ACTIVIDADES


SUCEDIÓ EN BAHÍA BLANCA
12/5/2006: Centro Raoul Wallenberg de Bahía Blanca

Crónica de Diana Wang

Queridos amigos, comparto con todos ustedes lo sucedido el viernes 12 de mayo en la ciudad de Bahía Blanca en una convocatoria del Centro Raoul Wallenberg de esa ciudad. Fui recibida con gran calidez, en las personas de su generador y alma mater, Raúl Woscoff, y con el entusiasmo y la fuerza propulsiva de Gabriel Anmuth (debajo la historia de Gabriel en su búsqueda de familiares en Polonia) .   

Ésta ha sido una de las tantas actividades que hemos desarrollado en estos días en diferentes escuelas e instituciones aplicando lo aprendido en los meses anteriores en los que nos preparamos aprendiendo cómo transmitir. El Centro Raoul Wallenberg es un grupo inter-religioso que trabaja sobre el tema de la Shoá en todos los niveles de la vida pública de esa ciudad, particularmente en las escuelas con la idea que nosotros compartimos, de que se trata de un problema de la humanidad y que sólo en el diálogo, la comprensión y el entendimiento, hay alguna esperanza para el futuro.

La Universidad Nacional del Sur prestó su Aula Magna en donde se desarrollaron las dos actividades a las que fui convocada, con los chicos y con los adultos. Más de 400 chicos colmaron el Aula Magna por la mañana. Perdí la cuenta de cuántas escuelas provenían, creo que eran 7. Mientras se pasaba "Aquellos niños" yo estaba afuera haciendo notas para dos radios y el noticiero de la televisión local. Cuando terminó la película, entré junto con el coordinador, Gabi Anmuth. Me presentó y de pronto me vi ahí, de pie frente a todos esos ojos húmedos abrazando el micrófono inalámbrico como si fuera un salvavidas. El denso y atento silencio en ese espacio en el que no cabía literalmente un alfiler, me abrumó. Y lo dije. También dije que me habría encantado llevármelos a todos, así como estaban en ese momento, para que los vieran los sobrevivientes, para que sintieran lo que yo estaba sintiendo en sus miradas. No me acuerdo cómo seguí, dónde me llevó la emoción, pero por suerte recordé que les había pedido que prepararan preguntas y es lo que pedí. Al principio nadie se animó. No es fácil decir algo frente a 400 otros chicos que pueden burlarse, tomarlo mal, avergonzar, criticar. Los invité a que se animaran, que cualquier cosa que dijeran representaría lo que pensaban o sentían otros, que nada era elemental, que se podía decir o preguntar todo. Y una mano se levantó. No quiso, como no quisieron los demás, hablar al micrófono, entonces me hacían la pregunta y yo la repetía para que la oyeran todos. No me acuerdo de todas las preguntas, éstas fueron algunas: "¿cómo fue que los sobrevivientes siguieron viviendo?", "¿Cómo es la historia de su hermanito, lo sigue buscando, cómo, dónde, tiene alguna noticia?", "¿Se siente argentina?", "¿Por qué los alemanes odiaban a los judíos?", "¿Qué piensan los sobrevivientes de la Shoá de lo que pasa con los palestinos?", "Cuando fue la dictadura militar, ¿tenían miedo?", "¿Qué piensan con lo de la AMIA?", "¿Tiene fe?" y en cada pregunta contestaba lo que se me preguntaba y a mi vez preguntaba si entendían la respuesta o alguna parte y cuando veía que no explicaba eso. Fue un ida y vuelta incesante y para mi sorpresa la atención no decayó en ningún momento, por el contrario, veía grupos que se hacían comentarios pero que se veía que eran sobre lo que se estaba diciendo. En un momento pregunté si faltaban preguntas de las que habían preparado y me dijeron que las había contestado todas en las respuestas que había dado. Al final fue un desfile de chicos queriendo saludarme, abrazarme, besarme, felicitarme. Besé tantas caras preciosas y miré tantos ojos profundos que me sentí gratificada y reconfortada.

