¿COMO SE SALE DE ACÁ?
Estábamos sentados alrededor de la mesa cuando se abre la puerta y Sammy, que instantes antes se había despedido, nos dispara, entre apurado y divertido: "¿cómo se sale de acá?". Fue quizás una breve fracción de segundo, tal vez algo menos que eso, incluso casi nada, un grano de arena cayendo en la clepsidra, pero el aire se detuvo allí, en esas palabras, un micro-mini-nano-congelamiento del suceder. "¿Cómo se sale de acá?" repetía como un eco cada molécula de aire que estábamos respirando. "Acá" ¿qué era? ¿era la Argentina? ¿era ser judío? ¿era estar en el Museo de la Shoá? ¿era estar reunidos para hablar de nuestras experiencias? ¿era el pasado? ¿era el lugar asignado -el exitoso, el de buen humor, el que no trae problemas...? ¿era la shoá? ¿era la evocación de un sufrimiento que no había sido tan claro entonces? ¿era esa oscura sensación de que debíamos cuidar algo, a nuestros padres, a la emergencia de recuerdos que no debían ser? ¿era una especie de laberinto del que no se puede encontrar la salida?
Sea lo que fuere para cada uno de nosotros, la frase tuvo la virtud de expresar una sensación de ubicuidad que a muchos nos tocó profundamente. "Acá", adverbio de lugar, designa un espacio, tal vez aluda un signo de interrogación en nuestra identidad. ¿Cómo salimos de acá?-¿cómo llegamos acá?-¿qué hacemos acá?-¿quiénes somos? Podría ser una concatenación secuencial lógica de preguntas que se preguntan a sí mismas.
La charla .
De todo esto hablamos en la reunión de anoche. De ser hijos, de nuestros hijos, de ser padres, de nuestros padres. En un clima informal, respetuoso y reflexivo, tuvimos, como siempre sucede, algunos momentos de emoción cuando sentimos que un comentario dice eso que nos pasa y que no le habíamos podido poner palabras, o un relato evoca algún episodio propio que creíamos olvidado o que de pronto lo podemos ver con otra luz, adscribiéndole nuevas significaciones y juntar piezas del rompecabezas, unirlas, combinarlas, unirnos, combinarnos, armarnos y rearmarnos.
Los desconocidos presentes .
Las fotos, los parecidos con familiares que no hemos conocido, la presencia de los otros familiares, los que nuestros padres -o uno de ellos- tuvieron antes de la Shoá. ¿La otra esposa de mi padre, el otro marido de mi madre, cómo se los nombra, cuál es el parentesco? Esa otra esposa, ese otro marido, tenían hermanos, padres, familias enteras algunos de cuyos miembros tal vez sigan vivos, ¿qué son de nosotros? ¿cómo ubicarnos en ese mapa desdibujado? ¿cómo incluirnos en árboles genealógicos de bosques fantasmales? "Si quería sacar del cajón la foto esa, mi papá ponía el grito en el cielo" decía Jean, esa foto enmarcada que guardaba parte de la historia que no debíamos saber pero que se filtraba, nos hablaba y debíamos hacer como que no escuchábamos pero actuar mostrando que sabíamos.
Sufrimientos .
Hablamos de sufrimientos, de sufrimientos vividos y sufrimientos negados, de sufrimientos que convertíamos en compañeros de juegos y que hoy resignificábamos y también de esos otros momentos de ausencia de sufrimientos, momentos de infancias preservadas. Hablamos de esas cosas que pasaban de noche, los sueños, las pesadillas, nuestros padres despertando atormentados. Distintas experiencias: algunos, inmersos en escuelas judías, otros, bien alejados de ellas, nos mirábamos con recíproca sorpresa advirtiendo la diferencia que esto comportaba en nuestras visiones del mundo. Mencionamos la categorización de Yael Danieli de los distintos tipos de familias de sobrevivientes de la Shoá, de los climas que reinaban en esas casas, de los mandatos que habían recibido sus hijos, nosotros.
La fuerza de lo judío .
