ACTIVIDADES


Segunda generación: Diálogo desde dos orillas
 "Acerca de la memoria; su efectividad y ritualización".
04/09/06.  Reunión entre hijos de sobrevivientes de la Shoá e hijos de alemanes no judíos.

Queridos amigos,

Tuvimos anoche nuestra sexta reunión en este "Diálogo desde dos orillas" que hemos emprendido hace un año timidamente y sin saber qué continuidad tendría. Fuimos 18 los presentes, 9 y 9, parejos, equilibrados.

Nos convocó el pensar sobre la memoria, su ritualización, su efectividad, la monumentalización, sus efectos pragmáticos, los sentidos.

Comenzamos compartiendo unos fragmentos del libro "Tú llevas mi nombre" escrito a dos manos por Norbert y Stephan Lebert, periodistas, padre e hijo. El padre había entrevistado a algunos hijos de jerarcas nazis y el hijo, cuarenta años después, busca a las mismas personas y las vuelve a entrevistar. De hijos a hijos.

Dice en su página 26: "Mi padre ingresó voluntariamente en las juventudes hitlerianas, e incluso llegó a ser jefe de una pequeña sección de Munich, como nos contó muchas veces. En la pared de la cocina tenían un gran mapamundi, con banderitas en todos los lugares por donde avanzaban los soldados alemanes, al menos al principio. Nos contaba que la derrota de 1945, cuando él tenía quince años, no la vivió como liberación sino como una terrible catástrofe. Y nunca se escudaba en el pretexto de que entonces era demasiado joven, sino que decía siempre ´no sabe duda de que si la guerra hubiera terminado de otra forma, habría hecho carrera entre los nazis. Dios mío, ¿en qué me habría convertido?´. Eso lo atormentaba. Cada intento de descubrir qué era lo que lo había llevado a esa participación terminaba en nada."

Dice en la página 178: "Cuando por fin entendió lo que había pasado, al ver las fotografías de los campos de concentración, los montones de cadáveres y los rostros macilentos de los famélicos prisioneros, reaccionó de una forma que se puede considerar en cierto modo representativa de una gran cantidad de alemanes: decidió mantenerse lo más lejos posible de la política y de cualquier revisión del pasado, dedicándose por completo a la vida privada y a una carrera personal. Dicho de otra forma: placer y dinero, sin volver en ningún caso la mirada atrás. Un modelo que con seguridad fue el típico y característico en la República Federal Alemana durante los años cincuenta".

Habla extensamente sobre la ausencia de una mala conciencia en los alemanes y lo expone como un fenómeno comun. Dice en la página 181 citando al psiconalista Tilman Moser "Parece que tendremos que hacernos a la idea de que los asesinos y cómplices no sentían ninguna vergüenza o culpa...", más adelante cita a otro psicoanalista Wolfgang Schmidbauer quien cree que "para los asesinos de los campos de concentración que mataron a tantas personas cruelmente, o para los empresarios que se aprovecharon de la fuerza de trabajo de varios miles de esclavos inermes, resulta mucho más facil negar la culpa, alejar los escrúpulos, llevar una vida familiar normal y ser un padre respetado por sus hijos, que para las víctimas, la mayoría de las cuales sienten complejos de culpa terribles por haber sobrevivido".

Para no transcribir acá todo lo que leímos, tan solo el final de lo leído. En la página 182 otra cita de Schmidbauer de su libro publicado en 1998 Ich wusste nie, was mit Vater ist -das Trauma des Krieges (Nunca supe qué le pasaba a mi padre- el trauma de la guerra): "Si una visitante del monumento conmemorativo de Auschwitz o de Buchenwald, nacida en torno a 1959, se deshace en lágrimas y por la noche no puede dormir debido a las pesadillas, es probablemente hija de una víctima. Y si la mujer junto a ella observa la escena con interés turístico y finalmente pronuncia algunas frases corteses, indicando lo horrible, increíble e irrepetible en la Europa unida que fue el Holocausto, es seguramente hija o nieta de alguno de los responsables".

