las que incluiré
a continuación.
Enterrada en
las cenizas del crematorio en Auschwitz, se encontró una
lata conteniendo las crónicas de Zalmen Gradovski, un judío
polaco obligado a formar parte del Sonderkommando, que se encargaba
de las victimas en las cámaras de gas. Sabiendo cual iba
a ser su fin, se propuso dejar un testimonio de lo que había
visto y vivido. Sus anotaciones se encuentran en el Museo de Medicina
Militar, en San Petersburgo, bajo el número 21.429. Quiero
transcribir algunos fragmentos del comienzo de su escrito. (La traducción
es mía)
“Ven,
amigo mío, levántate y abandona tus cálidos
y seguros palacios, junta coraje y ven conmigo a hacer un paseo
por el continente europeo, donde el demonio tomó posesión,
y te relataré y demostraré con hechos, de qué
manera la raza altamente civilizada aniquiló al débil,
indefenso e inocente pueblo de Israel.”
“Que
no te asuste el trágico camino. No te aterrorices por los
horrores que tendrás que presenciar. Te mostraré las
cosas paulatinamente, y poco a poco tus ojos se nublarán,
se endurecerá tu corazón y tu oído ensordecerá.”
“¿Ya estás listo para la travesía? Solo
una condición más te exigiré: despídete
de tu mujer y de tu hijo, porque después de ver estos cuadros
horribles no has de querer vivir más en un mundo donde se
pueden realizar estos hechos diabólicos. Despídete
de tus amigos y conocidos, porque con certeza, después de
ver los horribles actos sádicos cometidos por el aparentemente
culto pueblo satánico, querrás borrar tu nombre de
la familia humana y te lamentarás del día de tu nacimiento.”
(Mark, B. 1977)
Soy de la opinión,
siguiendo a Laub y Auerhahn, que “La realidad del Holocausto
es un principio organizador inconsciente para las futuras generaciones.
Este hecho histórico configura la representación interna
de la realidad, incluyendo las relaciones interpersonales. Esto
es válido no sólo para los sobrevivientes y sus hijos,
sino para todos. La realidad del Holocausto sensibilizó al
ser humano a la potencialidad de la agresión ajena y propia.
EL Holocausto dejó una impronta psíquica permanente”.
(Laub y Auerhahn, 1984).
Si queremos entender el mecanismo por el cual se produce esa impronta
psíquica permanente, debemos tener en cuenta la magnitud
traumática de la percepción de ese grado de agresividad
del ser humano. Para las generaciones siguientes al Holocausto,
la realidad pasada y las marcas que la misma dejó en sus
padres y en la sociedad en general, por su enorme intensidad traumática,
actúan como un estímulo que sobrepasa la posibilidad
del Yo de enfrentarlo en forma adecuada. La magnitud de lo que se
fantasea respecto a estos hechos que se conocen predominantemente
por la información, es tanta que produce resultados similares
a los que se generan por la acción de los traumas, ya sean
reales o psíquicos. Como resultado, se produce una modificación
del aparato psíquico, una desestructuración parcial,
generándose como resultado una identificación normógena.
La misma es el producto de la internalización de lo traumático
a nivel del Yo o del Superyo, y tiende a emerger del inconsciente
cuando por razones internas o externas ello se ve facilitado. (Aslan,
C. M. 2004).
De diferentes
maneras se expresa el impacto de tal traumatización.
Relataba en
la introducción la manera en que mis padres y los residentes
de su pueblo lloraban por sus seres queridos y por su mundo aniquilado.
También en esa época se elevó otro llanto desgarrador
que se sumó a los anteriores. Este fragmento de un poema
es una expresión del mismo:
“Yo
había tenido un mundo,
un enorme, infinito mundo de sueños;
sueños sin fronteras, sin guardianes ni barreras.
Yo había tenido un mundo –
un enorme, hermoso, floreciente mundo de sueños, -
y se lo quemó,
se lo arrojó al infierno, a los abismos
de oscuridad, lamento y desgracia;
se lo hundió
en lágrimas, se lo ahogó en sangre.
Yo había tenido un mundo de soleados espacios,
luminoso, enorme, -
entonces apagaron al Sol, y sembraron al mundo con semillas
de plomo y munición,
de dolor y de muerte, -
y se lo inundó con ardiente metralla
de acero y de hierro,
con mortíferos gases,
con hogueras calcinantes,
con muerte y con sangre.
Yo había
tenido un mundo radiante, enorme,
Un mundo infinito de sueños.
(La
traducción es mía)
El poeta judeo-argentino
Kehos Kliger escribió en 1946 estos versos pertenecientes
al poema “Kh´vel mir koyfn a gelekhter” (Me compraré
una risa). El poeta llora la pérdida de aquella visión
de la condición humana en la que el sueño de lograr
la perfección ética ocupaba un lugar prominente. Aquella
donde está presente el anhelo profético de transformar
las espadas en arados, sustentada en la certeza de la existencia,
a pesar de todo, de una bondad básica en el ser humano y
la posibilidad de que la agresividad se vaya atenuando hasta desaparecer.