Lilia, venida de Rusia hace sólo tres años, de una Rusia que pretendió borrar las huellas étnicas, vino a tratar de desenterrar junto a nosotros parte de sus raíces, hondamente sumergidas durante 80 años. Ligada tan sólo a un recuerdo infantil de "ese idioma diferente que hablaban sus abuelos que ya eran viejos" tira del mismo para encontrarse con sus hermanos. ¿Qué tiene esto de ser judío que cuando se descubre es tan fuerte? Varios recordamos el impacto recibido con la película "El secreto" que mostraba a esa gente en Polonia que descubre, por accidente o por sospechas, que en realidad no pertenece a la familia donde se crió y que, ante la probabilidad de ser de origen judío, comienza una búsqueda frenética por recuperar sus lazos, sus raíces, su cultura, algunos, su religión. Ser judío pareciera ser siempre una pregunta, una búsqueda, un camino por recorrer. Errancias, lugares, laberintos, destinos... más acá o más allá de la shoá, esa otra hermandad, esa marca.
Presencia de hermanos del exterior.
En distintos momentos de la reunión, compartimos algunos textos que ilustraban o resaltaban lo que estábamos diciendo, escritos por otros como nosotros que viven en otras latitudes pero con quienes compartimos universos de sentidos (los textos están al final):
- un poema de Hillary Tham que describe las noches de las infancias de algunos de nosotros,
- un poema de Rubén Yudelevich, un hijo de sobrevivientes que vive en Israel, sobre las fotos de sus tías asesinadas (ya lo mandé en otro e-mail pero lo vuelvo a incluir acá para quiénes no lo habían recibido)
- una carta a la abuela , conmovedora escrita por alguien que no la conoció como muchos de nosotros, una hija de sobrevivientes que vive en Bogotá, Colombia (el silencio denso y concentrado con el que estas palabras fueron escuchadas decía del hondo impacto que producía en cada uno de nosotros)
- y un texto sorprendente de una hija de sobrevivientes polacos cristianos que reclama su lugar en el universo de los hijos de sobrevivientes (esta mujer, cuya historia se puede ver en su página en internet, se convirtió al judaísmo por convicción, se casó con un judío y vive en Los Angeles)
Espacio de contención.
Éramos quince alrededor de esa gran mesa que seguramente perteneció al comedor formal de alguna casa de familia. El salón de los sillones, el "blandito" no nos pudo recibir porque el aparato de aire acondicionado que haría cálido el lugar no funcionaba. Julia, antes de irse porque se sentía muy cansada, nos preparó la habitación que dejó con las estufas encendidas y los platitos y vasitos listos, con amor de idishe mame. Hicimos "blandito" el lugar a fuerza de fraternidad y empatía.
Nos vemos en alrededor de un mes. Espero que este relato permita a quiénes no pudieron venir, tener alguna sensación de presencia que mantenga el hilo que nos une. Mientras, y gracias al santo e-mail, compartiré con ustedes todo aquello que crea que nos sea atinente e invito a que rompan la timidez y hagan lo mismo (es reconfortante para todos reflejarnos en las emociones y reflexiones del otro) .
Diana Wang
Los textos leídos en la reunión:
HIJA DE SOBREVIVIENTES
(por Hilary Tham)
Está gritando otra vez.
Estás parada en la puerta de tu cuarto.
La pesadilla desgarra su dormir en pedazos.
En tu escalofrío implorarás que no siga,
que se vaya. La voz de tu padre
se alza y cae con el peso de su nombre.
Está despierta. Escuchás su voz aferrada
a la de él como un coche descompuesto
se prende al sostén del remolque.
Escuchás el ruido de los resortes de la cama cuando se levantan.
Enseguida, el silbido de la pava.
Cuando te asomás, están acurrucados juntos
sobre la mesa de la cocina; susurra su sueño
con sus manos pálidas abrazadas a la taza de té.
Él lo oyó seis millones de veces,
pero la escucha, su brazo fuerte alrededor de ella
para contener sus temblores.
Él, también, tiene malos sueños, otras las caras,
igual la secuencia de sucesos.
Te asusta esta mujer temblorosa
que reemplaza a tu madre cada noche.
Querés a la madre diurna
la que hornea budín de miel, y cepilla tu pelo
sonriendo, como si vos fueras su sueño bueno.
Tu padre no cambia de noche,
aunque también teme el llamado a la puerta.
Te hace aprender mapas de calles
de memoria, te envía sola
en el subte de Nueva York
para que si volvieras a casa de la escuela
y ellos faltaran,
supieras cómo y hacia dónde correr.
