PREENCUENTRO

El domingo 28 de marzo de 2004 se realizó en la "Fundación Memoria del Holocausto" la Jornada de Pre-Encuentro “Anticipando el Futuro”.

Diana Wang y Tobías Holc abrieron la jornada. Se cantó el Himno de los Partizanos acompañando la hermosa voz de Celia Birembaum y se encendieron las velas en homenaje a los seis millones de hermanos asesinados. En un mapa con el contorno de Europa, la gente fue ubicando su lugar de origen.

Se realizaron 10 talleres que permitieron el intercambio de vivencias, experiencias y reflexiones: “¿Cómo sigue viva la Shoá para nosotros hoy?”, “Las parejas y/o hijos de mis padres: las familias de antes de la guerra”, “Mi experiencia en la Shoá: recuerdos y olvidos”, “Rastreando las raíces”, “Palabras que nunca dije”, “Después de la guerra ¿todo terminó?”, ”La historia de este objeto”, “Conversaciones entre generaciones”, “Ayudándonos a contar”, “Nuestros padres....”.

Frida Levy y Eva Stupnik, se ocuparon de que el almuerzo fuera del nivel y heimishkeit a los que nos tienen acostumbrados. La jornada culminó con la lectura de “La Promesa de la Tercera Generación” por Sabrina Ajmechet, nieta de sobrevivientes. Celia Birembaum cerró la intensa jornada con una canción sefaradí que se cantaba en Auschwitz y terminó con “Royinkes mit mandlen”, la más vieja canción del folclore en idish, en la que una madre sueña con un futuro mejor para su hijo.

Durante el día circularon alrededor de 160 personas y al finalizar sentimos la satisfacción de haber logrado con creces nuestro objetivo.

Fue un magnífico anticipo del Encuentro DE CARA AL FUTURO en el que esperamos encontrarnos desde el 21 al 24 de Noviembre de 2004.


 


En nombre de los sobrevivientes

 

 

 


En nombre de la Segunda Generación

 

 

“Anticipando el futuro”
Diana Wang

¿Cómo puede estar viva la Shoá? Parece una contradicción en sí misma pues ¿cómo podría estar viva la muerte? Lo está en los sobrevivientes. Lo está en sus hijos y tal vez en sus nietos. Está viva y está activa. No son juegos retóricos. La memoria y nuestra existencia están plagadas de rincones misteriosos en los que a veces entramos de la mano de alguien, o cantando bajito para hacernos la ilusión de que estamos acompañados, o entrecerrando los ojos con el miedo de que nos asalte alguna araña pollito o una sombra amenazante se cruce y nos haga caer. Y cuando entramos y nos vamos acostumbrando a la oscuridad a veces logramos ver que había una llave y que se podía encender la luz. Cuando todo se ilumina, el escenario es otro. A veces lo que asustaba se confirma, otras, se desvanece y se vuelve algo diferente.

El domingo pasado, 28 de marzo de 2004, 160 personas estuvimos juntas explorando esos rincones a los que uno se resiste a veces a entrar pero que forman parte de quienes somos y nos habitan. En la FMH-Museo de la Shoá, comenzamos el camino que nos llevará al Encuentro de noviembre, ese desafío que hemos emprendido un grupo de intrépidos exploradores. Cuatro generaciones coexistieron, cuatro generaciones con el pasado común de la shoá nos vimos unos en los otros. Hubo momentos compartidos, homenajes, canciones, algunas palabras, rica comida, cafés. Hubo un mapa expuesto en el que cada uno marcaba su lugar de origen, que se volvió una representación gráfica y potente de quiénes estábamos allí. Hubo momentos segmentados en los talleres con temáticas acotadas, diez talleres (cinco por la mañana y cinco por la tarde, simultáneos) en los que todos podían intervenir, aportar su recorte de la experiencia como sobreviviente, como hijo, como nieto, como interesado, como testigo. Hubo revelaciones, hubo reconocimientos, hubo lágrimas, hubo risas, hubo, principalmente, la posibilidad de exponer y compartir la historia particular, subjetiva, la savia y la esencia que nutre el trabajo que merece hacerse con la memoria. Lo particular nos salva de la formalidad, del acartonamiento, de los conceptos congelados y vacíos de significación con los que estamos habituados a conmemorar a la Shoá, como si tuviéramos que mantenerla lejos, como si nos diera miedo. Lo particular está vivo y desde ahí tiene potencia para ser transmitido.

