El lunes 31 de octubre de 2005 en nuestra habitual reunión mensual de Segunda Generación, recibimos la visita de un grupo de hijos de alemanes que estuvieron en Europa durante la guerra. El encuentro fue gestado entre Diana y Stefan. Lo llamamos “Hijos de la guerra: diálogo desde dos orillas”. Hace varios años que se vienen haciendo reuniones de este tipo en un programa que se llama “One by one” (ver nota 1).
En un amplio círculo, nos fuimos presentando con nuestros nombres y en un breve relato fundamentando por qué estábamos interesados en un diálogo así y ello nos fue llevando a los distintos temas que se fueron tocando. Éramos casi tres grupos bien diferenciados: los hijos de sobrevivientes judíos, los hijos de alemanes no judíos y los hijos de alemanes judíos. Veintiocho personas nos congregamos en esta primera reunión. Los hijos de sobrevivientes judíos, anfitriones en esta primera reunión, aunque nos sentamos separados sentíamos una fuerte conexión entre nosotros. En palabras de Aída, como si "estuviéramos cruzando un río tomados de la mano".
Bajo la consigna “presentémonos y digamos por qué estamos aquí” se comenzó la conversación.
Quién fue mi papá.
Tal vez como dueños de casa, los hijos de sobrevivientes judíos no contamos de entrada lo que nuestros padres habían pasado durante el horror nazi. Las presentaciones de los hijos de alemanes no judíos incluyeron especialmente la pregunta por la conducta del pueblo alemán y, en algunos, el relato de qué había hecho el padre.
Cosas que se dijeron: papá se recibió de médico y lo mandaron al frente ruso; estuvo embarcado en el Báltico en la flota alemana ocupándose de desactivar minas; pertenezco a una “familia limpia”; soy hijo de un "Justo entre las naciones"; nací en Heildelberg en 1941, mi papá era un pastor antinazi; sólo uno de mis abuelos era alemán y cuando lo obligaron a afiliarse al partido nazi, se rehusó y se vio obligado a emigrar, vino a la Argentina y trabajó en el Hospital alemán, tenía aversión por lo nazi, se ocupó de peritajes para el Wiedergutmachung.
Comentaron que en las familias que no simpatizaban con el nazismo o que eran antinazis, había que extremar los cuidados, por ejemplo: “Era sospechoso no tener una foto de Hitler en las casas”
Por qué estoy aquí.
Las razones que dimos para nuestra presencia se pueden resumir en el mutuo interés de conocernos y entender, la pregunta de cómo es ser hijos de un lado y del otro, la frase “mis padres nunca hablaron” se dijo indistintamente de un lado y del otro, y también quienes decían “en mi casa siempre el tema se trató”. La pregunta bíblica de "Los padres comieron dulce y los hijos tuvieron caries” estuvo presente como tema a cuestionar y actualizar. Para los alemanes la confrontación con el pasado de Alemania resulta una constante cotidiana. Expresaron la necesidad de pensar de otra manera como única esperanza para las generaciones venideras. Nosotros expresamos nuestro interés en conocer y en ver cómo se procesaba el ser hijos del otro lado y con el gran peso de haber pertenecido a una nación como la alemana durante el nazismo. El primero que toma la palabra es Thomas y llega a la pregunta sobre el cambio de actitud alemana respecto de los judíos en las épocas anteriores al ascenso de Hitler. Se pregunta “¿Como fue posible, después de tanta convivencia, el pasaje al odio de manera tan abrupta?”
La identidad alemana.
El tema del ser alemán fue uno de los ejes de la conversación, tanto para los alemanes judíos como para los no judíos. Se reconoció que los alemanes han trabajado en su historia y con su historia como ningún otro país de Europa después de la guerra. Se habló de la fuerza de la pertenencia a la cultura alemana, de cuánto esto era inherente a su identidad, “teníamos todo lo alemán adentro”, “en casa siempre se hablaba alemán”. Se habló de la relación entre judíos y no judíos, de la barrera existente. Los judíos alemanes decían "pagamos con el ejercito nuestra pertenecía a la Sociedad alemana pero cuando vino Hitler no sirvió de nada”. Comentamos que en el grupo de hijos de sobrevivientes no hay hijos de judíos alemanes, sólo descendientes de polacos, húngaros. Una de las presentes dijo que la primera que estuvo en una reunión con alemanes judíos y no judíos, los veía tan parecidos que “costaba distinguir a los alemanes judíos de los no judíos”.
