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El Nuevo Mundo Israelita de la Comunidad Judía de Venezuela.
22/11/2006, dedicó su portada a Diana Wang.


Semanario de la comunidad judía de Venezuela

  Año  XXXIII Nº 1594
20 de Kislev del 5767 al 3 de Sherat del 5767
Nº. 213  

DOSSIER

Diana Wang:
“Los hijos de sobrevivientes
nos hermanamos en el silencio”


 

Antes de dedicar un libro, Diana Wang pregunta enfática: “¿Sos hija de sobrevivientes?”. La respuesta positiva hace que su rúbrica vaya acompañada por un cálido saludo de hermana. “Los hijos de sobrevivientes somos una gran fraternidad de experiencias, sueños y esperanzas”, explica, dando cuenta de un tema que la lleva por varios países a dar conferencias y a escribir libros que son ya imprescindibles en la bibliografía en español sobre la Shoá.

Es hija de sobrevivientes, nacida en Polonia el mismo año que terminó la guerra. Llegó con sus padres a Argentina en 1947. Desde hace una década no deja de pensar y repensar los particulares tatuajes que persisten en el alma de quienes, como ella, han sido testigos directos de la enrarecida cotidianidad de los aparecidos, como lúcida y poéticamente gusta llamar a los sobrevivientes.

Wang habla mucho. Habla por doquier. Recorre el continente para hablar. Y, curiosamente, unos de los temas de los que más habla es acerca del silencio:

-Las familias de sobrevivientes de la Shoá tienen en común, entre otras cosas, el silencio. Un silencio que es una resignificación de la adultez, cuando uno vuelve a pensar en el pasado. Compartimos además un asunto generacional, donde los padres no tenían con nosotros ese estilo de comunicación que hay hoy en día, a veces por demás, donde todo se informa y se explicita, y hasta los niños dan permiso para algunas cosas. Por otro lado, no existía la cultura de contar a los hijos en ninguna familia de inmigrantes. El desafío de asumir una nueva vida, las dificultades y los obstáculos que eso implicaba, hacía que todos los esfuerzos estuviesen dedicados a salir adelante. Entonces nadie pensaba en ese momento en que había todo un hueco en el pasado familiar. Eso lo compartimos todos los inmigrantes. Pero los judíos tenemos una pequeña diferencia, porque los silencios en los que nos hermanamos los hijos de sobrevivientes son muy particulares: es un silencio que tiene que ver con aspectos que nos son constituyentes, porque nuestras familias han pasado sucesos espantosos que han determinado diferentes cursos de acción, sucesos que no deben ser contados. Es una presencia que tiene un peso casi siniestro en la familia y, si no se habla, asume una densidad que cubre todo. Hablo de las cosas que no se pueden decir porque son espantosamente dolorosas, pero básicamente porque son cosas de las que, de alguna manera, nuestros padres se sienten culpables, aunque no lo sean. Hay muchas cosas que los sobrevivientes no sólo no le pueden contar a los hijos, sino que no se las pueden contar a sí mismos, porque cuando ciertas cosas se ponen en voz alta adquieren un peso que se prefiere olvidar. Hablo, entonces, de un silencio con agujeros, por donde se cuela información que uno no sabe de dónde viene.

-¿Es imperativo que las historias sean contadas.
-Hay de todo. Pero cuando esas historias pueden fluir se produce rápidamente un alivio generalizado.

-¿Se puede luchar contra el silencio.
-Luchar no es la palabra, porque todos guardamos silencio sobre algunas cosas, nadie dice todo sobre todo, por distintas razones. Muchas veces, cuando se consigue hacer fluir ese silencio y contar algo que uno ha mantenido guardado, los recuerdos dejan de ser tóxicos, son absolutamente comprendidos por los otros y el que cuenta recibe el beneficio del abrazo de la compasión, del amor, porque los hijos comienzan a entender tantas cosas que antes no entendían. El silencio tiene que ver con la preservación de la dignidad, pero a veces horada y socava en otro tipo de regiones que lastiman otro tipo de vinculaciones familiares. Pero no es forzoso y no creo que se pueda vencer el silencio. Se empieza a hablar porque se ve una película y por una escena se empieza a hablar y se abre esa puerta, y se abre y se abre, y se contó todo. Hay distintas formas de cómo sucede el hablar de lo que ocurrió.

-¿Hay elementos de la cultura latinoamericana que marquen a los hijos de sobrevivientes.
-No se si para bien o para mal, pero evidentemente nuestra impronta latinoamericana nos hace diferentes. Un gringo es un gringo, un europeo es un europeo, aunque somos muy parecidos a los griegos. Los latinoamericanos tenemos una impronta particular: somos muy ruidosos, extrovertidos, exuberantes, irreverentes, maleducados, creativos.