A partir de esta lectura se desarrolló un diálogo inteligente, sensible y comprometido alrededor del tema que nos había convocado, en especial por todo lo que ha hecho Alemania en cuanto a monumentos y recordatorios. Tengo la sensación de que nadie tomó notas de lo que hablamos así que quedará a modo de escuetísimo resumen algunas de las cosas que circularon. Pensamos juntos en la utilidad de los monumentos, en sus variados sentidos, en las ilusiones y desilusiones, y fundamentalemente en el trabajo que aún debe hacerse para transformar todo lo que sabemos y aprendimos en mensajes transmisibles, recibibles y modificadores. Pensamos en la necesidad de gestionar diferentes caminos que "abran las orejas", que generen preguntas en los participantes porque es en el proceso de contestarlas cuando uno puede apropiarse de lo que vaya averiguando y sólo así tiene la posibilidad de tener un efecto transformador. El sentido del trabajo con la memoria sería el tener un efecto modificador en el otro.

Hablamos de la película "Caminando sobre el agua" que está dándose en los cines en estos días y que varios habían visto y recomendan para continuar con nuestro diálogo. Pueden ver la ficha en: http://www.lanacion.com.ar/entretenimientos/cartelera/peliculaFicha.asp?

Quedamos en verla juntos en nuestra próxima reunión, el lunes 20 de noviembre en el Pestalozzi, esta vez a las 7 de la tarde para permitir ver la película y después tener la oportunidad de comentarla juntos.

Terminó nuestra reunión con el relato de Jorge de su reciente viaje a Alemania con su hijo. En sus 13º cumpleaños, en lugar de la tradicional fiesta de Bar Mitzvá, hicieron juntos este viaje de regreso al lugar de los orígenes familiares. Ya en Buenos Aires, escribió lo siguiente, con lo que terminamos el encuentro.

¿Con quién festejo? ¿Por quién lloro?

De lo multicolor a lo negro, de lo multicultural a la limpieza étnica. De la vida  a la muerte.

Del Mundial a Buchenwald. De Buchenwald al Mundial.

Se juega el partido. ¿Qué partido? Estoy partido.

De la fiesta al dolor. Del dolor a la fiesta. ¿Cómo se hace?  Que alguien me explique.

Vengo a mostrar mi argentinidad en la tierra de mis antepasados, en mi antigua tierra.

Sí, porque soy fruto de mis raíces.

Hoy estaría viviendo aquí, sino hubiera existido la Shoá...

Mis brazos hoy estarían flameando la negro-rojo-amarilla...

Hoy no tendría que estar viajando 4 horas en tren ida y vuelta en el día, volvería a mi casa, allí.

Justo acá vengo a mostrar que nos echaron.

Me pregunto que hago con la celeste y blanca sobre mi pecho.

No puedo evitar preguntarme si esos son mis colores.

Que terribles vericuetos del alma que me hacen sentir cómodo en Alemania y no en Paris,

Ámsterdam o Bruselas.

Por  la mañana en la casa de Anna Frank, al mediodía en tren, lleno de holandeses. Nosotros muy pocos.

Mi imaginación me lleva a pensar adonde nos transporta ese tren, pero la realidad me sitúa los pies sobre la tierra.

Me indica que no... Que  nos lleva al partido Holanda-Argentina.

De la fiesta al dolor. Del dolor a la fiesta. ¿Cómo se hace? Que alguien me explique.

Termina el partido, de vuelta al tren, a viajar vaya saber cuantas horas,

 quién sabe hacia donde nos llevarán esos rieles.

Obvio, prima la organización, lo que "corresponde". El tren no sale. Somos muchos, demasiados.

Los policías alemanes ordenan "alle nach hinten" (todos hacia atrás).

Son la 1 de la mañana. NO, no tienen la svástica en su manga pero mi mente me tortura.

