De lo multicolor a lo negro, de lo multicultural a la limpieza étnica. De la vida a la muerte.
Del Mundial a Buchenwald. De Buchenwald al Mundial.
Se juega el partido. ¿Qué partido? Estoy partido.
De la fiesta al dolor. Del dolor a la fiesta. ¿Cómo se hace? Que alguien me explique.
Vengo a mostrar mi argentinidad en la tierra de mis antepasados, en mi antigua tierra.
Sí, porque soy fruto de mis raíces.
Hoy estaría viviendo aquí, sino hubiera existido la Shoa...
Mis brazos hoy estarían flameando la negro-rojo-amarilla...
Hoy no tendría que estar viajando 4 horas en tren ida y vuelta en el día, volvería a mi casa, allí.
Justo acá vengo a mostrar que nos echaron.
Me pregunto que hago con la celeste y blanca sobre mi pecho.
No puedo evitar preguntarme si esos son mis colores.
Que terribles vericuetos del alma que me hacen sentir cómodo en Alemania y no en Paris,
Ámsterdam o Bruselas.
Por la mañana en la casa de Anna Frank, al mediodía en tren, lleno de holandeses. Nosotros muy pocos.
Mi imaginación me lleva a pensar adonde nos transporta ese tren, pero la realidad me sitúa los pies sobre la tierra.
Me indica que no...Q nos lleva al partido Holanda-Argentina.
De la fiesta al dolor. Del dolor a la fiesta. ¿Cómo se hace? Que alguien me explique.
Termina el partido, de vuelta al tren, a viajar vaya saber cuantas horas,
quien sabe hacia donde nos llevarán esos rieles.
Obvio, prima la organización, lo que "corresponde". El tren no sale. Somos muchos, demasiados.
Los policías alemanes ordenan "alle nach hinten"( todos hacia atrás).
Son la 1 de la mañana. NO, no tienen la svástica en su manga pero mi mente me tortura.
Querría decirles que soy uno de ellos o era, no se. ¿Quién soy?
Me suelto con el idioma, me preguntan en que ciudad nací. ¿Dónde nací?
¿Me preguntan por el nacimiento físico o el emocional?, ¿El cual es transmitido de generación en generación?
¿Qué les respondo? ¿Cuál es la verdad? ¿Hay una verdad?
Siento que mi hijo me habla: vamos Papá!
¿A donde? le pregunto.
Al campo de concentración....
Me quedo tranquilo, convencido de estar en un sueño provocado por las reminiscencias de los días anteriores.
Vamos Papá!!
No era un sueño, llegó el día. No, me dije.
Quedáte afuera, yo entro solo, me dijo el valiente.
Fue la primera vez que entré a un campo, por imposibilidad emocional. No pude antes.
Pero mi hijo de 13 años me impulsó.
Era desgarrador verlo deambular solo, a 200 metros recorriendo punto a punto.
Donde los pájaros ya no cantan, donde el sol no brilla aunque esté.
Claro, 13 años.
Quizás haya cargado sobre sus espaldas lo que yo no pude antes. Claro, 13 años.
Quizás haya asumido la responsabilidad que le confirió su bar mitzwa de la semana anterior.
Quizás haya querido rendir su homenaje a los niños asesinados.
Espero estar rindiendo el mío... transmitiendo.
Por la mañana visitamos, en Berlín, el monumento en homenaje a los judíos asesinados.
Por la tarde al partido Alemania-Argentina. El fútbol trasladado a la contienda nacional.
A defender el honor. A todo o nada, la vida o la muerte.
Del dolor a la fiesta, de la fiesta al dolor. De lo negro a lo multicolor, de la muerte a la vida.
Llevaba la celeste y blanca en el pecho. ¿Los llevaba? ¿Eran mis colores?
Por la calle nos miraban, manifestaban sus sentimientos, escupían sus agresiones.
Pensaban que no entendía, pero sí. Hablaba el mismo idioma. ¿Pero es que no saben de donde provengo?
¿Habrán mis antepasados sentido el desprecio callejero de esta manera?
El imponente estadio olímpico de Berlín emerge de las profundidades.
Me pregunto si debo pisar donde el innombrable vomitó en el '36.
¿Porqué no? ¿Cuántas veces habrán estado allí mis antepasados antes que "ese"?
Busco la puerta asignada. "Arbeit macht frei", leo.
Me colocan, sonrientes, un colorido prendedor de bienvenida, lo miro, pero veo algo distinto.
La estrella amarilla con el "Jude" en el centro. Mi mente me tortura.
Impacta, irrita verlo tenido de negro, rojo y amarillo.
No me conmueven las declaraciones bilingües contra el racismo. No las creo. No puedo.
Retumban punzantes los gritos de arenga, los veo con los brazos extendidos.
Recuerdo el relato de mi padre, que teniendo 8 años, en esta misma ciudad, se escondía bajo la cama al oír
a los s.s (en minúscula por decisión ideológica y no por ignorancia ortográfica):
"Hasta que nuestros cuchillos se tiñan con la sangre de los judíos".
El final está determinado, el número puesto. La sentencia dictaminada.
Ya no quedan esperanzas, solo queda el regodeo morboso del verdugo.
"Chau, Chau hasta nunca", nos cantaban.
"Se terminó, están muertos", nos enrostraban.
Los jugadores vienen a saludarnos, con la frente alta., con dignidad.
Vienen a decirnos: faltan cuatro años, vendrán más generaciones de sobrevivientes.
Sí, a pesar de todo, habrá más que nos recuerden. Con la esperanza intacta del nunca más.
Por favor, que alguien me explique. Aunque dudo que alguna vez pueda comprender.