TEXTOS


 

 

"En cada uno de nosotros habita el deseo de transmitir a nuestros descendientes historias, costumbres, convicciones.

Refugiarse en tradiciones o en prácticas ancestrales comporta, sin embargo, el riesgo de mantenerse al margen de los cambios sociales y culturales cultivando la nostalgia por el pasado.

No obstante, el rechazo o el silencio sobre la historia o
la geografía que habitaron quienes nos precedieron, puede tener como efecto la producción de generaciones a la deriva, sin continuidad histórica, carentes de referencias"

Jacques Hassoun. "Los contrabandistas de la memoria"

 

 

 

 

 



AL VOLVER DE POLONIA, TODAVÍA VOLVIENDO
Semana del 30 de junio de 2005
Por María (Marisha) Blum.

    En mi intento por ordenar y entender todo lo que me pasó a partir de mi reciente viaje a Polonia -del 20/6 al 27/6- traté de volcar, todavía "en caliente", todas las distintas sensaciones y sentimientos que tuve. Seguramente se mostrarán alborotados, ambivalentes y contradictorios, pero esto fue lo que sentí. Como quiero transmitirlos tal cual, y preservar la frescura de las emociones, no sé si me interesa ordenarlos, más allá de lo que el tiempo,  aliado fundamental, me lo permita.

    Fue un viaje ancestral. Una oportunidad única que vivimos mis hijos, Carla y Hernán Rein, y yo junto a Móishele Rosenberg, primo hermano de mamá, sobreviviente de la Shoá, que viajó especialmente desde Israel para guiarnos y recorrer junto a nosotros Proszowice, unshtetl muy cercano a Cracovia, en el cual habían vivido papá, mamá y él mismo. Por tanto fue un hermoso regalo que nos brindó, en el que sentí, entre otras cosas, que recobré gran parte del espíritu familiar que mi madre me transmitió y que tanto lamentó haber perdido.

    Caminamos tres generaciones sobre un suelo en el que habían vivido los Blum y los Rosenberg -apellidos, respectivamente, de papá y mamá-. ¿Mir zainen dó? , se parece pero no tuve esa sensación, no de triunfo; solo viví, caminé, miré y hasta comí, tal vez perpleja por instantes pero no con tristeza. Nos recibieron, en sus casas 2 amigos polacos y sus familias, que habían sido compañeros de la escuela de Móishele y que lo escondieron  durante la guerra hasta que finalmente fue a los campos. Solo una mujer de alrededor de 80 años, que vivía en el edificio en el que alguna vez funcionó el jeider  me produjo, por segundos, un inquietante déjà vu. Luego de tocarle el timbre, abrirnos la puerta y hacerle una pregunta, se le transformó la cara e inmediatamente contestó, como fue previsible en el mismo instante, "yo no sé nada”.

     Móishele contaba a mis hijos mientras caminábamos, historias de la familia, del zeide -a su vez legendario tatarabuelo de mis hijos-  Abraham Itzrik, de como era la vida, mis hijos preguntaban. Las fotos son una constancia de cómo entregaba el legado. Pasamos  y entramos a la escuela adonde concurrió mi mamá -e lzeide, el patriarca, había decidido la mejor educación para sus nietos-,  por el jeider  al cual asistió mi papá seguramente, la casa de la  familia de mi papá,  el lugar en donde habían estado las casas de la familia de mi mamá, ahora lleno de monoblocks. Visitamos el viejo cementerio judío, Carla juntaba las flores silvestres que iba encontrando;   fuimos al arroyo en donde mi papá, recuerdo que contaba, se iba a bañar con sus amigos. Curiosa y jocosamente, ahora me emociona recordarlo, volvimos con Hernán portando un viejo reloj de pared que Móishele compró para colgarlo en su casa, asegurando que eso había sido de una familia judía o tal vez de la nuestra, los Rosenberg. El reloj, el tiempo pasado, perdido, pero también rescatado y entregado a mis hijos, llevado por Hernán en sus manos.

    Otro día, yendo camino a las minas de sal de Wieliczka me topé, literalmente porque no sabía, con Plaszow, uno de los  campos de concentración en el que estuvo mi papá y Móishele también. Desde el taxi me ofrece bajar al mismo tiempo que veo en sus ojos como me cuida. Yo le pregunto si él quiere y temo por él y por mi misma, finalmente decidimos que no. En  medio de todo le pregunto si para él no es muy fuerte, a lo cual me contesta reflexivo: "si yo estoy acá con tus hijos y vos....".No me dijo Mir zainen dó  pero fue como si lo hubiera hecho.