“No alzará pueblo contra pueblo espada y no se enseñará
más a guerrear”(Isaías, 2,4). Esta es una ilusión
que se sostiene sobre esa imagen del hombre que pese a su parte
“animal”, es capaz de perfección. Y la destructividad
desplegada por el nazismo echó por tierra esa imagen, instaurando
una nueva con características siniestras. El nazismo puso
en evidencia, no la “potencialidad” destructiva del
ser humano, sino la que efectivamente desplegó. Ése
ser humano no es un fantasma, sino un ser real en el que pueden
convivir armónicamente dos facetas: la habitual junto con
la que es capaz de cometer las crueldades jamás imaginables.
El eficiente ejecutor de la “Solución final”
que es un padre amoroso para con sus hijos y se conmueve hasta las
lágrimas escuchándolo a Mozart.
El “eterno
Eros” sigue funcionando, como deseaba Freud en “El malestar
en la cultura”, pero de una manera distinta a la imaginada
hasta ese momento. La nueva defusión no llevó, como
temía Freud, a una destrucción total de unos a otros,
sino a una forma de destrucción inédita. Esta se desplegó
en toda su magnitud y conmocionó a la humanidad.
¿Cómo
es la reacción frente a este descubrimiento, a esta evidencia,
y cómo se duela por la imagen perdida?
El llanto desgarrador,
desconsolado, del cual el poema citado es un ejemplo, se sigue expresando
en múltiples formas. Las creaciones artísticas son
uno de los medios más frecuentes en los que se exterioriza
dicho horror. Los monumentos recordatorios, los actos de homenaje,
el estudio sistemático del Holocausto tratando de conocerlo
en toda su magnitud son diferentes formas de tomar conciencia de
lo que el nazismo significa, de intentar hacer el duelo por todo
lo perdido y de bregar para que esa potencialidad destructiva del
ser humano no vuelva a desplegarse. El incremento de la lucha por
los Derechos Humanos, después del fin de la Segunda Guerra
Mundial también es un producto de esto último.
Probablemente
no exista modalidad defensiva que no se haya movilizado para atenuar
o alejar la percepción de lo que ocasionó el nazismo.
Es más fácil atribuir lo inhumano a un grupo, los
nazis, localizable en un tiempo y espacio especial y pensar que
es obra de un líder psicótico que arrastró
a grupos marginales con tendencias sádicas preexistentes,
o tratar de explicarlo acudiendo a teorías conocidas, que
reconocerlo como algo que hicieron seres humanos, y que el Holocausto
es la obra del ser humano. Es lo que expresa H. Leivick en el párrafo
anteriormente citado. Otro tanto puede decirse respecto a las múltiples
opiniones que intentan explicar el Holocausto como provocado o favorecido
por la complicidad masoquista de las víctimas y que modificada
esta última, no hay posibilidades de que esto se repita.
Más allá del error de querer explicar fenómenos
sociales tan complejos equiparándolos al comportamiento de
una pareja sadomasoquista, creo que estas son racionalizaciones
que intentan mitigar el horror frente a la nueva realidad.
Formas burdas
de defensa son la negación total o parcial de los hechos,
a menudo al servicio de fines propagandísticos pro-nazis
y antisemitas.
Lifton (1982)
describe la utilización de un agrupamiento de defensas como
la negación, la supresión y la represión que
este autor caracterizó como “pérdida de sentido”
(numbing). Tal vez la modalidad defensiva que masivamente predomina
sea la que Zac y Grinfeld (1982) denominan “superficialización”,
resultado de una conjunción de diversos mecanismos. Estas
modalidades defensivas explican el modo en que es posible recibir
un grado tan grande de información (la enorme cantidad de
películas y de escritos donde se muestran los horrores de
la persecución nazi son un ejemplo de ello) y al mismo tiempo,
en forma manifiesta, continuar casi sin inmutarnos con lo cotidiano.
Demás está decir que los psicoanalistas no estamos
exentos de caer en estas distorsiones que nos llevan a perder nuestra
objetividad, tanto en nuestra labor terapéutica como en el
estudio teórico, ya que estamos involucrados y somos víctimas
de este extremado incremento del “malestar en la cultura”.
(Kijak y Pelento, 1983)
¿En qué
manera retorna de lo reprimido el horror que causa el conocer a
ese ser humano nuevo, dotado de tales características destructivas,
y la imposibilidad de hacer un duelo por la imagen previa perdida?
Caemos inevitablemente en el terreno de las conjeturas si queremos
responder a estos interrogantes.
Un ejemplo muy frecuente es el uso indiscriminado de términos
como “nazi”, “Holocausto”, “Auschwitz”,
“Gestapo”, etc. aplicándolo indiscriminadamente
a personas y a circunstancias triviales. Un padre que castiga a
su hijo es calificado de nazi y a una policía que reprime
una manifestación se la iguala a la Gestapo. Es cierto que
el uso de generalizaciones es habitual, pero en estos casos, no
creo que se los use sólo como metáforas o comparaciones.