Por la noche la actividad era la presentación de "Los niños escondidos" y una disertación sobre ello. En una sala adyacente había una disertación sobre ética en los medios con la presencia de periodistas, lo que probablemente nos quitó asistentes que pudieran también estar interesados en nuestra propuesta. Ante unas 70 personas, no fue la multitud de la mañana, conté de qué se trataba el libro, por qué lo había escrito, para qué, cómo estaba armado, por qué aparecía en este momento, cómo fue la trayectoria de los relatos sobre la Shoá, la pregunta sobre el Mal, sobre la cultura, sobre la naturaleza humana. Hubo también preguntas y no pude evitar centrar mi atención en una señora que llevaba un pañuelo blanco sobre su cabeza con un nombre bordado en azul. Ella sabía de hijos, de dolores y del deseo de salvarlos. 

Como frutilla de esta crónica va este mail que me acaba de llegar de una alumna que estuvo en la mañana:

HOLA,Q TAL? ME LLAMO AGUSTINA BRIZUELA Y HOY 12-05-06 TUVE LA OPORTUNIDAD DE PRESENCIAR UNA CHARLA CON USTED,EN BAHIA BLANCA.CREO QUE NUNCA HABIA LLORADO TANTO,ME EMOCIONO MUCHO LA VERDAD,NUNCA HABIA TENIDO ESTA OPORTUNIDAD DE PODER ESTAR CON ALGUIEN QUE VIVIO DE TAN CERCA LO QUE PARA MI ESTA LEJOS Y LO POCO QUE SE ES DE LO QUE ESTUDIÉ Y ME INFORMO. LO QUE MAS ME GUSTO FUE LA MIRADA QUE TUVIMOS CUANDO LA FUI A SALUDAR Y LO UNICO Q ME SALIO DECIRLE FUE,"GRACIAS",GRACIAS POR ESTE ENCUENTRO QUE NOS ACERCA MUTUAMENTE Y POR ESA REFLEXION QUE NOS HACEN TOMAR A TODOS LOS DE MI GENERACION. NUNCA VOY A OLVIDARME DE ESE CRUCE DE MIRADAS QUE TUVIMOS.SE LO AGRADEZCO MUCHO. BUENO DEJO DE ESCRBIR POR HOY. ESPERO QUE LE LLEGUE SU MAIL Y QUE MANTENGAMOS CONTACTO. UN BESO ENORME. AGUSTINA.

La historia de Gabriel
Bahía Blanca • República Argentina. Domingo 29 de Octubre de 2000
Gustavo Mandará/"La Nueva Provincia"

Un reencuentro esperanzado y esperanzador.
La gratitud más grande del mundo.
Un joven judío bahiense viajó a Polonia para conocer personalmente a la familia católica que salvó a sus ancestros del exterminio nazi.

En el oficio de intentar contar vivencias no suele ser lo más usual que, en algún momento de una entrevista, tanto entrevistado como entrevistador se sorprendan mutuamente con los ojos llenos de lágrimas.
Sin embargo, una de esas raras excepciones se produjo durante la charla que originó este artículo.
Mencionar tal detalle quizás no sea la mejor forma, pero es una manera sincera, sencilla y concreta de intentar abordar una historia inmensa y emocionante, que, además, involucra directamente a un habitante de nuestra ciudad.

Se trata de Gabriel Anmuth, ingeniero civil y docente en la escuela hebrea Doctor Hertzl, de la calle Lavalle.

Este joven de 36 años, rosarino de nacimiento y bahiense por adopción (está casado con Marisa Kahan), regresó recientemente de Polonia, adonde viajó para conocer a la familia católica que salvó del Holocausto a varios de sus ancestros directos.
Escondiéndolos alternativamente en un altillo repleto de heno o en un sótano disimulado debajo de una montaña de papas, estos cristianos polacos ocultaron durante dos años y cinco días a los integrantes de una familia judía.

De tal manera, evitaron su deportación a alguno de los cercanos campos de exterminio donde, en la Segunda Guerra Mundial, los nazis asesinaron a seis millones de personas.

Pese a que el contacto epistolar se mantuvo con cierta regularidad, debieron pasar 55 años para que dos de los protagonistas de esta historia tan pletórica de heroísmo como de solidaridad volvieran a estrecharse las manos.

Y Gabriel fue testigo directo del indescriptible momento.

Recuerdos de familia

Uno de los más tremendos legados del Holocausto estuvo dado por la destrucción de la identidad de centenares de miles de familias.

Junto con millones de vidas, en las cámaras de gas también se borraron rastros de orígenes, parentescos, ascendencias y descendencias.

Desperdigados por todo el mundo, hay judíos a quienes les está vedado saber exactamente de dónde vienen.