-¿Lo latinoamericano ayuda a que fluya más fácilmente el dolor y el silencio.
-No lo sé. Habría que ver estadísticas. También es que uno está constituido por diferentes capas de identidad, donde la identidad de hijo de sobreviviente está junto con la identidad del país que nos acogió y, además, con la identidad del origen de nuestros padres, su nivel cultural, entre otras cosas. Todas estas diferencias están superpuestas y entretejidas, pero en cuanto a la esencia de la segunda generación, ahí somos muy parecidos. Otra cosa que nos resulta común es la relación que tenemos con nuestros padres, en especial el primogénito, pues hay una diferencia muy grande entre el primer hijo y los demás: por lo general, es el primero quien asume el tema de ser hijo de sobreviviente y hay otro que lo rechaza totalmente. Eso es una puesta en escena del dilema de nuestros padres, que quieren recordar y olvidar al mismo tiempo. Otra coincidencia que encontré en los hijos de sobrevivientes es que estamos muy involucrados en temas humanitarios, en psicoterapia, periodismo, escritura, en medicina, en arte. Esto es lo que he encontrado y no sé porqué ocurre.

-¿Los hijos de sobrevivientes somos un colectivo social.
-No. No lo somos. No podemos presentarnos ante el mundo así, porque no representamos a nada. En lo único que somos un colectivo social es en que fuimos testigos de los sobrevivientes y podemos dar cuenta de lo que es vivir en un hogar de sobrevivientes.

-Sobre la llamada segunda generación se ha escrito poco. Pareciera haber más interés en estos últimos años.
-Quizá tenga que ver con nuestras edades, los hijos de sobrevivientes estamos entrando a edades en las que nos empezamos a cuestionar todo y tomamos conciencia de la finitud de la vida, porque ya estamos perdiendo a nuestros padres, porque estamos empezando a ser abuelos. Tal vez uno empieza a dejar de lado lo accesorio y se ocupa de lo esencial cuando puede. Y reconstruir la propia historia es parte de ello: poseemos historias fragmentadas, no tenemos claras las trayectorias, las geografías, las fechas, está todo apelotonado. Al empezar a desenredar ese ovillo, de alguna manera se nos arma una historia de vida que podemos comprender.

-¿Estaremos haciendo los esfuerzos necesarios para reconstruir esas historias.
-Es todo un trabajo porque muchas veces uno tiene miedo de acercarse a los padres y preguntarles. Hemos aprendido dolorosamente la lección de que no hay que perturbar a los padres con estas cosas. Por otra parte, los padres tampoco quieren apesadumbrar a los hijos con sus historias. Pero hay un recurso: se puede preguntar a los padres de otros, ellos contarán toda la historia sin ningún problema, no tienen miedo de apesadumbrar a los hijos de otros. Y los hijos de otros no tienen miedo de preguntar a los padres de otros. Es increíble, pero funciona. No sé por qué ocurre.

-La escuela debería contribuir…
-El horror ocluye el deseo de saber. Eso pasa en las escuelas judías que conozco en Argentina. La instrucción judía sobre la Shoá es una instrucción que produce mucha resistencia en los niños. Los llenan con tanta información de horror y de crueldad, que después no quieren saber de nada. Creo que el tema de los salvadores puede ser muy útil en la educación, porque es una forma de entrarle al tema por otro lado, desde el lado de los que hicieron las cosas bien. Por ese camino se puede llegar al mal, al que hay que llegar porque, sino, no se entiende.

-Usted habla con mucha pasión sobre la Shoá y los hijos de sobrevivientes. ¿Son temas que se pudieran llegar a agotar en usted.
-No sé. Tengo subidas y bajadas. Tengo momentos de gran desánimo y mucho cansancio, tengo momentos de depresión y me dan ganas de dedicarme a hacer striptease y a cantar y a bailar.

-¿Y por qué sigue dando conferencias, escribiendo sobre la Shoá.
-No tengo la menor idea. Siento que esto no lo elegí yo. Tengo todo el tiempo la sensación de que me está sucediendo. Como respirar. Uno no elige respirar. Simplemente no pongo obstáculos. Yo, por ejemplo, no elegí venir a Venezuela, un día alguien me llamó. Así me va pasando todo. Siento que estoy siendo un canal de algo, que todo esto no me pertenece. No puedo explicarlo. No siempre estoy contenta, no siempre estoy bien. Me obligo a buscar sentidos nuevos, huyo del aburrimiento, la repetición me es mortal y estoy obligada a buscar nuevas visiones, lo cual termina siendo positivo.

-¿Quizá hay un sentido de misión.
-Totalmente. De misión, de mandato, de obligación.

Jacqueline Goldberg

Del original en internet Nuevo Mundo Israelita de Venezuela

 

 

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Wednesday 10-Jan-2007 12:44 PM
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