La shoá está viva en nosotros, en nuestras vidas, en la forma en la que nos reconocemos a nosotros mismos, en la comodidad que sentimos cuando estamos entre iguales. Fue reiterado el comentario de diferentes personas el domingo de “por fin no siento la necesidad de explicar nada”.

La shoá está viva y vibrante si la sacamos del freezer, si la bajamos de los monumentos, si la teñimos de contenidos vivos, de experiencias personales.
La shoá está viva y sólo así tendrá algún sentido y efecto en los demás.
La shoá está viva en nosotros y compartirla y exponerla de esta manera abre la posibilidad de una verdadera reflexión.
La shoá está viva en sus consecuencias, en los aprendizajes que comporta y en nuestro testimonio como testigos y protagonistas.
La shoá está viva en un mundo que sigue al borde de cornisas suicidas y nosotros tenemos algo que decir al respecto.

Es lo que hemos empezado a hacer el pasado domingo 28 de marzo.
“De Cara al Futuro” será el primer Encuentro Internacional en habla hispana para sobrevivientes de la shoá, sus familiares y toda persona interesada y comprometida con el tema. Convocado por la Fundación Memoria del Holocausto y Generaciones de la Shoá en Argentina, tendrá lugar en Buenos Aires entre el 21 y 24 de noviembre de 2004.

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En nombre de los nietos,
la Tercera Generación

 

 

 


Compartiendo vivencias en un taller

"La historia de este objeto" - Crónica de un taller
María Blum

El domingo 28 de marzo pasado en el marco de la Fundación Memoria del Holocausto tuvo lugar, con gran éxito, tanto en participantes como contenidos, el Preencuentro “Anticipando el futuro”. Fue el primer paso de DE CARA AL FUTURO, el Encuentro Internacional de Generaciones de la Shoá - Holocausto- en Argentina, que se realizará desde el 21 al 24 de Noviembre de 2004 por primera vez en habla hispana. Convocado por la Fundación Memoria del Holocausto-Museo de la Shoá y Generaciones de la Shoá en Argentina (integrada por “Niños de la Shoá en la Argentina y “Segunda Generación de sobrevivientes de la Shoá), reunirá en el Centro Cultural General San Martín a los sobrevivientes de la Shoá, a sus hijos, a sus nietos y a todo aquél interesado en reflexionar sobre el tema.

Captar, transferir y relatar el clima emocional de un taller, es una tarea difícil. Intentaré contarlo aunque sepa que, posiblemente, es mucho lo que se perdió. Me consuela saber que seguramente habrá oportunidad para aquellos que no se vean reflejados, a hacerlo en otro momento o se tienten, tal vez, a ponerlo por escrito. Lo que continúa es la crónica, en un registro subjetivo por cierto, de uno de los diez talleres que se realizaron. Se llamó “La historia de este objeto” y a mí me tocó la responsabilidad de ser su facilitadora. Éramos varias personas con diferentes edades y variadas experiencias que compartimos la intimidad de ese objeto que, muchas veces, sobrevivió a la muerte.

La consigna había sido, al momento de la inscripción, que quien tuviera algún objeto venido de la Shoá, si quería, lo trajera. Muchos de nosotros lo hicimos. Yo traje un vasito de plata de la casa de mamá en Polonia. Otros tan sólo los mencionaron y otros hablaron, sin aludir a ningún objeto, de sus sufrimientos y avatares durante la guerra, lo cual no es poco y como dicen los israelíes "Kol a cavot” (todos los honores). Algunos intervinieron más, otros menos y otros permanecieron en silencio, cada uno desde el lugar que podía. Pero fue valiosísima la presencia de absolutamente todos; bien sabemos que para que alguien transmita, es necesario el soporte de otro que lo escuche.

Comenzó Luba refiriéndose a una foto en la que se ven a sus abuelos en Bialystok y la siguió Lea, quien sacó un trozo de tela, un poco más grande que un pañuelo, a cuadritos con alegres colores. Telita que había pertenecido a un vestido de su madre y a la que Lea tocaba, acariciaba, palpaba, sentía, doblaba, daba vueltas.......mil formas de recuperar a su madre, de tenerla con ella. Tuve ganas de tocarla yo también, y de hecho más de uno se la pedimos. Mientras contaba que a esa tela la rescató, junto con otras cosas, de un escondite que había sido magníficamente hecho por su tío; tanto que al terminar la guerra lo encontraron tal cual lo habían dejado. Me quedó resonando: "sobreviví por casualidad", “cuando veía la primavera y todo empezaba a florecer, decía: Di velt is shein ober nisht far mir (el mundo es lindo, pero no para mi)”, "a mi me gusta vestirme con telas a cuadritos.....