Publicado en "Her Face In The Mirror. Jewish Women on Mothers and Daughters"editado por Faye Moskowitz, Beacon Press, 1994, Boston, págs. 142 y 143. Traducción propia. Publicado en castellano en "El silencio de los aparecidos", Acervo Cultural, Buenos Aries, 1998.
EL PEQUEÑO RINCÓN DEL ÁLBUM - FRIMA Y JAYALE
(por Rubén Yudelevich)
Las niñas de la foto
son mis tías.
Tuve dos tías
que permanecieron niñas
en el pequeño rincón del álbum.
A medida que fui creciendo,
ellas continuaron
en el mismo pequeño
rincón del álbum.
También, cuando me convertí
en un muchacho joven
ellas no se movieron
del pequeño rincón del álbum.
Ellas nunca salieron
del pequeño rincón del álbum!
Ellas fueron
como si no hubieran sido.
Estuvieron dentro de las lágrimas
de mi madre,
que fueron mis mismas lágrimas.
Ellas fueron
como si no hubieran sido.
Estuvieron dentro del dolor
de mi abuelo,
que fue mi mismo dolor.
Ellas fueron
como si no hubieran sido,
y fueron llevadas a la muerte
con un grito en sus labios:
"por qué ?".
Ese es el mismo grito
que rompe mi garganta
cuando observo la foto
en el pequeño rincón del álbum.
Carta a mi abuela
(por Estela Goldstein)
Abuelita :
Te gustará saber que me llamo igual que tú y que tengo ya más años de los que tú tenías cuando fuiste incinerada. Tu nombre me acompaña y es parte de mí.
Quiero contarte que tu hijo - mi papá - logró sobrevivir la Shoah y llegó a Colombia con su esposa un poco después de que terminara la guerra. Traía un sidur entre su bolsillo y una foto tuya.
Tuvo tres hijos. Yo soy la del medio. Aquí nacimos y crecimos. En un país diferente, con un idioma nuevo y otras costumbres. Por eso te escribo en español. Hubiera querido dialogar contigo en Yidish pero no puedo. Yo sé que tu me entenderás. Habla conmigo, abuelita. Me haces falta.
Cuantos años tendría yo cuando me interesé por ti? Tal vez cinco o seis. Pero no podía preguntar. No hubiera sido justo con mi papá. A pesar de que nunca hablaba de su pasado, yo siempre supe que había vivido cosas terribles y que no podía agregar más peso a su dolor.
La única foto tuya - prueba solitaria y real de tu existencia - permaneció oculta en una caja por años y años. Me hubiera gustado ampliarla y colgarla en la sala de la casa. Así, por lo menos hubiera podido mostrarte a mis amigos cuando hablaban orgullosos de sus abuelos. Pero eso no era posible! Mi papá no hubiera soportado tu desgarradora presencia ausente. Solo cuando él murió, tu imagen pudo convertirse en algo más tangible.
Me gustaría saber si me parezco a ti. Trato de buscar semejanzas pero lamentablemente la foto que tengo es vieja, en color sepia, y esta ajada por el paso del tiempo y el escondite... Algo tuyo debo tener, cierto? Talvez los ojos azules, el cabello rubio o el tono blanco, casi lechoso, de mi piel. Estarás pensando que con esas características lo más probable es que yo hubiera sobrevivido, cierto? No lo sé... Era tan impredecible!
Preguntarás por mi salud, abuelita... Estoy bien, pero cada vez que voy al médico me pregunta por tu historia, la de mis otros abuelos y la de mis tíos, tus hijos. Sería bueno tenerla, dice... No entiende que no tuviste la oportunidad de conocer la que hubiera sido tu causa natural de muerte.
Querrás saber que más sé de ti. Nada y todo, abuelita... Como no tengo objetos que me hablen de tu pasado, he llenado el crucigrama de tu vida con sueños y fantasías. Te veo como una mujer fuerte y te imagino trabajando en las labores del campo. Cocinando, amasando, trayendo los cántaros llenos de agua para la comida. Preparándote para el Shabat. Encendiendo las velas. Y despidiéndote de tus hijos, sabiendo que nunca mas los volverías a ver.
