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22 de noviembre de 2004
"LA EDUCACIÓN CONSTRUYE EL FUTURO" PARTICIPACIÓN DE ELIAHU TOKER |
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| Buenos días. Ante todo quisiera agradecer la oportunidad que me brindaron las organizadoras de este encuentro de participar del mismo. La mesa que compartimos esta mañana, centrada en la educación, integra un Encuentro cuyo leit-motiv general refiere al LEGADO de las GENERACIONES de la SHOÁ. El aporte que yo quisiera hacer a esta mesa consiste precisamente en revalorizar cierta parte del legado de quienes protagonizaron el Holocausto. Anoche, Adam Fuerstenberg, el director del museo de la Shoá de Toronto, tocó en la última parte de su discurso el tema que me propongo abordar aquí. Existe mucha enseñanza a extraer todavía de lo sucedido ayer nomás, en el curso de la vida de muchos de nosotros, en los años ’30 y ’40 del siglo XX, en determinada parte de Europa, infectada a sabiendas con el virus socio-educativo de desprecio al otro, infección todavía escandalosamente activa en ciertas partes del mundo, y que en aquel entonces se expandió por determinados países agravándose rápidamente en una siniestra secuencia programada. El primer síntoma de ese mal socio-educativo expresaba: “Los OTROS no tienen el derecho de vivir entre nosotros como iguales”. Segundo grado del mal: “Los OTROS no tienen el derecho de vivir entre nosotros”. Tercero y último grado de ese mal: “Los OTROS no tienen el derecho de vivir.”ESOS OTROS, sentenciados entonces A NO PERTENECER primero, A NO ESTAR luego, y A NO SER finalmente, ESOS OTROS fueron, fuimos, los gitanos, los judíos, los homosexuales, los discapacitados, los intelectuales, los disidentes, los distintos en general. Los
involuntarios “protagonistas estrella” de esa secuencia
en cascada hecha de desprecio, humillación, deshumanización
y destrucción, fueron los judíos. Es aquí donde
quiero detenerme: ¿Cómo reaccionaron esos judíos
sometidos, antes de ser asesinados físicamente, a una planificada
demolición espiritual incluyendo un humillante arreo a apretados
corrales urbanos o rurales, llamados eufemísticamente ghettos
y campos de concentración, y a una sistemática negación
de su humanidad que llegó al reemplazo de sus nombres por números
tatuados a fuego sobre la carne, como a vacunos? ¿Qué
hicieron esos judíos condenados a la degradación, a la
deshumanización? Lo
que me interesa aportar aquí es otra visión. Dejar sentado
que amén de los heroicos actos de resistencia armada, hubo en
prácticamente todos los ghettos y campos, una sostenida resistencia
espiritual, un heroísmo sencillo y silencioso que la gran historia
no registra, un heroísmo del que se habla y conoce muy poco,
y que fue protagonizado por gente, que sin proponérselo, nos
dejó una cantidad de enseñanzas que deberían pasar
a formar parte de los programas educativos. Quisiera brindar algunos ejemplos. El tema de la memoria. Cuentan que el historiador Simón Dubnow, mientras era llevado por las calles del ghetto de Riga a la muerte, gritaba: “Idn, farguest nit, idn, dertseilt, idn, farshraibt, Judíos, no olviden; judíos, cuenten; judíos, anoten.” Por aquel entonces, en el Ghetto de Varsovia, otro historiador, Emanuel Ringuelblum, creador del mayor archivo clandestino, diseñaba desde su oculto instituto una investigación basada en entrevistas a medio centenar de personas representativas de los diversos círculos y capas sociales del ghetto: escritores, científicos, músicos, artistas, miembros de los comités de ayuda, y también judíos comunes, obreros, artesanos, comerciantes y otros. La investigación tenía por título “¿Qué experiencia podemos extraer de estos dos años y medio de guerra?” Escuchen algunas de las preguntas planteadas:
Y, lo más importante, en base a nuestra experiencia de dos años y medio de guerra,
...Y seguían las preguntas. Esta conmovedora investigación emprendida en el ghetto de Varsovia mientras sus habitantes eran diezmados, se vio frustrada finalmente por las grandes deportaciones masivas de julio de ese año, 1942, y sólo llegaron a nosotros unas pocas respuestas cuando se desenterraron los archivos clandestinos de Ringuelblum. Pero lo que interesa subrayar es la capacidad y el coraje para pensar el futuro de que dio muestra un liderazgo marginal en esas circunstancias absolutamente límites, cortados del mundo e inmersos como estaban en un presente tan trágico y a todas luces sin salida. Y no se trataba del empecinamiento de una sola persona. Precisamente Ringuelblum anotó entre sus papeles: ...Cuando cesó de existir la esperanza de supervivencia personal, cuando la destrucción del pueblo judío tomó grandes proporciones, una sola empresa siguió teniendo sentido: Dejar una huella en la memoria humana. Entonces, coleccionar documentos, escribir memorias, volcar hechos en el