Dina, nos hizo “ver”, sin traer la foto concretamente, su carita, desde un barco, en medio de japoneses inmigrantes. A través de esta imagen contó como fue el periplo de ella y su familia para llegar a la Argentina, dónde habían sido llamados por su abuela. Era el año 40 y en ese intento debieron y alcanzaron a tramitar la visa para ir al Japón. ¡Sí, al Japón!. La visa les fue concedida por el Consulado Japonés en Kaunas (Lituania) cuyo cónsul fue Sempo Sugihara, quien tiempo después fue trasladado a Berlín por incumplimiento de órdenes superiores. Luego de viajar con el Transiberiano de Moscú a Vladivostok, cruzaron en un barco al puerto de Kobe (Japón) y allí quedaron a la espera del barco de carga África Marú cuyo destino era Buenos Aires, ciudad a la cual llegaron luego de 71 días de travesía. Sempo Sugihara fue honrado por Yad Vashem como Justo entre las Naciones.

También Irene nos conmovió y enterneció mientras nos contaba acerca del objeto del cual quería hablar: un botoncito; el “botoncito protector” lo llamaría yo. Durante la guerra en Polonia, llevaba puesto un tapadito y le dijeron que ante determinada situación entregara el botón que formaba parte de él. Dentro del forro del botón había una moneda de oro, hecho que ella desconocía, y que, obviamente, y todos sabemos que si la suerte estaba a su favor, le podía salvar la vida. Irene chiquita, Irene tan expuesta.

Nuestra mirada se dirigió a Alberto, quien de un elegante estuche de cuero desenfundó unas piezas que resultaron ser los vagones de un trencito de juguete. Los apoyó en el piso, los enfiló, mientras todos mirábamos fascinados al “trencito de la vida”. Nunca tan adecuadamente algo alude al nombre de la película con ese título, lo tocamos y jugamos un poco con el. Nos contó que en París, durante el período de la guerra, su papá le talló en madera y le pintó este maravilloso trencito. ¡Qué ofrenda más hermosa, llena de vida, para que su hijo jugara!. Fue la primera vez que se animó a sacarlo de su casa.

Frida tenía entre sus manos un álbum de poesías que era el que tenía el día que la fueron a buscar para esconderse. Desde Mayo de 1940, Holanda estaba ocupada por los nazis y en Agosto de ese mismo año le regalaron, cuando cumplió 8 años, este “librito”. Hacia fines del 42 se prohibió a los chicos judíos el acceso a los colegios estatales. Frida y su familia vivían en los suburbios de la ciudad, en donde no existía una escuela judía, por tanto se improvisó en la Casa Comunitaria, en dos pequeñas aulas, un lugar en el cual algunos pocos maestros y profesores judíos trataron de dar clases. Todos los chicos venían de diferentes escuelas y allí hicieron nuevos amigos. Mencionó un poema en especial que era de una nena llamado Greetje Cohen Treves, cuya hermana Paula era compañera suya. Greetje tenia unos años más que ellas, probablemente 13 años, con la cual compartían el mismo aula(las aulas eran compartidas por niños de distintas edades y diferentes clases). Frida nos lo tradujo:

Más tarde cuando vuelva la luz
y volvamos a mirar nuestros cuadernos de poemas,
cuando recordemos nuestros sufrimientos,
estas situaciones dolorosas, que entonces nos van a parecer irreales
Cuando tratemos de rescatar algo positivo de estos tiempos,
será el hecho de haber encontrado muchos buenos amigos,
de habernos conocido”

Luego de leer esto Frida reflexionó acerca de la madurez de esta amiga, de lo cual se dio cuenta, como es lógico, con posterioridad. Nunca supo más de estas dos hermanitas, como de tantos otros compañeros de esta escuela que duró pocos meses, de los cuales también guarda anotaciones. No sabe en realidad en cuanto tiempo, pero recuerda bien que cada vez eran menos quienes concurrían a las clases. Al hojear de nuevo el cuaderno se pudo fijar, más concientemente, en las fechas y así pudo reconstruir una parte de su historia..Observó, casi sorprendida, que su apellido fue tachado por ella misma para que no se viera. Por otra parte también notó que la última poesía es de su hija, cuando ella misma tenia ocho años, y se la dedicó para el día de la Madre.