Stefan, nacido en 1952 en Hamburgo dijo que “nunca había visto un judío”, quedaban en Alemania después de la guerra, sólo unos 30.000 entre sesenta millones de habitantes. En un viaje a Estambul, una noche no encuentra lugar en un restaurante y pide sentarse junto a un joven que estaba cenando solo. Se presentan y resultó que el desconocido era de Israel. Sintió "como un bloque de hielo en el estómago". “¿Que hago?”, se preguntó, “¿digo que soy suizo?”. Cuenta que este encuentro lo modificó para siempre y que es, para él, su prehistoria de esta reunión. Su vida diplomática lo llevó a trabajar luego 4 años en Israel y mantiene viva la pregunta sobre la responsabilidad del ser alemán y el leit motiv de su generación que es la pregunta de ¿Qué hiciste durante la guerra papá?.
Hubo acuerdo en que existe la suposición de que si se es alemán, se es nazi. Thomas lo refrendó al comentar que una vez que se presentó como alemán, la respuesta fue “¿Ud es alemán? A mí tampoco me gustan los judíos.” La experiencia fue confirmada por otro de los presentes que recordó un incidente de su infancia. Estaba en 1967 en la Escuela americana en Belgrado donde habían ido con su padre que era periodista. Un compañero de aula, hijo del Embajador de Finlandia, al saber que era alemán, lo llamó “nazi Schwein" (cerdo nazi).
Los alemanes y el nazismo.
Cuestionando cómo fue posible la obediencia alemana se dijo que "Los alemanes son hiperrespetuosos de las leyes" y con cierto humor ácido que “los argentinos no son buenos para el nazismo”. Se habló del terror de estado "en general". El tema se deslizó a los desaparecidos en Argentina. Se dijo que cuando hay "Terrorismo de Estado" es muy difícil juzgar a la gente y que la mayoría de los seres humanos no somos héroes y es difícil saber qué haríamos en esas circunstancias. Se enunció como tema altamente preocupante que en plena democracia haya resurgido en Alemania el nazismo y que el antisemitismo, aunque con otro discurso, siga actualmente vigente. Se habló también sobre la formación "prusiana" del Ejercito Argentino y los admiradores locales de los alemanes, de corte filonazi.
Hubo diferencias de opinión entre los alemanes no judíos en cuanto a cuánto se sabía del nazismo en la posguerra y los años siguientes. Juan, que se educó en las escuelas Waldorf, sabía que el nazismo era algo malo. “Mi gran problema era el nazismo, no el holocausto”. Frases que se dijeron: “mi abuelo lamentaba no haber podido transmitir lo que era el nazismo por el terror que se vivía", “mis padres nunca hablaron" “tampoco era un tema en el colegio ni en los libros de historia”, “yo no pertenecí a la generación de los 60 que se enfrentó a sus padres y les preguntaba qué habían hecho en la guerra”, “el tercer Reich no existía, no recuerdo haber sabido nada de todo esto”. Ricardo cuenta que un tío abuelo de él fue "militar argentino y judío" y que nunca habló del nazismo. Otros, por el contrario, dijeron: “en mi escuela sí se estudiaba”.
El relato de Claudia fue uno de los momentos de mayor intensidad emocional, una especie de bisagra que cambió el tono del diálogo. Contó que trabajaba en Dusseldorf como educadora y se ocupaba de recibir a los que venían en intercambio desde otros países. Una vez le tocó ocuparse de un equipo de educadores israelíes "muy locos", indisciplinados, informales, querían conocer "boliches " pasear. Los estaba guiando y de pronto, ubicada al final vio la fila de personas delante de sí y pensó que así era como llevaban a los judíos a la muerte, que este pensamiento para ella fue una revelación, algo en lo que no había pensado antes y se pregunta qué habría hecho en su lugar. Vive hoy en Buenos Aires como directora del Pestalozzi y relató el impacto que le produjo la primera vez que llegó a la Argentina, el día en que se llenó la Plaza de Mayo con el anuncio de Galtieri de que íbamos a la guerra. Le despertó el pánico ante "la masa" que unánimemente gritaba por guerra. "Así debe haber sido en el tercer Reich" pensó. Claudia fue un referente grupal en muchas intervenciones, por su claridad en plantear el disenso respecto de la política alemana en los años de nazismo y por la apertura y sensibilidad que puso en acción.
Siguieron varios comentarios respecto a la des-nacionalización que sucedió en Alemania luego de terminada la guerra. No existía por ejemplo el concepto de reverenciar la bandera, el himno o los símbolos patrios. A todos los que llegaron a la Argentina les sorprendió la fuerza que tenían esos símbolos y prácticas aquí. El último que habla propone una divergencia con el resto porque dice que no registra lo acontecido de la misma manera porque diferencia al nazismo como régimen diferenciándolo de Alemania y dice con firmeza que no se siente culpable de nada.
Hijos de judíos.
