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Portada del libro

 

 


EL SILENCIO DE LOS APARECIDOS
de Diana Wang
Edición aumentada y modificada. Editorial Generaciones de la Shoá

Índice:

·        Prólogo a la presente edición

·         Al lector

·         Los sonidos del silencio. Raquel Hodara (prólogo a la primera edición)

·         Capitulo 1: Sobrevivientes

o   Razones del Silencio

o   Los sobrevivientes y su hablar sobre la Shoá. Distinciones y reflexiones.

o   Una opinión poco ortodoxa. Raquel Hodara

o   Silencio y Palabras

·         Capítulo 2: Hijos de Sobrevivientes

o   La Siguiente Generación.

o   Ser hijos de sobrevivientes

o   La segunda generación de sobrevivientes. Su lugar en el escenario del genocidio.

o   Herederos de un legado

o   Rectificación de identidad.

·         Capítulo 3: Reflexiones

o   Pesimistas, optimistas y realistas.

o   El héroe deconstruido

o   La Shoá: versiones oficiales y aspectos a revisar

o   Hagadá de la Shoá (en colaboración con Charles Papiernik)

o   Lecciones de la Shoá

o   El Mal y su legitimación social

·         Bibliografía

·         Apéndice: Violación Excrementicia. Terrence Des Pres

 

"Los sonidos del silencio" – Raquel Hodara. Prólogo de la primera edición.

Por lo general, para dormir, anhelamos el silencio. Pero hay silencios que no permiten dormir, silencios que no son sino gritos de terror que –sofocados por el dolor y la vergüenza- pujan por hacerse oír. De aquéllos que han sido repentinamente asaltados por este descubrimiento, hay quienes optan por taparse rápidamente los oídos; no podemos culparlos: pretenden tan solo salvaguardar su cordura. Otros se dejan invadir por los sonidos, pero siguen sin captar las palabras que ellos configuran. Pocos, muy pocos, se atreven a tratar de descifrarlas, a hacerse partícipes no solo del dolor sino también del conocimiento y con él, del terror que inevitablemente marcha de su mano.

Diana Wang es una de esas pocas. Creo que lo que en verdad la caracteriza es precisamente eso: su atrevimiento. Después de atreverse a abrir bien los oídos para enterarse de lo acontecido con su propia familia, osó abrir los ojos a la realidad de la Shoá; comenzó a leer vorazmente todo lo relacionado con el tema, intentando penetrar a través de la crónica, de los datos históricos generales, para introducirse en el "yo" de cada una de las víctimas-sobrevivientes (como ella las llama) tratando de rescatar su identidad, su humanidad. Así, por ejemplo, se obliga a verlas como eran a la edad en la que su mundo cambió repentinamente y para siempre: jóvenes, sanos, con planes y sueños como los de todos los jóvenes que transitan junto a nosotros. Del mismo modo, con una estremecedora lucidez, observa cómo se hace todo lo posible por despojar a las víctimas de su dignidad, tratando de privarlas del más mínimo grado de libre albedrío; Diana hasta se atreve a formular la más terrible de las preguntase: qué habría hecho ella de haber estado allí….

Mas tampoco ahí se agota su atrevimiento: el haber abierto los oídos y los ojos la lleva a abrir la boca para enfrentarnos a nosotros con estas otras verdades: la de niños que crecen sin tíos, primos ni abuelos, sin fotos de familia, sin historial médico; la de padres que ocultan su pasado porque creen que, revelándolo no podrán servir de modelo a sus hijos; la de hijos que se preguntan qué actos vergonzosos habrán cometido sus padres para salvarse; la de otros que quisieran imaginar que sus padres emprendieron actos heroicos y se decepcionan al enterarse de que, por lo general, su salvación se debió a la suerte; la de hijos que, como muchos jóvenes, creen en la bondad del hombre y la de padres que, auténticos conocedores de las zonas más sórdidas del ser humano, temen destruir la inocencia de esos hijos.

¿Cómo nació, de dónde vino, ese silencio que acompañó y aún acompaña a tantos hijos de sobrevivientes? Bien lo dice Diana: los secretos habitan en todos los hogares, conviven con todas las familias; pero en los hogares de los "aparecidos", no son momentos esporádicos los que se ocultan, sino largos años que llegaron a convertirse, para los que los vivieron, en el prisma a través del cual se ve la realidad. Por otro lado, aquí las raíces del sigilo no están en lo que uno hizo sino en lo que otros le hicieron. ¿Por qué callar entonces?