Pienso que las mismas también están relacionadas con
la necesidad inconsciente de expresar algo siniestro instalado en
el imaginario colectivo, pero que al mismo tiempo están al
servicio de su distorsión. Y ello conlleva un riesgo: si
un padre o la policía son calificados de esa manera, automáticamente
el nazismo pasa a ser sólo un régimen autoritario
y represor, desconociendo lo esencial del mismo y la impronta imborrable
que dejó.
En qué
medida la realidad del Holocausto se preste sólo a su uso
metafórico o también ayude a darle forma e intensifique
los conflictos psíquicos en las generaciones no directamente
involucradas, es un tema que merece ser estudiado con detenimiento,
y que por el límite del tiempo del cual dispongo, dejo para
otra oportunidad.
¿La repetición permanente de genocidios y la ambivalente
- generalmente indiferente - forma de reaccionar de individuos,
grupos y gobiernos frente a ellos, está relacionado con este
duelo no elaborado? ¿El profundo malestar generado por el
terrorismo organizado desplegado por los movimientos fundamentalistas,
está también incrementado por la certeza, que el nazismo
puso en evidencia, que la destructividad humana puede ser ilimitada?
No son preguntas fáciles de responder. Pero lo que sí
me parece inevitable es que la nueva imagen de lo que es el ser
humano que el nazismo puso en evidencia se instaló definitivamente
y agravó el preexistente malestar en la cultura. Y para nosotros,
los psicoanalistas, es imprescindible saber que no se puede estudiar
ahora en forma integral al ser humano, sin tener en cuenta al Holocausto
y lo que este puso en descubierto.
Dejo para el
final una pregunta difícil de responder: ¿Cómo
se verá el ser humano en un futuro? ¿Tendrá
recursos para balancear sanamente esta visión de sí
mismo, alterada a partir del Holocausto?
La predicción no ha sido el fuerte del psicoanálisis.
Suponer que se puede llegar a una situación ideal en la cual
Tánatos quede totalmente supeditado y al servicio de Eros
es caer en una fantasía mesiánica. ¿Pero es
posible volver a una situación en la que predomine en la
relación entre los seres humanos, por lo menos una ambivalencia
tolerable? ¿Habrá caminos para poder lograrlo?
¿Podemos
tener fe en la fuerza del “eterno Eros?”
Elie Wiesel,
sobreviviente de Buchenwald, relata diez años después
de su liberación su terrible experiencia en su libro “...
un di velt hot geshvign” (“... y el mundo callaba”).
Como cierre de mi presentación, quiero transcribir dos pasajes
del mismo. Comienza su crónica con estas palabras:
“En el principio estaba la creencia, la tonta creencia; y
la confianza, la vana confianza; y la ilusión, la peligrosa
ilusión. Creíamos en Dios, teníamos confianza
en el hombre y vivíamos con la ilusión de que en cada
uno de nosotros existe una chispa del resplandor divino, de que
cada uno de nosotros posee en sí, en sus ojos y en su alma,
la imagen divina. Esa fue la fuente - si no la causa – de
todas nuestras desgracias.”
Después del largo y pormenorizado relato de su horrible experiencia
en Buchenwald, finaliza su libro en el momento de la liberación.
Estaba gravemente enfermo y en el hospital donde fue internado lo
consideraban desahuciado. En un momento y con sus últimas
fuerzas se incorporó y quiso ver su imagen en un espejo.
“Vi mi propia imagen después de mi muerte. En ese instante
se despertó en mí el deseo de vivir. Levanté
– sin saber porqué – mi desfalleciente puño
y rompí el espejo. Destruí la figura que en él
se reflejaba”.
Paulatinamente comenzó a mejorar y durante su convalecencia
se propuso escribir sus crónicas. En el momento de su publicación
estaba terriblemente decepcionado por el derrumbe moral de la Humanidad,
posterior al Holocausto.
Termina su
libro afirmando de que por más que denuncie lo sucedido...
“No soy tan ingenuo como para creer que este libro modificará
el curso de la historia y que sacudirá la conciencia de la
Humanidad... Los que callaban ayer seguirán callando mañana.
Me pregunto con frecuencia, ahora, diez años después
de Buchenwald: ¿Valió la pena romper el espejo? ¿Valió
la pena?”
Si nos guiamos
por todo lo que este luchador por los Derechos Humanos ha realizado
hasta este momento y que le ha valido el Premio Nóbel por
la Paz, pensamos que a pesar de su gran decepción, su respuesta
fue afirmativa.
Tal vez, como psicoanalistas y desde nuestro modesto lugar de trabajo,
también tengamos que seguir ese ejemplo y tratar de ayudar
a recuperar en lo posible, una mejor imagen del ser humano.
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