Zully y Marisha cuando llega su turno hablan claramente desde el discurso de las victimas, diferenciando claramente la otra orilla. Zully lo hizo dramáticamente hablando de sus nombres, nombres de sus abuelas asesinadas. Lita dijo que su familia no fue matada por los alemanes sino por los ucranianos, los polacos y se interroga por el “contagio” del placer por asesinar judíos, que fue llegando hacia el este de Europa, se pregunta por el contagio del sadismo y qué dice sobre el ser humano. Berta habló de "las vías del ferrocarril" y los "bosques" que encontró en su visita a Polonia, imágenes que poblaron los relatos de su familia. Enrique, hijo de griegos de Salónica de la que sólo quedaron 1000 sobrevivientes de los 80.000 que tenía la comunidad, dijo que su familia fue llevada a Bergen Belsen y que su madre, que tenía 15 años, logró sobrevivir.
Aída pudo decir, casi sobre el final, cómo es vivía en su casa todo lo alemán, que el odio a lo alemán formó parte de su contexto.
¿Un puente?
Entre los presentes había un joven matrimonio. Ella venezolana, judía y observante, él alemán cristiano y convertido al judaísmo. Se convirtió dos veces, tanto la conversión "conservadora " como la "ortodoxa". Viven como judíos practicantes y tiene tres hijos. Son el símbolo vivo de la posibilidad del diálogo.
Se habló de los primeros tiempos en la Argentina, un país en el que se pudo vivir bien y hubo algunas anécdotas. Se sobrevolaron éstos y otros temas, en un despliegue de todo lo que hay que conversar, escuchar, decir, compartir. Se mencionó a la culpa colectiva, la pregunta de “qué habría hecho yo en su lugar”, la esperanza puesta en la educación como motivación para luchar en contra de este tipo de horrores.
En palabras de Zully “con alemanes como estos Hitler no hubiera podido avanzar demasiado”. Quizás nuestros legados como hijos de la guerra tengan muchos mas puntos en común de lo que pensábamos antes de esta reunión. Dijo Marisha: si bien se cree que el intercambio y el conocerse (saber por ej: que los judíos no tienen cuernos ni son tan “malos”) puede ayudar a desterrar la discriminación y en este caso concreto el horror, pero la Alemania prenazi y nazi es un claro ejemplo de como los judíos alemanes estaban casi indiscriminados de los no judíos y sin embargo pasó lo que pasó. No eran para nada distintos, de hecho en la reunión nos costó distinguirlos. Con lo cual aceptemos la complejidad del tema y no nos contentemos con rápidas respuestas.
Cierre, comentario, reflexiones.
Entendemos que la reunión ha sido un encuentro preliminar, una forma de comenzar a conocernos. El objetivo es confrontar, ver, aprender, revisar, modificar, resignificar lo que la experiencia de ser hijos de la guerra nos ha marcado. Hablar de lo que más duele, fue rozado superficialmente. En los alemanes, porque el planteo giró casi todo el tiempo alrededor del conflicto con el ser alemanes, casi no se planteó el tema concreto de ser hijos de sus padres, de personas que estuvieron en la guerra y de lo que ello pueda haberlos marcado personalmente, si es que los marcó de alguna manera o si lo reconocen así. En los hijos de sobrevivientes judíos también se mencionó como enunciado el tema de lo que esta experiencia ha significado en la construcción de la identidad sin ahondar en ello. Tal vez la cautela fue lo que determinó la aproximación cuidadosa y medida con estos temas. Tal vez resulte difícil abordarlos directamente de manera conjunta. Tal vez el grado de elaboración sea diferente, o la conciencia de la marca, o la voluntad de revisarlo y haya una asimetría que no permitirá más que abordajes superficiales. Tal vez sea una cuestión de tiempo. Hay que tener presente constantemente que todo esto es muy complejo y que ir por el camino de la reducción o la simplificación es estéril. La idea es ver qué podemos hacer juntos en pos de la educación "que construye el futuro", salir del lugar de víctimas y victimarios –lugares que sin embargo es preciso revisar juntos para reconocer, comprender y ponderar- no sólo para compartir nuestro dolor ni las consecuencias sufridas por ser "hijos de la guerra" sino para crear algún otro espacio que se pueda articular en la educación, el crear conciencia, inventando o creando un tercer lugar que abarque a ambos y desde el cual nos sintamos propietarios todos.
Convinimos al final en pasarnos los nombres y los e-mails y en seguir con las reuniones. Se propuso que fuera en diferentes lugares aunque no se precisó lugar ni fecha. A la pregunta si consideraban que se podía invitar a participar a sobrevivientes que quisieran, hubo acuerdo en que sí.
Crónica tejida a diez manos con notas y aportes de Zully, Aida, Marisha, Lita y Diana, hijas de sobrevivientes de la Shoá, terminada y enviada el 9 de noviembre 2005 (aniversario de la Kristallnacht)