Los motivos son variados: en primer lugar, la imposibilidad de entender –y aún de creer- lo acontecido; entre otras cosas, no podían –y muchos aún no pueden- comprender que se les haya perseguido no por algo que hubieran hecho sino por el simple hecho de ser los que son, como si encerraran algún peligroso misterio del cual ellos mismos no son conscientes. Solemos verlos en clases y conferencias sobre la Shoá o en los archivos de Yad Vashem buscando documentos que confirmen sus recuerdos y anhelando ávidamente encontrar una respuesta satisfactoria a los interrogantes que tanto los perturban.

Según Aarón Appelfeld (uno de los mejores escritores entre los sobrevivientes), muchos de los que durante la Shoá se repetían una y otra vez que, de quedar con vida contarían en detalle todo lo que habían padecido, confiesan que llegado el momento prefirieron olvidar, incapacitados para creer que lo que habían vivido podía ser cierto. Si durante la guerra los mantuvo el deseo de relatar, después de ella parecería como si solo el intento de olvidar les permitiera seguir con vida. De no haber sido por aquéllos que no pudieron reprimir sus experiencias, las propias víctimas habrían desmentido los horrores. No es de extrañar: el mundo se había convertido ante sus ojos en un violento capricho… Otros no se consideraron aptos para servir de boca a tanta muerte. Muchos sentían, simplemente, que el lenguaje conocido distorsionaba sus experiencias en tal medida, que era mejor callar.

No fueron pocos, sin embargo, los que a pesar de todo quisieron hablar, desesperadamente: no hubo quien los oyera, quien les creyera. Después de la muerte de Primo Levi, un periodista del Corriere della Sera escribió lo siguiente: "Sus obras nos confrontarán incluso en el momento del Juicio Final", pero el primer libro sobre Auschwitz fue rechazado por la prestigiosa editorial Einaudi; el veredicto fue dado por una importante escritora judía. Al parecer, tampoco ella pudo aproximarse entonces al universo de la Shoá. Según Appelfeld, incluso cuando la gente manifestaba interés, las preguntas no ayudaban. "Eran preguntas de este mundo que no pertenecían en absoluto al mundo del cual veníamos; como si pidieras información sobre el abismo primordial o, guardando las distancias, sobre la eternidad".

Es importante subrayar que no solo a los sobrevivientes les era casi imposible comunicar sus vivencias; también los historiadores y los artistas, cada uno en su campo, luchan por encontrar los recursos adecuados para transmitir lo sucedido. Jean-Francois Lyotard compara los efectos de la Shoá con el de un terremoto de tal magnitud que hubiera destruido no solo vidas y edificios sino también todos los sismógrafos capaces de registrarlo.

¿Qué lenguaje usaremos para describir la planificación, el cálculo de materiales y la construcción de instalaciones destinadas expresamente al asesinato eficiente –"por los medios más humanos posibles" en palabras de Himmler- de millones de personas? ¿Será correcto emplear los mismos términos que se manejan para definir cualquier otra empresa ingenieril? ¿Cómo evitar el pecado que significaría hablar de todo esto fría y objetivamente sin caer, por otra parte en la fácil trampa de un sentimentalismo que abarate y trivialice la realidad? ¿Cómo explicar que un siglo y medio después del triunfo aparentemente definitivo de los ideales de igualdad y fraternidad, en el seno de la Europa cristiana pudiera decir el Presidente de la Corte Judicial del Partido Nazi, Walter Buch, que los judíos no son seres humanos sino síntomas de podredumbre? ¿Cuál será el método analítico que nos permita entender, por fin, cómo tantos millones de personas fueron movidas a cometer crímenes horrendos en aras de frases como ésa que propugnaban una ideología a todas luces falsa? ¿De qué vocabulario nos serviremos para describir el trato sufrido por las víctimas en guetos y campos? ¿Cómo explicar que el heroísmo en esos lugares no pueda ser medido de acuerdo a conceptos empleados normalmente?

Como dijera un testigo sobreviviente de Treblinka, durante el juicio a Iván Demianiuk: "El que estuvo allá nunca podrá salir de allá y el que no estuvo, nunca logrará entrar"…

Ese "no poder salir de allá" es lo que Diana denomina "la piedra en el zapato" con la que caminan las víctimas que quedaron con vida. Nadie podrá disolverla haciendo que olviden lo vivido; pero el valor y la empatía de aquéllos que se esfuerzan sinceramente por entender, seguramente hacen que les sea más fácil soportarla. Agosto 1998

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Martes 16-Sep-2008 8:33 AM
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