A esta altura, en el taller ya circulaban entre los integrantes todos los objetos. Cada uno los tomó con temor, con respeto, con sumo cuidado. Son testigos, para reactivar la memoria. Son objetos sagrados e irrepetibles.

Luego pasó a hablar Edith H., húngara, sobreviviente. Sin referirse a ningún objeto en particular, repasó tramos de su historia. Le costaba expresarse en español, pero todos sabíamos de qué hablaba. En un momento decidió callar, por que “le hace mal”, como dijo. No nos sorprendió, esto era muy común en los tiempos inmediatos a la guerra. Aún muchos años después lo sigue siendo, aunque, por otro lado, había y aún hay , esto es una percepción y convicción personal, grandes resistencias a escuchar a los sobrevivientes, a los “ grine”.

Carlotta sacó como una especie de documento. Era un Semanario en húngaro que producían en los campos de liberación. Se tomó el trabajo de traducir algún fragmento y lo leyó en el taller.

Continuó Edith Ch. Su objeto era un libro con la historia de su escuela en Alemania, cuyo Director arriesgó su vida para salvar a otros y quien fue asesinado con su esposa y sus tres hijos en Trostenez, cerca de Minsk, en 1942. El nombre del Director de la "JAWNE", primer colegio secundario judío de Renania, era Dr. Erich Klibansky. Edith intentó rescatar y recordar a aquellos salvadores que no son tan renombrados ni conocidos y esta es una manera de que conociéramos y reconociéramos a su maestro, en el pleno sentido de la palabra, el Director de su escuela.

Rosa D., polaca, sobreviviente, habló de una foto con 4 mujeres que, parecía que había conservado su padre. Contó los padeceres por los que tuvo que atravesar, que no se terminan de repetir, porque nunca se terminan de expresar, y hasta pareciera que causan perplejidad al mismo que los intenta decir.

Ania, con sus ojos muy abiertos, se refirió como objeto, aunque no lo dijo expresamente, al “tacho de basura” en el cual la escondieron y relató que fue salvada por una mujer católica. Se le estremecía la voz. Había pasado la guerra como católica y en el año 48 no le creyeron que era judía; luego de la Shoá, había que seguir luchando, entre otras cosas, para que le reconocieran su identidad.

Mira tenía en sus manos una cajita rectangular con tapita transparente. Contó que curiosamente en Auschwitz “en donde nos sacaron todo, hasta el nombre” encontró un cuchillito, que es el que estaba adentro de la cajita que ya circulaba entre nosotros. Con ese cuchillito, ella que “tenía ganas de comerlo todo”, por consejo de su madre “cortaba un poco de pan y me dejaba algo para después”. Esto al mismo tiempo que la limitaba, aunque igual hubiese sido imposible que saciara su hambre, la aliviaba, porque “quedaba algo para después”. Mira contó esto ante la presencia de su hija Eva, segunda generación, y de su nieto, tercera generación, que estaba acompañado por su novia. Fue un momento muy especial, de fuerte encuentro emocional y de plasmación de la transmisión del legado. Son esos instantes privilegiados de la vida en las que algo cierra y uno puede decir “cartón lleno”. Cuando alguien expresó que siente culpa de haber sobrevivido, Mira dijo : “yo no siento culpa, siento asombro”. Asombro de asistir a lo que estaba viviendo luego de haber sobrevivido a lo inimaginable y , tal vez desde ese lugar, , ni siquiera haberse atrevido a soñar que la vida le podía ofrecer ese momento, de alguna manera, pleno y glorioso.

 

Freda trajo un objeto muy querido, un librito – cuadernito en el que había pegado unos sellos , que hablaban del hobby de su hermanito. Dijo “quiero hacer un homenaje a mi hermanito”, no quiere que se lo olvide, que su paso por la vida pase sin trascender. Lo recordó en el ghetto de Lodz, en donde vivían. Era 5 años menor que ella, “flaquito, chiquito”, pero igual la ayudó muchísimo, ya que su madre estaba enferma. Dijo en un momento: “nunca superé la muerte de mi hermanito”. Le pedimos el “librito”, que también circuló entre nosotros.