    A Cracovia la encontré hermosa con un clima fantástico y una atmósfera soñada, en su amplia significación. Estuvimos en un hotel en Kazimierz, en pleno viejo barrio judío; sentí que estábamos instalados en el mejor lugar y el más apropiado para lo que nosotros fuimos a buscar. Se respira una larga historia que hoy dispone de las ventajas de un mundo moderno, con sinagogas que dan cuenta de otro mundo. Lleno de cafecitos y lugares para gozar, ricas comidas con sabores conocidos, claros y envolventes anocheceres de verano,  ver gente pasar. Tiene una Universidad importante en la que estudió Copérnico y está el castillo de Wawel. Una conjunción casi ideal. Me enamoré de Cracovia.

    A Varsovia fui para festejar y acompañar a mis queridos amigos Liliana y Osvaldo en la boda de su hijo, mi sobrino Matías Glusman. Recién allí me sorprendí a mi misma  cuando de pronto, al encontrarme con Lita -como yo, hija de sobrevivientes, quien también participaba del casamiento-, casi me pongo a llorar con toda la emoción  y conmoción contenida.  Pero al ver a mis hijos y a todos los demás jóvenes que iban a la despedida que se suele hacer el día previo a un casamiento, me contuve. Todavía no pude llorar ese llanto...

    Ya en la fiesta, en una hermosa mesa, con velas y música de fondo en la cual predominaba el saxo, en un ambiente rodeado de bellos parques, escuchamos un emocionado y emocionante discurso en polaco de Osvaldo -el padre del novio-, presenciamos un tango maravillosamente bailado por Matías y Justina -ya su esposa-, bailamos los clásicosshers con toda la fuerza y alegría.. Nos mirábamos, por momentos, tratando de tomar conciencia de la realidad casi increíble que nos tocaba vivir; estábamos contentos y plenos de sentir que todo estaba saliendo como habíamos deseado. Antes y durante el casamiento se produjo un  lindo y sentido encuentro, aunque fugaz,  con Martín y Rebecca, el hijo de mi marido, que vive en Berlín, y su mujer.  En el medio, intercalando y calando hondo, compartimos fuertes vivencias que estaban a flor de piel.   

    Hay un contraste grande entre lo que sentí allí, la serenidad que tuve, la alegría y/o el alivio de no derrumbarme y poder disfrutar de lo cotidiano y los sentimientos que tengo a partir de mi llegada aquí.

    A Polonia fui dispuesta a pasarlo lo mejor posible, como suelo hacerlo cuando encaro algo y a recibir todo lo bueno que podía, a no resistirme. En Proszowice, vuelvo a decir, disfruté y llamativamente anduve por sus calles y hasta comí una riquísima sopa en una Kawiarnia.  Solo por algunos breves momentos casi al borde del llanto, pero no fue triste ni conmocionante, que era mi fantasma temido, sino que sobre todo fue cotidiano, no se me ocurre otro término, compartiendo todo el tiempo y en muchos momentos estrecha y cálidamente abrazados en familia.

    Allí sentía que recibía un montón de estímulos,  mucho más allá de lo que podía procesar, pero esto no me intranquilizaba, sabía que ya llegaría el momento de hacerlo.  Varias veces les dije a mis hijos: “menos mal que están aquí, ¿si no, cómo les cuento?, ¿cómo les transmito todo esto?”. Día a día, momento a momento, íbamos conectándonos  con todo lo que queríamos y más también. Todos sentimos la íntima  y profunda satisfacción  de haber cumplido con nuestro cometido y que se nos dieron las condiciones ideales para lograr esto.

    Los primeros días que tuve al llegar a la Argentina fueron  muy fuertes -y el legar, lapsus que recién tuve al escribir "llegar", también-. Recordé con toda la furia las posibles sensaciones que habrían tenido los sobrevivientes, luego de la guerra, al arribar al lugar adonde emigraron; lo empecé a entender con el cuerpo. Había que romper con el pasado. No se puede volver demasiado atrás la mirada, sino como la mujer de Lot uno puede quedar petrificado o pegado al pasado, paralizado sin poder actuar en el presente. Hay que llenarse de presente y no darse tiempo para la melancolía. No se puede caminar muy al borde del pasado, uno corre el riesgo de caerse, de quedar atrapado. Hice un esfuerzo muy grande para sacudirme los recuerdos que me invadían; ¿qué recuerdos, los recientes, los pasados?.