Te llenará de dicha saber que soy abuela pues esta será la mejor prueba de tu supervivencia. Si... Soy abuela... pero no sé si lo hago bien! Es que no te tuve nunca como modelo y he tenido que aprender sola, sin recuerdos de cómo y qué hacen las abuelas.
Dicen que me excedo con mis nietos. Tal vez... Quizás quiero darles todo lo que tú no pudiste darme a mí y me desbordo por que sé lo afortunada que soy.
Abuelita querida, me dejarás acariciarte tu cabellera blanca? Y secarte esas lagrimas que veo rodar por tu mejilla?
No te pongas triste, abuelita y disculpa mi añoranza. Sé que no puedes responder esta carta pero no importa. Sólo quiero llenar un poco mis vacíos y decirte que estarás siempre en mi corazón.
El legado de la segunda generación.
Terese Pencak Schwartz
Web site: www.holocaustforgotten.com
Cuando mi mamá de 85 años enfermó gravemente el mes pasado me enfrenté a un nuevo panorama en mi vida. Además del dolor de perderla, me di cuenta de que no importa la edad que uno tenga, la muerte del ultimo progenitor representa el fin de la infancia. Aún siendo adulta, el tener a mi madre viva, me hacía ser la hija de alguien. Pero desde que se fue, tendré que confiar en mis propios recuerdos.
Pude por suerte hablar con mamá sobre su vida antes de mi nacimiento y el de mi hermana. Es sorprendente lo poco que sabemos de alguien a quien hemos conocido toda la vida. Por primera vez compartió conmigo el relato de lo que pasó durante la Guerra como trabajadora esclava en Alemania.
Después de escuchar a mi madre y a otros sobrevivientes polacos, me di cuenta de que recibí un pesado legado, el legado de la segunda generación de sobrevivientes.
Los hijos de los sobrevivientes de la Shoá han comenzado a hablar sobre el impacto que ha significado sobre sus propias vidas el haber nacido como hijos de sobrevivientes. Nuestros hijos salen de la adolescencia, nosotros entramos en la edad media, y es entonces que se hace patente el legado. Puede ser una molestia o un regalo. Depende de cómo uno lo toma. Para los que han recibido este pesado legado tengo algunas palabras de aliento: no están solos. Sus sentimientos son compartidos por innumerables otros. Esto es especialmente importante para la segunda generación de sobrevivientes no judíos que conozco. Los hijos de los sobrevivientes no judíos han sentido un dolor parecido y un peso semejante, con una diferencia sustancial: no han recibido reconocimiento. Muchos no se han dado cuenta aún de que son víctimas del Holocausto también, tanto como muchos de sus amigos judíos. Los judíos han trabajado mucho para asegurarse que sus hijos no olviden la tragedia de la Shoá; los hijos de sobrevivientes no judíos sintieron en comparación que sus padres no habían sufrido "lo suficiente" y que el Holocausto es sólo un "tema judío". No se trata de evaluar el monto de sufrimiento de un grupo en comparación con el otro. No hay dudas de que el pueblo judío ha sufrido mucho más que el no judío. Pero no hay instrumentos que midan el sufrimiento personal ni es lícito hacerlo. Tampoco debieran ser negados.
Los hijos no judíos no tienen el mismo apoyo grupal ni institucional que el que tienen los judíos. Hay muchos grupos de sostén y organizaciones para hijos de sobrevivientes, pero, según mi experiencia, son exclusivamente judíos. Los hijos de sobrevivientes no judíos están siendo olvidados, igual que sus padres.
Para algunos, esto no importa. Algunos no sienten ningún peso por ser hijos de sobrevivientes. Algunos no tienen el deseo de aceptar el legado como un regalo. Está bien, lo entiendo, este legado no es para todos. Pero para quiénes lo aceptan, les sugiero que valoren este precioso presente. Es parte de nuestra historia. No dejen que nadie niegue el sufrimiento de sus padres y de sus familias enteras. Recuerden que fueron acosados, torturados, esclavizados y asesinados y que lucharon bravamente sólo con armas caseras. Recordar esto es importante para nuestra historia, no sólo por el honor de nuestros antepasados, sino también por nuestros hijos. Un día será nuestro turno de pasarles el legado a ellos. (Traducción propia)