ACTIVIDADES


"Un regalo para Damián".
10 de diciembre de 2009.

Generaciones de la Shoá suele hacer una reunión en cada fin de año. Es un encuentro social en el que, por una vez, no solemos hablar de la Shoá. Tal solo celebramos la alegría de estar vivos. Esta vez, a fines de 2009, nos acompañó un dúo de músicos, Damián Kuper, con su teclado y Román Peusner con su violín que se ofrecieron para poner música a la reunión. Lo hicieron porque tenían ganas, no por ser nietos de sobrevivientes. Ése fue un descubrimiento hecho en el medio de la reunión y fue celebrado por todos: estábamos en familia.


Damián y Román

 Damián no solo hace música, hacía comentarios, chistes, invitaba a la participación con canciones conocidas y una sonrisa invitante. Era un gran disfrute ver a estos nietos de sobrevivientes, la tercera generación de la Shoá, musicando para darnos alegría y riéndose con nosotros. En un momento t sin que hubiera ninguna razón aparente para ello, Damián mencionó que su abuelo sobreviviente se llamaba Salomón Kuper. De entre los asistentes, se oyó la voz sorprendida de Lea que sin salir de su asombro preguntó “¿Salek? ¿Salek Kuper?” y Damián, boquiabierto, dijo “sí” y como disculpándose “yo no lo conocí, murió antes de que yo naciera”. Y ahí mismo, en medio de la música y la alegría de un nuevo año de trabajo por la honra de la memoria, se abrió el archivo memorioso de Lea y las palabras inundaron el lugar con una historia del abuelo Salek. Se tendió un puente firme entre la voz de Lea y los ojos y oídos de Damián que no sabía lo que había hecho su abuelo. Lo que Lea le dijo a Damián y que todos escuchamos en una honda emoción está incluido en su libro (*) que será presentado el 14 de abril de 2010 y del que va a continuación este anticipo:

“Mediados de 1943. Eran momentos más que terribles en Birkenau. Tomar una gota de agua que estaba contaminada significaba la muerte. Yo estaba con mi pierna enferma, sobreviviendo cada día por milagro, protegida por la doctora rusa Lubov, en el “Krankenbau” —hospital, en alemán—, que en realidad era un depósito de cadáveres. De ahí casi nadie salía. Al campo de mujeres venían a menudo grupos de varios hombres para hacer arreglos de herrería, carpintería, etc. A través de ellos, a escondidas, algunas mujeres a veces mandaban un recado, avisándole a algún pariente o amigo que estaban con vida. En mi desesperación, una vez logré, sabiendo que un muchacho de mi ciudad se encontraba con vida en el campo, mandar un S.O.S. sobre mi situación. Necesitaba inyecciones de calcio. Los hombres a veces lograban sustraer algo a los nazis. Dependía de dónde les tocaba trabajar. Era más bien un grito de desesperación sabiendo que era imposible conseguirlo.


Lea

Pasaron varias semanas. Un día apareció en nuestro campo el grupo “Tischlerkommando”, el equipo de carpinteros. Se armó un alboroto. Llegaron los hombres, custodiados naturalmente por dos nazis con ametralladoras. Pero en un momento, uno de los hombres pudo apartarse por un rato con algún pretexto. Se abrió despacito el portón de nuestra barraca y un muchacho de veintipico de años, alto, fornido, con su traje y gorro de recluta y la caja de herramientas en la mano, pronuncia mi nombre y apellido. Todas las enfermas postradas levantaron las cabezas. ¡Un milagro!

—Soy yo —grito—. ¿Quién sos? No te conozco.

—No importa. Soy Salek, amigo de Ruben, tu paisano. Te traigo algo de parte de él.

Y levantando rápidamente el doble fondo de su caja de herramientas, me entregó un paquetito. No alcancé a decirle gracias y ya había desaparecido. A él, un segundo le podía costar la vida. Abrí el paquetito. Había una cartita alentándome a resistir y dos paquetes de cigarrillos, que ahí valían una fortuna. Por dos cigarrillos yo podía conseguir, de las polacas arias, media cebolla o una rebanada de pan. Ellas recibían paquetes de sus familiares. Con intervalo de semanas, esta escena se repitió varias veces. Exponiendo su vida por una desconocida, llevando cigarrillos robados a los nazis en el doble fondo de la caja de herramientas.

Un día me trasladaron de Birkenau a Auschwitz, a las barracas nuevas, y nuestro contacto se interrumpió. Pasaron dos años, incluyendo la marcha de la muerte y, seguramente, Salek se olvidó del episodio. El destino quiso que yo sobreviviese. Un día de octubre de 1947, cuando ya había llegado a la Argentina, un club de la colectividad de Villa Lynch organizó una recepción para los sobrevivientes. Cuando entré, al primero que veo, elegantemente vestido, es a Salek. Corrí llorando y lo abracé.

—¿Quién sos? No te conozco.

—Ahora sos vos el que me pregunta eso. En Auschwitz te lo pregunté yo. Pero estaba en posición horizontal y sin cabello.

—¡Lea! —gritó, y casi se desmaya— ¡¿Vos sobreviviste?!”

(abajo una foto de Lea, su marido Max y Salek)

Damián Kuper, nieto de Salomón Kuper, el Salek que le salvó la vida a Lea, vino a poner música a una reunión de sobrevivientes y recibió un regalo impensado esa tarde de diciembre de 2009: supo algo de su abuelo que desconocía, una información que le confirió un renovado orgullo a su memoria.

Aunque estamos acostumbrados a estos cruces mágicos que suceden en nuestros encuentros, éste quedará grabado como uno de los más conmovedores.

Diana Wang


Max Novera, Salek Kuper y Lea

Sucedió en el brindis de fin de año de Generaciones de la Shoá. Diciembre 2009

* Liza Zajac Novera (Lea): “Historias de mi mochila”. Memoria y Trascendencia Ediciones. Buenos Aires. De pronta aparición. Presentación 14 de abril 2010, auditorio de AMIA.

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Martes 09-Feb-2010 8:47 PM
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