    Es raro -esta es la palabra que más se acerca, igual no encuentro palabras, apenas me arrimo- sólo si uno lo piensa, caminar por las calles, de aquello que fue tabú, con cotidianeidad -esta última frase fue inspirada en un comentario hecho por Carla  cuando dijo "por fin el pasado se torna cotidiano y deja de ser tabú"-  e  impresiona que cuando uno vuelve a lo cotidiano de aquí, aquello -Polonia-  empieza a volverse tabú.

    Lo perdido está irremediablemente perdido. Fui a buscar la vida que hubo allí y no sé si la encontré. Por otro lado un hallazgo: descubrimos el lugar exacto en donde fue sacada una foto en la que está mi papá con su primera mujer en l935, como dice en el dorso. Elegantemente vestidos, ante las puertas de la Iglesia de Santa María o Mariacki, uno alcanza a vislumbrar, con excepcional certeza, como vivían  en ese momento. Nos sacamos una en el mismo lugar.

    En Polonia no me sentí polaca, aún con pasaporte polaco mis hijos y yo. Mil años, dice la historia, los judíos la habitaron; alguna vez mi papá calculó que por lo menos ocho generaciones lo precedieron. Es raro, insisto, nos “prestaron” el lugar, pero no pertenecimos a él. Los polacos no me resultaron ajenos, tampoco tan cercanos, al mismo tiempo que casi nada me resultó ajeno. Registré por instantes sensaciones confusionales, sobre todo temporales, a las que hay que enfrentar con mucha fuerza y recursos internos. ¿Cuánto hacía  que estaba en Polonia?, ¿tres días, tres meses, treinta años?

     Ni en Polonia ni en Proszowice en particular  noté la guerra, sino la vida que fluía,  salvo ráfagas y sobre todo recuerdos que no pude tener cuando estaba allí, porque me invadió lo que veía. Fue todo muy distinto a la sensación que tuve cuando llegué por primera vez a Berlín, inmediatamente, luego de la caída del muro, en donde parecía que la guerra había terminado ayer: edificios negros y baleados, con inmensos terrenos vacíos a los  costados. Se veía claramente en donde habían caído las bombas. La guerra estaba presente o había terminado ayer.

    Todo esto me hizo pensar que si cambia la escenografía, por más que uno esté en el escenario del drama ocurrido, no lo vive como tal. Uno se olvida y simplemente vive con toda naturalidad......o casi y esto es lo raro. Lo inesperado es que uno está ahí, en ese escenario tantas veces temido y fantaseado y no se sorprende ni cae desmayado. Uno sonríe, disfruta de una sopa, vive la cotidianeidad y es tal vez esto mismo lo que desconcierta. Es algo así como cuando uno dice "si me pasa tal cosa me muero" y al final uno no se muere.  Incluso, si uno se lo permite, puede tener una muy buena vida, aún desde un lugar de mayor sabiduría. Polonia es hoy como entrar al edificio reconstruido de la AMIA; uno  no recuerda constantemente lo que pasó estando en él, sencillamente vive y participa de las actividades a las que uno va.

     Hay algo del orden de la decepción y que produce un dolor casi punzante. Creo que lo que uno recuerda o imaginó no se corresponde con lo que luego sucede en el escenario, ¿ése es el escenario?, de lo soñado, imaginado o lo que uno sabe de la escena del drama. Se pierde la escenografía -edificios derrumbados- y se pierden los climas y esas realidades. Hay también algo de culpa, en algún sentido, de haber tenido la jutspe  de disociarme u olvidarme en el momento o de mirar de frente lo que sabía que había existido. Recuerdo un artículo  de Jack Fuchs -sobreviviente de la Shoá-  en donde cuenta su experiencia de cuando fue a Auschwitz y se sintió casi turista. Por un lado está el  inmenso alivio de confirmar que el horror de los campos de concentración son pasado, pero por otro es la elocuencia y casi desesperada certeza de que lo perdido ya no va a poder ser transmitido o transferido. Sólo quedan los recuerdos que cada uno contará según su propia versión novelada.

     Sigo, y este importante viaje es parte, en este camino constituyente y reparador de  ir completando piezas, encontrando otras y a su vez reordenándolas a todas, en este rompecabezas interno, que tiene/tuvo la trama rota pero no desaparecida. ¡¡¡Mir zainen dó!!!.

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"...Vine en busca de sombras imposibles,
viejos latidos de madre y de tiempo
El aire es una piedra suspendida
Nada se dijo todavía
Millones de páginas
para callar este silencio"

Eliahu Toker, “Padretierra”.
Últimos versos de un poema que escribió tras su estadía en Varsovia y que forman parte de un e-mail que me envió en respuesta a este relato

 


 

Wednesday 15-Feb-2006 10:00 PM
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