Tienen claro que esas respuestas que buscan se incineraron en los hornos de Auschwitz, se enterraron en las fosas comunes de Treblinka o se volaron en los paredones de fusilamiento de Dachau.

Más aún, como Samuel Anmuth, el abuelo de Gabriel, muchos ancianos prefirieron morir sin siquiera hablar alguna vez de aquella avalancha de muerte que barrió con sus hermanos.

"Mi abuelo falleció en 1975 y mi abuela en 1984. Cuando ellos no estuvieron más, en su casa encontramos una serie de cartas y fotos guardadas en una caja de zapatos. Gracias a esos papeles, reconstruimos gran parte de esta historia", explica Gabriel.

Aquellos papeles revelaron el contacto entre Samuel Anmuth (quien llegó a la Argentina en 1929) y su tía, Ita Rubinfeld, quien emigró a Canadá después de la guerra.

"Allí, esta mujer le contaba a mi abuelo cómo habían sido salvados por unos vecinos católicos que accedieron a esconderlos. Tres hermanos de Samuel no tuvieron la misma suerte y, tras su deportación, nunca más se supo de ellos", cuenta.

Sabedores del valor que para una familia judía podían representar estos documentos, por medio de los archivos del Museo del Holocausto de Washington, se obtuvieron ciertos datos que permitieron determinar que un hijo de Ita, llamado Joe Riesenbach, vivía en Winnipeg, Canadá.
Joe era uno de los tres niños que estuvieron escondidos dos años y cinco días en la casa de aquella piadosa familia polaca.

Tras constatarse los parentescos e intercambiar información en ambas direcciones, los Anmuth y Joe Riesenbach se encontraron el último verano en Miami.

"Entre otras cosas, mi abuelo tenía una foto de una familia que no sabíamos quiénes eran. Resultó ser de Joe, junto a sus padres y hermanos, en un campo inglés de desplazados, donde vivieron algunos meses después de la guerra. No podía creer que desde la Argentina le lleváramos semejante recuerdo", dice.

Allí resolvieron juntos regresar a Polonia, para que Joe pudiera presentar su familia a quienes habían sido sus salvadores.

"Nos pidió que lo acompañáramos, porque no se animaba a volver solo a reencontrarse con semejantes recuerdos", comenta Gabriel.

El operativo "retorno" se concretó entre el 17 y el 28 de septiembre de este año.

El mismo Dios

Tras encontrarse en el aeropuerto de Amsterdam, la comitiva familiar integrada desde la Argentina por Gabriel, sus padres, su mujer Marisa y, desde Canadá, por Joe Riesenbach, su mujer Ruth y Ron, hijo de ambos, arribó a Varsovia.

"Uno tiene la sensación de que Polonia se llevó la peor parte de la guerra. Después de los alemanes, vinieron los rusos. El país fue reconstruido según el modelo soviético. Varsovia es una ciudad cuadrada y gris", comenta.

Después de unos días en la capital polaca, viajaron a Cracovia, distante 170 kilómetros de Markowa, el pueblo rural donde había sucedido todo.

"Cracovia, cuyo arzobispo durante muchos años fue Karol Wojtyla (hoy Juan Pablo II), sí mantiene algo del esplendor edilicio anterior a la guerra", señala.

Hasta allí se acercaron a recogerlos dos de los nietos de Janina Bar, para transportarlos a Markowa.

Janina es la hija de Josef y Julia Bar, los católicos polacos que decidieron arriesgar su vida para salvar la de sus vecinos judíos.

Cuando la guerra, Janina tenía 19 años y Joe, 15.

Es decir, una edad suficiente como entender muy bien lo que ocurría.

Aquellas lágrimas aludidas en el comienzo brotaron al momento en que Gabriel contó el instante preciso del reencuentro entre la salvadora y el salvado.

"Lo primero que recordaron fue que cada día, cuando Janina les acercaba la papa hervida con la que se alimentaron mientras estuvieron escondidos, les decía que no había nada que temer, porque Dios estaba con ellos. Mirando sus rostros, más que nunca pude comprender que, pese a tratarse de una familia judía y una católica, realmente, creían en el mismo Dios", revela emocionado.

Si se tiene en cuenta que, a menos de tres horas de distancia de donde los Riesenbach permanecían escondidos, se encontraba el centro de extermino de Auschwitz, donde se calcula que se ejecutó a 3.200.000 judíos, se concluirá que, efectivamente, más allá de las religiones, hubo una mano divina cuidando a esta gente.