Micheline habló de unas fotos y continuó Sara, quien sintió el mandato de traer un mantel perteneciente a una familiar sobreviviente quien guardó, durante la guerra, en un altillo, todo su ajuar. ¡Hermoso gesto!.De nuevo vimos, la insistencia de tratar de impedir que los seres queridos y respetados hayan pasado por esta vida inadvertidos. Los objetos permitían recordarlos, que trasciendan, como también, reestablecer de a poco, seguramente con límites, los huecos de lo quebrado.

Una amiga de Lea y Mira, que vive en Israel, escribió un poema con el que terminó el taller. De su texto original en idish, Lea leyó la traducción al castellano que hiciera Mira.

 

MADRE

Madre te quiero flores traer
Quiero la piedra cerca del corazón estrechar
Madre te quiero flores traer
Y sentir que no estoy sola y llorar
Quisiera flores traerte, quisiera con vos conversar
Quisiera flores traerte, pero no conozco el lugar
Quisiera flores traerte madre, pero no sé adónde ir
Quisiera flores traerte madre, pero adonde, adonde dejaste de existir?
Quisiera traerte ramilletes floreados, contarte que tengo patria, familia, lugar
Aunque de enemigos rodeados, para nosotros judíos, Israel nuestro único lugar
Quisiera madre flores verter
¿Adónde los pongo? Acaso me indicas....
Quiero por vos y para vos versos leer, que expresen cómo me faltas
Y quiero traerte madre, versos y flores
No hay lugar en dónde buscar
Entonces los llevo en el corazón, lleno de dolor
En vez de depositarlos en el Sagrado Lugar.

Merka (Mary) Szewach

 

No hay más nada que agregar. Nos fuimos con un sentimiento de gran emoción y plenitud.

La experiencia aquí narrada, tan sólo una muestra de todo lo sucedido, será potenciada en el Encuentro de Noviembre, en DE CARA AL FUTURO, en donde esperamos encontrarnos nuevamente o por primera vez.

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Los abuelos de Luba


Pedacito de vestido de la mamá de Lea


Dina, en el barco, entre inmigrantes japoneses


Moneda de oro de Irene



Trencito de madera tallado por el padre de Alberto



Album de Frida

Objetos

Hace años, hubo seres, fueron millones, a los que se quiso convertir en objetos, quitarles el nombre, ponerles un número, ignorar su esencia y convertirlos en un guiñapo de huesos malolientes. Y ahora, un domingo, en un humilde taller, unas pocas personas muestran y comparten unos pocos   objetos, son de metal, de  madera, de papel, de tela... Los objetos pertenecieron a personas con nombre y entonces ocurre el milagro: unos cobran vida, otros recobran la infancia otrora mancillada. Junto con ellos reviven todos, los millones muertos, los millones lastimados, y los recibimos con ternura. Una vez más la vida es más fuerte, el amor es más fuerte. Esos objetos atesorados, abrigados con frío, alimentados con hambre, son importantes porque son pocos, porque se conoce el nombre de sus dueños, porque son simples, porque son viejos y porque a partir de un domingo cualquiera se convirtieron en eternos. Son la flor que, empecinada,aparece entre las piedras.

Rosa Piotrkowski



El "cuchillito" de Mira



Colección de sellos del hermanito de Freda

Del taller de los objetos

Viví en la niña Lea
amoroso trapito
que acarician sus manos.
Irene, moneda – botón
botón – moneda,
vida y pan; pan y coraje.
Alberto ternura
trencito en el suelo,
jugando, cual niño.
Preciosa libreta,
con aires de Holanda,
amigas de Frida
¿etéreas?...¡eternas!
Dolor de Freda,
su sabio hermano
¡niño por siempre!
Niña – niña,
eternamente niña.
Tus pies en el barro
de aquel nefasto campo.
Un cuchillito
también abandonado
quien sabe, por cuales manos.
El pan cortabas
tu y mi abuelita
las rancias porciones
migaja tras migaja,
milagro tras milagro.
Un arco en el túnel del tiempo,
un arco de luz y de esperanza,
de la transmisión del dolor
al mensaje de la reparación.
Estuviste, hijo querido
mezclando tus vírgenes lágrimas
a los secos ojos de tu abuela
y a los míos de humedad constante.
Fui balanceando el pasado y el futuro,
sentí el equilibrio en mis manos,
mamá – yo - ¡tú, hijo!
futuro reparador de aquel pasado.
Aquellos niños,
sabios maestros,
las cosas primarias.
Amor – Ternura.
Reparación y esperanza.

Eva Stupnik


Vasito perteneciente a la madre de Marisha


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