Querría decirles que soy uno de ellos o era, no se. ¿Quién soy? 

 Me suelto con el idioma, me preguntan en que ciudad nací. ¿Dónde nací?  

¿Me preguntan por el nacimiento físico o el emocional?, ¿El cual es transmitido de generación en generación?

¿Qué les respondo? ¿Cuál es la verdad? ¿Hay una verdad?

 

Siento que  mi hijo me habla: vamos Papá!

¿A donde? le pregunto.

Al campo de concentración....

Me quedo tranquilo, convencido de estar en un sueño provocado por las reminiscencias de los días anteriores.

Vamos Papá!!

No era un sueño, llegó el día. No, me dije.

Quedate afuera, yo entro solo, me dijo el valiente.

Fue la primera vez que entré a un campo, por imposibilidad emocional. No pude antes.

Pero mi hijo de 13 años me impulsó.

Era desgarrador verlo deambular solo, a 200 metros recorriendo punto a punto.

Donde los pájaros ya no cantan, donde el sol no brilla aunque esté.

Claro, 13 años.

Quizás haya cargado sobre sus espaldas lo que yo no pude antes. Claro, 13 años.

 Quizás haya asumido la responsabilidad que le confirió su bar mitzwa de la semana anterior.

Quizás haya querido rendir su homenaje a los niños asesinados.

Espero estar rindiendo el mío... transmitiendo.

 

Por la mañana visitamos, en Berlín, el monumento en homenaje a los judíos asesinados.

Por la tarde al partido Alemania-Argentina. El fútbol trasladado a la contienda nacional.

A defender el honor.  A todo o nada, la vida o la muerte.

Del dolor a la fiesta, de la fiesta al dolor. De lo negro a lo multicolor, de la muerte a la vida.

Llevaba la celeste y blanca en el pecho. ¿Los llevaba? ¿Eran mis colores?

Por la calle nos miraban, manifestaban sus sentimientos, escupían sus agresiones.

Pensaban que no entendía, pero sí. Hablaba el mismo idioma. ¿Pero es que no saben de donde provengo?  

¿Habrán mis antepasados sentido el desprecio callejero de esta manera?

El imponente estadio olímpico de Berlín emerge de las profundidades.

Me pregunto si debo pisar donde el innombrable vomitó en el ’36.

¿Porqué no? ¿Cuántas veces habrán estado allí mis antepasados antes que “ese”?

Busco la puerta asignada. ”Arbeit macht frei”, leo.

Me colocan, sonrientes, un colorido prendedor de bienvenida, lo miro, pero veo algo distinto.

La estrella amarilla con el “Jude” en el centro. Mi mente me tortura.

Impacta, irrita verlo tenido de negro, rojo y amarillo.

No me conmueven las declaraciones bilingües contra el racismo. No las creo. No puedo.

Retumban punzantes los gritos de arenga, los veo con los brazos extendidos.

Recuerdo el relato de mi padre, que teniendo 8 años, en esta misma ciudad, se escondía bajo la cama al oír

a los s.s (en minúscula por decisión ideológica y no por ignorancia ortográfica):

 “Hasta que nuestros cuchillos se tiñan con la sangre de los judíos”.

El final está determinado, el número puesto. La sentencia dictaminada.

Ya no quedan esperanzas, solo queda el regodeo morboso del verdugo.

“Chau, Chau hasta nunca”, nos cantaban.

“Se terminó, están muertos”, nos enrostraban.

Los jugadores vienen a saludarnos, con la frente alta., con dignidad.

Vienen a decirnos: faltan cuatro años, vendrán más generaciones de sobrevivientes.

Sí, a pesar de todo, habrá más que nos recuerden. Con la esperanza intacta del nunca más.

 Por favor, que alguien me explique. Aunque dudo que alguna vez pueda comprender.

 Jorge Ruschin

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Tuesday 24-Oct-2006 2:58 PM
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