papel, se volvió la última línea de resistencia para muchos habitantes del ghetto, y lo hacían no sólo intelectuales, periodistas y escritores, sino incluso amas de casa y niños también." Tras este testimonio de Ringuelblum, otro conmovedor ejemplo de resistencia espiritual podría ser el de las escuelas clandestinas. Escuchen este fragmento de un libro testimonial de la educadora Paie Wapner Levin, que vive entre nosotros. Ella cuenta lo siguiente de sus años de maestra en el ghetto de Vilna: “La escuela ya está resultando chica. Se abre otra. Cuanto más tiempo pasa más difícil nos resulta creer cómo, sobre el fondo de aniquilaciones, crímenes y brutalidades, pudimos nosotros, los maestros, llevar a cabo esa tarea con los niños del ghetto de Vilna, cómo les enseñábamos, cómo nos reíamos y hacíamos reír a los chicos, cómo cantábamos y hacíamos que los chicos canten, cómo hacíamos que olvidaran la espantosa situación en que nos hallábamos, el constante peligro de muerte que no abandonaba el ghetto por un instante. Era un trabajo duro y más aún cuando, al regresar a clase después de una "acción" había muchos claros en los pupitres escolares, faltaban niños... Muchos corazones infantiles habían dejado de latir para siempre... Y a nosotros, los maestros, nos parecía que de los bancos vacíos nos interrogaban miradas infantiles... Después de tales "acciones", con nuestro estado de ánimo deprimido, recomenzábamos nuestro trabajo con los alumnos que quedaban. “Recuerdo nuestro trabajo en el club infantil. ¡Cientos y cientos de chicos ! Todos estaban ocupados, quién en trabajos manuales, quién en el coro, en el círculo de Historia o en otros. Yo dirigía el círculo dramático. Preparamos: "Los Muñecos", una ópera infantil. Ensayamos febrilmente. Los chicos internalizan los roles. El contenido es adecuado para nosotros en el ghetto. Se representa un teatro de títeres, y cómo las marionetas se liberan de sus ataduras, echan al director y se hacen libres. Y los chicos, junto con las marionetas, cantan: "¡Odiamos a los esclavizadores, no les damos las manos, / que los niños y las marionetas formen una sola unión!" Hasta aquí los recuerdos de Paie. Vemos entonces cómo, en aquella situación límite, en ese medio degradante, planificado para demoler el autorrespeto y la dimensión humana, aquí, allá y en todas partes resplandecían la solidaridad, la creatividad, la reflexión, el humor, la denuncia y mil otras formas de una resistencia sencilla y cotidiana. Incluso la poesía. Una poesía tremenda, desgarrada, pero que mediante la lógica de la palabra, de la musicalidad, del ritmo y de la rima, rescataba a su autor y a su auditorio clandestino, del universo concentracionario, los devolvía a la cordura, a la sensibilidad, a la dimensión humana. La creación literaria en ghettos y campos conforma un capítulo singular en la crónica de la creatividad en ese universo de pesadilla. Todos escribían allí, académicos y analfabetos, maestros y dirigentes comunitarios, adultos y niños, escritores profesionales y gente que nunca había compuesto una linea en su vida. En los estrechos cuartos de los ghettos, en los sótanos, en los bunkers, en los campos y en los bosques, escribían a escondidas diarios y crónicas testimoniales, pero sobre todo poesía. Más de un millar de esos textos poéticos sobrevivieron, dando fe de que decenas de miles deben de haber sucumbido junto con sus autores. ¿Pero
cómo podía la gente en ghettos y campos bajo el nazismo,
no sólo componer poemas y recitarlos frente a un auditorio improvisado,
sino incluso crear humor? Y la pregunta se vuelve sobre sí misma.
Era la última frontera de su dignidad y cordura ¿cómo
podían no hacerlo? Me sirve a menudo para explicarlo una frase
esclarecedora: “Donde termina la poesía, donde termina
el humor, comienza el campo de concentración” y donde esa
ley regía con más fuerza era justamente en el campo de
concentración mismo. Resumiendo:
Evocamos la Shoá, y sólo vemos una noche interminable
que envuelve y devora a la judería europea, una noche sin fisuras.
Pero esa judería, envuelta en sombras, fue también una
insospechada fuente de luz, de lecciones de dignidad, de respeto a la
vida, de resistencia hecha solidaridad y creatividad, de empecinada
desobediencia civil y no sometimiento a la opresión. Enseñar
que lo más importante es decidir qué hacer frente a una
orden recibida; que existe el deber de la desobediencia a órdenes
perversas o criminales. Que la capacidad de resistencia y la solidaridad
constituyen valores a desarrollar. Que la ética comienza cuando
reconozco una esfera de identidad con quien es diferente a mí.
Muchas gracias. Leido el lunes 22 de noviembre de 2004, en el Centro Cultural Gral. San Martín en ocasión del panel "La educación construye el futuro" del Encuentro "De Cara al Futuro". |
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