Queridos amigos,
Aquí venía con mis padres durante muchos años. Me traían de chiquita y luego de más grande, para acompañarlos en las conmemoraciones de Iom Hashoá, cuando todavía no se llamaban así. Pero el nombre no importa. El dolor sigue siendo el mismo, las heridas se reabren en el mismo lugar del alma y sangra la misma pregunta que acosa la memoria de todos nosotros y que sigue viva. ¿Por qué?
¿Por qué en la Europa más culta y de avanzada se gestó el plan de asesinarnos? ¿Por qué fuimos designados como víctimas? ¿Por qué los que sobrevivimos nos ha tocado sobrevivir? ¿A qué nos compromete eso?
Yo misma sobreviví -como casi todos- por milagro. Nací en el gueto de Varsovia de donde mis padres consiguieron sacarme clandestinamente hacia el "otro lado", el lado de la salvación, el lado en el que tendría alguna oportunidad de seguir viviendo. Yo tenía sólo seis meses, recién empezaba a sentarme sola y ahí comenzó mi éxodo personal, el viaje del que no guardo memoria, que permitió que hoy esté acá con ustedes.
¿Dónde estuve? ¿Con qué personas? ¿Con qué nombres? Algo sé, pero es poco lo que he podido reconstruir. Fue un milagro que sobreviviera. También fue un milagro que sobreviviera mi padre y otro milagro más que me encontrara cuando finalizó la guerra. Yo tenía cinco años cuando vino ese señor desconocido, al orfanato de monjas donde yo estaba, diciendo que era mi papá. Y me llevó con él. Y poco a poco volví a ser “Rózyczka o Roisele”. Y poco a poco volví a ser judía.
Estoy acá como miembro de Generaciones de la Shoá, esta cadena que construimos para mantener la memoria. También estoy acá en homenaje a mis padres, los pleitim, con los que tantas veces vine, muchas de las cuales sin entender demasiado la importancia de lo que se hacía y decía. Venía obligada, como a veces vienen algunos chicos, pero tardé años en comprender lo importante que era para mí haber venido. Los sobrevivientes que estamos hoy acá somos los últimos testigos que pueden decir “yo estuve ahí, yo lo ví “. Somos documentos vivos, somos la prueba del horror y al mismo tiempo la prueba de la enorme potencia y fuerza de la vida.
Los jóvenes deben mirarnos y escucharnos y recordar que los sobrevivientes, ya gente adulta, muchos abuelos y bisabuelos también fuimos chicos y nos tocó padecer esa hecatombe de fuego y espanto que liquidó a nuestras familias y nos arrancó de nuestra historia, de nuestra educación, de nuestras casas, de nuestras calles, de nuestros idiomas. También fuimos niños y jóvenes y no entendíamos nada, no sabíamos por qué ocurría lo que nos estaba pasando.
Papá murió hace dos años. Hace pocos días se cumplió el aniversario acorde al calendario judío. Papá escribió un libro testimonial. Papá hablaba. Papá luchó hasta el final. Mi presencia acá, mi trabajo en Generaciones de la Shoá, es un homenaje a él y con él homenajeo a todos los sobrevivientes, a todos los perseguidos y masacrados por los nazis.
De alguna manera todos los judíos somos sobrevivientes porque el plan nazi estaba destinado a asesinar a todos los judíos del mundo, sin importar dónde estuvieran.
Todos los judíos somos herederos de la Shoá y debemos honrar la memoria de los asesinados y alertar al mundo de los peligros que sobre él se ciernen. Primo Levi decía que debemos hacerlo para evitar que nuestros descendientes nos den vuelta el rostro.
Debemos recordar y no dejar olvidar: por nuestros hijos, nuestros nietos y las generaciones venideras, para que el día de mañana no nos den vuelta el rostro, para que estén orgullosos de nosotros y para que sigan portando esta bandera de la memoria para que sus propios hijos no les den vuelta el rostro el día de mañana. Con estas breves palabras deseo honrar la vida, la justicia y sobre todo, la libertad.
Rosa Rotenberg.
Sobreviviente de la Shoá. Hija de sobrevivientes de la Shoá.
Miembro de Generaciones de la Shoá en Argentina