El altillo de los milagros

La guerra y el proyecto sistemático de exterminio de judíos conocido como La Solución Final se habían mantenido bastante lejanos de la remota aldea de Markowa hasta el verano de 1942.

Un día, alguien le avisó al padre de Joe que había llegado la orden de que la policía local (Polonia estaba ocupada por los nazis desde 1939) deportara a todas las familias judías.

Desesperados, los Riesenbach huyeron de su casa y se ocultaron durante varios días en unos maizales cercanos.

Sabedores de que no podían sobrevivir en esas condiciones, una noche la madre de Joe (propietaria de un pequeño comercio) regresó al pueblo y pidió refugio a la familia de una clienta.

Ella, su marido y sus tres hijos (además de Joe, Jenny y Marion, de 10 y 8 años respectivamente) fueron ocultados en un altillo.

Un domingo, luego de una misa, el sacerdote de Markowa informó a los parroquianos que faltaba deportar a una familia judía y los instó a requisar casa por casa para determinar si aún podían estar escondidos.

Ante semejante novedad, los Bar permanecieron inmutables por fuera y consternados por dentro.
Cuando llegaron a su casa, sacaron a los Riesenbach del altillo y los ocultaron en un cajón, donde los cinco apenas cabían de cuclillas.

Cubrieron el escondrijo con una montaña de papas y, cuando llegaron los inspectores, Josef Bar les ofreció unos tragos de vodka casero. Los sicarios bebieron, miraron todo por arriba y se fueron.

Por si hace falta aclararlo, si los hubieran encontrado, todo se habría terminado allí, tanto para los Riesenbach como para los Bar, a quienes no se les hubiera perdonado su "traición".
Desde ese día, hasta que terminó la guerra, los Riesenbach permanecieron confinados en una habitación en la que no había otra cosa para hacer que sacarse las pulgas unos a otros.
Cuando llegaron los rusos, todos tenían bocio y debieron consumir cantidades industriales de yodo para recuperarse.

Emigraron a Canadá en 1947 y, una vez establecidos, ofrecieron a quienes habían salvado sus vidas la posibilidad de irse a vivir con ellos para evitar el yugo comunista.

"Los Bar jamás aceptaron ninguna recompensa o premio por parte de los Riesenbach. Una y otra vez, repitieron que lo que habían hecho era, únicamente, cumplir con su deber cristiano. No obstante, a Janina se le otorgó la medalla que distingue a aquellos Justos entre las Naciones, que colaboraron para evitar el exterminio de nuestro pueblo", revela Gabriel.

El mismo reconocimiento le fue conferido a Oskar Schindler y al diplomático sueco Raoul Wallenberg, entre otros.

Eso sí, cuando entre ambas familias se estableció el contacto postal después de la guerra y Joe quiso enviarles regalos, los Bar pidieron que no les enviaran paquetes al correo de Markowa, sino al de una aldea vecina, para no despertar sospechas entre sus vecinos.

Es que, pese a que casi no quedan judíos en Polonia, el antisemitismo imperante en ese país aún está muy acendrado, especialmente en las zonas rurales, muchas de las cuales permanecen literalmente detenidas en el tiempo, lejos de Internet, la telefonía y de otros avances comunicacionales, o, más aún, cambios de mentalidad.

Antes de la guerra, sobre 800 mil habitantes que tenía Cracovia, había 65 mil judíos.
Hoy, apenas quedan 150, mayormente dedicados a coordinar el arribo de aquellos hermanos de raza de todo el mundo que llegan para conocer el sitio donde fueron exterminados sus predecesores.

Estadísticas tan estremecedoras se repiten en cada población polaca.

Eso sí, como resultado del reencuentro del que se da cuenta en estas páginas, los Riesenbach y los Anmuth poseen un website donde cuentan todos los detalles de su historia (www.riesenbach.com) y ya evalúan la posibilidad de otro regreso.

Están invitados al casamiento de uno de los nietos de Janina Bar.

"No sé si nosotros podremos ir, aunque tengo muchas ganas, pero lo más importante es que Joe ya nos dijo que, esta vez, no tendría problemas en animarse a regresar solo al lugar donde nació", concluye Gabriel.

Volver a Actividades 2006

Volver a Actividades

 Volver al inicio

 

Saturday 08-Jul-2006 5:45 PM
© 2004-2005-2006-2007 Generaciones de la Shoá